La ex vicepresidente Gabriela Michetti volvió a escena para instar a La Libertad Avanza (LLA) y a Propuesta Republicana (PRO) a “trabajar juntos”, como si la política fuera un simple intercambio de tuits.
Olvida convenientemente que bajo su gestión en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), los famosos “acuerdos con la izquierda” terminaron siendo gestos aislados sin sustento ni continuidad, más allá de titulares efímeros.
Quienes vivieron esas negociaciones recuerdan que esos supuestos consensos solo sirvieron para maquillar su gestión.
Bajo su gestión porteña, los proyectos sociales quedaban condicionados a recortes presupuestarios, y su “apertura al diálogo” se limitaba a poses fotográficas con bloques minoritarios.
Ahora, Michetti apela a su pasado para legitimar una alianza con Milei, el antiestablishment por antonomasia. Resulta paradójico que quien hace años se enorgullecía de defender el Estado de bienestar porteño, hoy invite a un espacio que promueve recortes drásticos de planes sociales.
El verdadero talón de Aquiles de su propuesta es la falta de coherencia: Michetti salta de un extremo al otro del espectro político según convenga al viento de campaña. Sus llamados a “superar la polarización” se diluyen en el momento en que toca repartir candidaturas y cargos.
Si algo nos deja claro este episodio es que la ex vicepresidente volvió a priorizar su supervivencia política antes que un proyecto de país.
Sus pactos de ocasión evidencian que, para ella, las convicciones son una moneda de cambio.
