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Massa contra Kicillof, es el corazón de la interna peronista. Milei, como Trump y Lula empieza a ver que gobernar es fracasar.
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Algo pasa en Occidente que los Estados no logran estar a la altura de las demandas de la sociedad o algo pasa con esa frustración, que muta en bronca, que termina en voto castigo y hace oscilar los procesos políticos entre extremos y destruye la posibilidad de consensos de centro. «Gobernar es fracasar», dice resignado uno de los políticos argentinos mejor considerados en las encuestas.
El dilema que atraviesa el programa económico de Milei es un buen ejemplo de esas tensiones. La receta que nos llevaba al paraíso parecía funcionar, hasta que dejó de hacerlo y entre los que proponen cerrar los dientes y aguantar hasta que la economía pegue la vuelta y los que piden algunas oportunas dosis de populismo, apareció Alberto Ades con su propuesta de corrección tecnocrática. En el medio, confusión.
Porque el camino de atarse al mástil puede agravar la recesión y llevar al gobierno a una derrota electoral, y el camino de aflojar puede provocar una suba de la inflación y desencadenar una derrota aún más abultada. Nada es fácil. Pero lo que se observa es un agotamiento de las ideas. Después están los muy pocos y muy ricos que multiplican de manera casi instantánea sus fortunas con el modelo, en otro signo de los tiempos, que algunos distraídos todavía confunden con progreso y creación de riqueza.
Tenemos entonces a un ala política liderada por Karina Milei que está mirando con preocupación la elección, la visita del Papa y que busca flexibilizar y choca con Caputo, que también quiere aflojar, pero como quiere él, no como y donde le piden. Y tenemos a un Presidente que se ubica en la dureza absoluta, pero hace hablar ante el gabinete a un economista como Ades, que propone modificaciones al programa, mucho más importantes que todo el resto. ¿Cómo se entiende? No se entiende.
Milei está fracasando. La inflación dejó de bajar y la economía dejó de crecer. La pobreza subió y la inversión externa se frenó. «Nadie va a invertir hasta ver que pasa en las elecciones», reconoció uno de los empresarios que compartió la euforia libertaria de Paris, cuando las luces de la Ciudad Luz se apagaron.
Pero también fracasó Lula que sacó -otra vez- millones de brasileños de la pobreza, pero no pudo poner en caja el déficit, ni bajar las tasas y mucho más importante, no pudo articular un relato que convenciera a una parte de la otra mitad del país que no es un comunista expropiador, que no lo es. Porque ese es otro signo de estos tiempos, no importa lo que hagas, ni lo que digas, importa lo que la gente cree que es la realidad, que le llega filtrada por el veneno que destilan las redes sociales. Un mundo oscuro y salvaje que hay que aprender a navegar. Un mundo sin prestigio, un mundo que iguala hacia abajo y premia los peores instintos, que castiga las buenas intenciones.
El peronismo mira a Lula y ve a Milei, la tragedia de gobernar este mundo imposible, pero también se ve a si mismo en el futuro y en el pasado reciente de Alberto. Kicillof tiene a un equipo de economistas muy solvente mirando todos los números y sabe que en el mejor de los casos, si es Presidente, podrá otorgar a los jubilados un aumento real del cuatro por ciento. «Nadie hace una revolución por un cuatro por ciento de aumento», bromea un viejo peronista. La única utopía es sacar a Milei, tirarle un poco de arena a ese motor endemoniado que se alimenta de clase media.
Massa recibe a ejecutivos de fondos del exterior y promete un futuro sin restricción externa gracias al boom de la energía y la minería, pero acepta como posible -y triste- que Argentina deje de ser ese gran país de clase media, esa rareza latinoamericana que fue.

Hay una invasión silenciosa de enviados de los fondos de Wall Street auscultando el clima político hasta niveles granulares, como el de intendentes del Conurbano. Quieren saber si reelige Milei y que pasaría si gana el peronismo. Si sigue el RIGI, si pagarán la deuda.
«¿A cuánto vas a poner el dólar?», le preguntó uno de ellos a Kicillof. «Decime a cuánto va a estar el dólar y la soja y te contesto», le respondió el gobernador. Otro de ellos se reunió con un economista que trabaja con el gobernador, y se quedó impresionado por su conocimiento de las complejidades de la montaña de deuda interna y externa que tiene la Argentina. «No era muy distinto a cualquiera de los analistas del JP Morgan», comentó.
Cuando miran al peronismo, Massa es el preferido, el profesional en la manipulación del sistema que decanta del centro a la derecha. «El dueño de todas las llaves», bromean. El hombre que salvó el gobierno de Alberto del helicóptero, pero entregó una economía sobrecalentada con la inflación fuera de rango. El que casi gana. El resiliente.
Kicillof es el candidato natural. El que más mide, el que gobierna la provincia más importante. Fue ministro de Economía de la última Cristina y entregó el barco en puerto, con un nivel de inflación como el actual, pero con la economía con los motores funcionando. Supo navegar una devaluación y sabe ajustar, aunque no haga una bandera de esa tarea tan necesaria como desagradable.
Pero la única pregunta importante es: ¿Cómo se define el candidato peronista? El elegido sabe que puede ganar en este mundo polarizado.
En el entorno de Kicillof imaginan una celada. Se caen las PASO, el peronismo no puede concretar una interna nacional, Cristina convoca a «todos» los candidatos a una mesa de unidad: Kicillof, Massa, Zamora, Capitanich, Olmos, Uñac y acaso Hadad. Se vota. Se bajan todos y…eligen a Massa. Bingo! Funcionó la democracia, excepto que en realidad siempre fue Cristina.
«La eliminación de las PASO que quiere Milei le conviene a Cristina para concentrar la decisión política», agregan en el entorno del gobernador.
«El peronismo va a elegir su candidato por PASO o por PAS», tranquiliza Massa, levantando la opción de primarias no obligatorias que Patricia Bullrich le exhibe a los hermanos Milei, como opción, pero también como advertencia. Por eso, la senadora recibe trato especial. Es la Duhalde de Milei. La que mide y se desmarca, la que no rompe, pero casi. La que quiere ser presidenta y no lo oculta. Hoy a los hermanos Milei no les da el estado físico ni el peso para noquearla, sólo les queda fingir amistad y esperar que cambien las condiciones.
Que es la mejor definición de porqué en el mundo de hoy gobernar es fracasar. Un mundo de problemas sin solución.
