Este 20 de Julio, se celebran 50 años de uno de los momentos históricos más significativos para el mundo occidental: la llegada del hombre a la Luna. Un grupo de santafesinos fue testigo en primera fila de este evento que provocó que las generaciones siguientes se volcaran a construir y visitar planetarios u observatorios. Fue el caso en particular de los hermanos Omar y Ángel Meynet, que después del alunizaje alzaron el Centro de Observadores del Espacio (Code) a pulmón para que Santa Fe pudiera ver un poco más allá. También es una fecha que guarda especial conexión con una de las relaciones más importantes que existen entre las personas: la amistad. Que el Día del Amigo se festeje hoy, no es casualidad. Tiene su relación, y para saber más, fue a consultar a quien que conoce el motivo desde que el Apolo XI se preparaba para despegar.
Omar es un jubilado periodista que trabajó para varios medios de la capital provincial en la cobertura del 16 de julio de 1969, día en que fue el lanzamiento del cohete Saturno V, que permitió que los astronautas llegaran en el módulo Apolo XI a la Luna. Tenía 31 años cuando presenció el despegue desde el mismísimo centro de control de la Nasa en Cabo Cañaveral, y luego el 20 de Julio, cuatro días después, el alunizaje. Ese pequeño paso para el hombre, pero inmenso para la humanidad. Con la mano sostiene la cédula que le había dado la Policía Federal para acceder a los terrenos para las aventuras astronómicas hace medio siglo. Detalla del otro lado del teléfono, desde Esperanza, cómo el 14 de julio la perdió en la playa y el mar se la devolvió un día después. «Increíble, ¿no?», remata.
—Cada vez que se acerca esta fecha: ¿recuerda todos los acontecimientos que se dieron antes del despegue?
— Lo hago en nombre de dos personas, porque estábamos con mi hermano Ángel, que no está más. Recuerdo todo, desde el comienzo del viaje hasta el final. Ese día, el del lanzamiento, estábamos desde el 15 por la noche entramos a la base del Cabo Kennedy para buscar la ubicación más cercana para acercarnos a los astronautas. Ya sabíamos que a las 5 de la mañana iban a salir desde el hotel a la nave directamente, para partir hacia la luna. Hicimos una espera de unas cuatro horas, yo en el suelo al lado del portón de salida de estos muchachos y mi hermano arrodillado detrás mío, y había más periodistas de todas partes del mundo, así que se hizo un medio círculo gigante en la puerta de salida. A las 5.20 se abre el portón de la base, y salen los tres con el traje espacial. Ya estaban vestidos para viajar, y saludaron a los que estábamos ahí. Con Ángel estábamos a un metro de ellos, sin exagerar. Los fotografiamos y filmamos en su caminata desde la puerta hasta la traffic, saludando siempre. De ahí nos fuimos a ver el lanzamiento que quedaba a unos mil metros de ahí. El lanzamiento se produjo a las 9.20. El lugar asignado para verlo era una tribuna muy grande con ubicación personalizada, que no usamos con mi hermano porque nos fuimos adelante. Estábamos encima de un arenal, frente a una pequeña laguna. Del otro lado del agua, el Apolo XI preparado para salir. Cuando llega el momento había dos grandes relojes con el conteo de los minutos y segundos que faltaban para el lanzamiento.
— 5, 4, 3, 2… había un silencio generalizado. Calculamos más o menos unas 3 y 4 mil personas. Las radios transmitían con casas rodantes en ese momento, era impresionante. Yo estaba sentado y mi hermano parado al lado mío para hacerme sombra para las fotos. Fue impresionante. Cuando llega al cero, vemos que se encienden los motores con una llamarada tremenda. A los segundos nos llegó a los oídos el sonido del despegue, un estruendo que se siente al lado tuyo. Y permaneció ese ruido infernal por varios minutos, hasta cuando desapareció de la vista humana. La casualidad fue que el cielo estaba bastante limpio para ver el despegue, pero justo había un cúmulo de nubes que parecían puestas por el hombre. El cohete justo pasó por el centro, y las nubes se desarmaron. A lo último se vio como si fuera un pequeño cigarrillo con su cola de humo, el ruido tronador se fue disipando un minuto después que ya no lo vimos más. Desapareció a la distancia. Luego, fue todo emoción y abrazos. Con mi hermano nos revolcábamos en la arena abrazados y contentos, felices. Como si todo hubiese sido tarea individual de cada uno.

