De pronto, el barrio me dio la espalda. Por unos meses, fui el bicho raro: un hincha de Estudiantes en un Arroyito eminentemente canaya. Fui, hasta hace poco, incluso simpático. Algo así como el amigo anarquista del grupo, que fluye y sale indemne entre las grietas políticas de los asados. Pero duró poco el encanto: el universo fútbol lo inundó todo. Campeonato, pasillo, copa, cargada, piñas, presidente en cancha, aplauso irónico, festejos, ataúdes. Y aunque no participé en nada de eso, ahora, en Arroyito, me miran de reojo.
Por eso desconfío. Del amigo verdulero, al que felicité con sinceridad, pero ahora me aseguro de que no me agusane la fruta. De la familia vecina, que empecé a querer en pocos meses, aunque en estos días reviso la escalera del palier buscando descartar intentos de atentado. Ni siquiera paseo a la perra con mi short pincharrata, temeroso de que un chorro de agua hirviendo me sorprenda desde alguna ventana.
Sin que nos diéramos cuenta, nos contagiaron el odio.
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Es el nuestro un tiempo despojado de contextos. Ante la complejidad del mundo que nos rodea, creemos que sobreviviremos aferrándonos a la linealidad como si fuera una cuerda de flotación, sin darnos cuenta de que la punta de la soga termina, indefectiblemente, en el fondo.
El meme, el recorte, la foto, el montaje de la foto, los creadores de contenido, el desmanejo de la IA. La burla montada sobre la burla, el insulto sobre el insulto.
Secanuca, sinaliento, inglés, kuka, gorila. La lista muta, pero siempre crece. Los usos y variables se modifican según el contexto, pero siempre hieren.
En esa linealidad saltamos de una punta a la otra, según la ocasión, con una selectividad de criterio tan variable que empuja a la esquizofrenia. Y si de fútbol se trata, la animalidad se impone contundente, prevaleciendo como el refugio donde canalizar las angustias y miserias de un mundo que nos descubre como depredadores de nuestra propia especie.
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Revolcado en ese merengue, el periodismo es cómplice y víctima de la debacle. Sin pausa ni argumentos, quienes debemos aportar a la formación crítica caemos en la trampa de la linealidad.
El periodismo es cómplice porque sigue en su espiral descendente. Nunca superada del todo la mediatización de las tribunas, el colapso llegó con la tribunización de los medios. Agotados, refritados, agotados de nuevo, los formatos del estilo “Polémica en el fútbol”, “Paso a paso” y demás engendros son inocentes en comparación con la (no tan) nueva farándula periodística que maquilla con gritos la falta de argumentos para el debate. A la vieja tentación de la fama televisiva ahora se suman los espejitos de colores de la fama redsocializada.
La exaltación por el impacto viralizado, por el recorte efectista, es una trampa en la que siguen cayendo profesionales que resguardaban cierta valía. No hace falta rebuscar demasiado. Ahí están, eufóricos, insultantes, sobreactuados. Ya ni siquiera se trata de jóvenes con pretensiones de ascenso y fama: la autoparodia incluye desde profesionales de supuesto renombre hasta docentes y formadores de periodistas que creen lucirse con su impostada exaltación en streamings de moda. Las excepciones al fenómeno son cada vez más escasas dentro de una profesión en peligro de extinción (por eso leamos, siempre, a Alejo Diz, a Ezequiel Fernández Moore, a Ariel Scher, a Facundo Paredes, a Walter Vargas)“.
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Según la definición de las redes, como hincha de Estudiantes en estos días me convertí en defensor acérrimo de sociedades anónimas, en inglés, libertario, porteño y cagón. Desde la zanja, podría responder echando mano a otros barros. Prefiero evitarlo.
Y no, Estudiantes no impulsa las sociedades anónimas como tampoco creo que Central se haya transformado en una filial local de los desmanejos de la AFA. En todo caso, las falencias comunicacionales propias (por impericia, por soberbia, por ambas cosas) no hicieron más que alimentar las etiquetas externas. Otra vez, entonces, la falta de contexto.
¿Por qué no crecer desde los puntos de contacto? Que están en el fútbol mismo: bien podríamos hacerle, pinchas y canallas, un monumento compartido al gran Miguel Russo; o recordar a campeones como Angel Landucci y Guillermo Trama; o al gran formador que fue Miguel Ignomiriello.
Mejor aún ir más allá, buscando coincidencias en las bondades de las instituciones, con todo lo que un club significa, o debería significar, para una sociedad argentina fracturada y cada vez más desigual.
Más que centenarias, las historias de los clubes en cuestión (Central y Estudiantes, en este caso, pero también de tantos otros) conocen de triunfos y derrotas, de vaivenes en sus vínculos con los poderes de turno, de éxitos y fracasos institucionales. Ante todo, siguen representando espacios de contención y esperanzas para miles de pibas, de pibes, de laburantes, de derrotados, de desahuciados.
En una sociedad sobrecargada de buscadores de errores, de preceptores de vidas ajenas, de los que miran la pantalla esperando la falla de quien hace, ¿por qué no exaltar las virtudes? Acá, otra vez, los puntos de contacto: ¿o no van por misma senda el programa de recuperación de historias de socios y socias de Estudiantes víctimas del terrorismo de Estado con las acciones que impulsan desde el colectivo La Memoria es Central? O la declaración de Estela Carlotto como socia honorífica de Estudiantes con el reconocimiento a la gran Norma Vermeulen en pleno Gigante de Arroyito. ¿Y los espacios de educación para las divisiones menores, las capacitaciones en género y derechos?
Las apropiaciones que el poder hace de los méritos ajenos simplifica y elimina contextos. Es una virtud del poder: desenfoca de lo que realmente importa.
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Aunque por estos días en cada conversación busco recomponer los vínculos explicando errores de concepto, vaya uno a saber por qué me termino asomando a las redes. Es como una ansiedad masoquista. Y por más que crea saber el camino seguro yendo por las veredas (cada vez más angostas), una y otra vez caigo en las zanjas, de donde no hay más alternativa que salir embarrado, sucio, impregnado de mierdas y furias.
En un mismo lodo, todos manoseados, nos escupimos la razón entre barrabravas, docentes, brutos, intelectuales, energúmenos, gestores de la cultura, escritores, periodistas. El charco enlodado nos iguala en una bestialidad lineal.
Envueltos en la trampa, corremos los márgenes y volteamos la taba según la conveniencia. Nos desentendemos de las complejidades del mundo para ganar la batalla del grito, midiendo el éxito según la cantidad de corazones recolectados.
Siempre virtualmente triunfales, avanzamos hasta que cambie la batalla, el enemigo, la disputa. Preparados para aprender nuevos insultos que nos devuelvan al combate, para seguir tensando las cuerdas de nuestro propio linchamiento.
