El deterioro no se mide sólo en empresas que cierran: desde el pico de 2023 desaparecieron más de 20.000 PyMEs formales, pero el ajuste también alcanza a las que permanecen abiertas con menos trabajadores, recorte de producción y más deuda.

El ajuste sobre las empresas no solo se ve en el cierre permanente de la actividad, por e contrario, no son pocas las que sobreviven pero a costa de achicarse: menos trabajadores, menos escala, menos capacidad para producir y una estructura ajustada para intentar seguir funcionando. En ese sentido, un relevamiento privado mostró que desde el pico de 2023 desaparecieron más de 20.000 pequeñas y medianas empresas formales y, de hecho, el 90% de la caída más reciente se concentró en las microempresas.
El fenómeno aparece con claridad cuando se mira el empleo. En el último año, esas firmas perdieron en torno a 50.000 puestos de trabajo mientras lo único que aumentó fueron los empleos no registrados y los monotributistas. El resultado es una economía en la que sobrevivir no necesariamente significa crecer y el claro ejemplo son las pequeñas empresas argentinas en las que la participación sobre el empleo formal cayó del 20% al 18% en este tiempo.
El impacto de la política económica actual se refleja en los cierres de actividad, pero también en las firmas que pese a mantener sus puertas abiertas lo hacen a costa de menos trabajadores, de funcionar a menor escala, y con formas de empleo más precarias. La crisis económica, entonces, no sólo expulsa empresas del mercado, sino que también modifica las condiciones en las que las que sobreviven pueden hacerlo.
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El cierre es solo una parte del ajuste
Las pequeñas y medianas empresas y especialmente las de menor tamaño de ese segmento, constituyen una de las partes del entramado productivo que reacciona con mayor rapidez a los cambios del ciclo económico. Tienen menos espalda financiera, menor capacidad para absorber caídas de ventas y menos margen para sostener estructuras o empleo cuando cambia el nivel de actividad.
En ese sentido, de acuerdo con un relevamiento privado, a mediados de este año quedaban 506.457 PyMEs formales, unas 21.800 menos que en el máximo alcanzado en 2023. El deterioro, además, no fue homogéneo: durante 2025 se perdieron alrededor de 8.000 firmas y la cantidad volvió a caer 1,8% interanual en mayo de este año. A su vez, la mayor parte de esa reducción se concentró en el segmento más pequeño ya que el 90% de la caída reciente correspondió a microempresas, justamente las firmas con menor espalda para absorber una caída de ventas, un aumento de costos o meses de actividad sin margen suficiente.
Sin embargo, mirar solo las empresas que cierran deja afuera una parte no menor del proceso en la medida en que una firma puede mantenerse formalmente activa y, al mismo tiempo, sufrir las consecuencias de la crisis económica: detrás de las persianas que bajan también están las estructuras que se achican para intentar permanecer abiertas. Así lo advirtió un informe de la Universidad del CEMA (UCEMA) que indicó que “cuando la reactivación económica se ve impulsada por los sectores primario y enérgico, el incremento en la cantidad de contrataciones es menor que cuando los sectores motores del crecimiento son la industria o la construcción”.
Un aspecto concreto aparece cuando se observa qué ocurrió con las plantillas. Las empresas de hasta 100 trabajadores tienen hoy una dotación formal 1,5% menor que hace una década. La diferencia muestra que el problema no pasa únicamente por la creación o destrucción de firmas sino también por la capacidad de las que permanecen para sostener y ampliar su estructura. En las microempresas, además, la pérdida de peso es todavía más clara. Su participación en el empleo formal pasó del 20% al 18% en diez años. Es decir, aun cuando continúan siendo una parte central del tejido productivo, tienen cada vez menos peso dentro del empleo asalariado registrado.
El resultado es una suerte de ajuste silencioso ya que una empresa que no cierra puede igualmente dejar de contratar, no reemplazar los puestos que pierde o trabajar con una estructura menor. Desde afuera sigue siendo una empresa en funcionamiento pero desde adentro, se trata de una empresa que lleva años reduciendo su escala.
Lo anterior queda en evidencia aun más cuando, en lugar de mirar sólo el empleo registrado, se incorpora todo el denominado “Mundo PyME”: asalariados formales e informales, monotributistas y autónomos. Bajo esa definición, el empleo vinculado a las pequeñas y medianas empresas aumentó 1,5% interanual. Pero el crecimiento esconde una transformación en su composición ya que, en el último año, se sumaron 186.700 trabajadores no registrados y 42.700 monotributistas, mientras las PyMEs formales perdieron 49.300 asalariados.
Dicha diferencia importa porque muestra otra forma en la que se procesa el ajuste. Parte de la actividad que permanece dentro de este universo se sostiene pero con menos empleo asalariado formal y más trabajadores no registrados.
¿Qué economía queda?
El ajuste que la coyuntura económica genera en las empresas de producción nacional también modifica el peso relativo de los distintos tamaños de empresa dentro de la economía. Mientras las firmas grandes ganaron participación en el empleo formal durante la última década, las empresas más pequeñas perdieron peso, especialmente las microempresas.
El fenómeno ocurre además en una economía donde el crecimiento de la actividad no se traduce en una expansión equivalente del empleo en todos los sectores. Esto se evdiencia en que durante 2025 la economía creció 4,4%, pero la industria y el comercio retrocedieron 3,9% y 1,3%, respectivamente.
Por último, la discusión no pasa solamente por cuántas empresas sobreviven al ajuste sino también por las condiciones en que lo hacen y la estructura productiva que queda después de este proceso. Lo datos exhiben que por más que las persianas sigan levantadas, cada vez más es a costa de menos trabajadores, a menor escala, con deuda crecientes y formas de empleo más precarias.
