Ricardo Soulé, espíritu en libertad
El compositor, cantante, guitarrista y violinista fue más que las obras inoxidables de Vox Dei. Y en varias charlas con Página/12 dejó claro que el rock era solo uno de sus intereses.

Justo suena en una vieja compactera un disco que no era precisamente de los clásicos de Ricardo Soulé. Ni de los que había concebido con Vox Dei en aquella época dorada. Ni de los suyos, solistas, más renombrados, caso Romances de Gesta. Se llama Buddy Middler y es como una novela filosófica-musical. Lo hizo en 2008, junto a una agrupación familiar, a la que le había puesto uno de esos nombres de criatura mitológica que tanto le gustaban: La Bestia Emplumada. Sus temas hablan de cosas como el espíritu de los peregrinos, de la lentitud de los viajes en las sombras, de ángeles que pasan, de llegar a la colina, del ateneo del alma, todo adobado con un sólido, denso y parejo rock and roll, porque la rockeaba bien el buen Ricardo.
Suena ese disco entonces, porque no solo existen La Biblia y “Presente”, cuando una noticia que hiela la sangre aparece en algún portal. “Tengo toda la fe puesta en Dios”, manifestaba el guitarrista, violinista, compositor y cantante, al anunciar la suspensión de todas las actividades que tenía programadas para el resto del año. La alarma cunde en todo el mundo rockero, pero el respeto prima. Pide privacidad y nadie se zarpa como aquel fotógrafo que retrató a Luis Alberto Spinetta en sus últimos días. Se le concede el respeto. Pero por lo bajo se sabe. Se percibe el dolor. La resignación. Un músico de aquella época llora desconsolado cuando el mismo Ricardo lo llama desde el hospital, tal vez con la intención de despedirse. Otro allegado revela por lo bajo el bravo diagnóstico, y un pionero del rock de acá sabe de los tratamientos paliativos. Los buenos mueren.
Se fue Ricardo el viernes 2 de octubre, a los 76 años. Ocurrió en Quilmes, región que lo vio nacer cuando amanecía el año `50, y en la que vivió buena parte de su vida. Sus hijos son los que se encargan de cristalizar la noticia por las redes: “Con un inconmensurable dolor tenemos que comunicar la partida física de Ricardo Soulé, nuestro padre (…) su espíritu es libre, su música es de todos, su alma está en paz y su obra es eterna. Lo amamos y lo amaremos eternamente con todo nuestro corazón, hoy sumergido en un inmenso dolor. Se fue en paz, amado, rodeado y acompañado todo el tiempo por su familia. Gracias por el amor”.
Por ese amor que Soulé no solo transformó en música durante aquellos extraordinarios discos de los cuales se ha hablado bastante –y bien- en tiempo y forma. De Caliente, el de “Presente” y “Azúcar amarga”. De La Biblia según Vox Dei y su extraordinario todo conceptual. De Jeremías pies de Plomo, el de “Ritmo y blues con armónica”. De Es una nube, no hay duda, el de “La verdadera historia de Sam el montañés” o, ya solo, del citado Romances de Gesta, el de la “Leyenda del Azor” o Vuelta casa, su poderoso disco debut en esta senda.
Porque ya que estaba sonando Buddy Middler cuando apareció la noticia de su estado de salud, sano y noble es recordar que Soulé fue siempre Soulé no solo en sus más populares obras, sino en todos sus días, etapas, geografías y discos. Violinista magnético. Guitarrista fino, contundente y talentoso. Cantante de timbre poderoso y melodioso a la vez. Gran pluma. Mística y terrenal. Sacra y profana. En sus más conocidos y citados discos, sí, pero también en Buddy Middler, el que sugiere estas palabras porque además tiene muy buenos temas como “Plegaria” y “Desesperadamente”. O en Dolmen. O en el más cercano Vulgata, el último que Soulé publicó en estudio.
No fueron pocas las veces que uno de los fundadores de Vox Dei habló de estas cosas con Página/12, todas durante el milenio actual. Buscaba en esas largas y profundas charlas no omitir, pero sí hacer un paréntesis para obras más conocidas, y profundizar en las búsquedas que solía encarar en sus otros discos. Los de culto. Los que escuchaban los suyos, pero era difícil hacer trascender en medio de un estado de cosas muy distinto al de décadas pasadas. Disfrutaba mucho más hablar en sus largas charlas de “Elías, el profeta” y de juglares medievales, barrocos, que de sexo, drogas y rock and roll. Se ponía un tanto incómodo cuando se le preguntaba por las idas y vueltas con Willy Quiroga y Rubén Basoalto, sus compañeros de viaje con Vox Dei que también han partido ya.
Hacía un culto a la vida conyugal y familiar. Siempre Graciela, su mujer, brotaba de sus palabras. También sus hijos. No solo Gabriel, que ligó uno de los más bellos temas que se hayan hecho en la historia del rock criollo (“Mi Gabriel”), sino los demás, que son cuatro y cada quien ocupaba un lugar especial en su alma. Sus posturas musicales también daban lugar a largas reflexiones. “Muchos seguidores me preguntan por qué compongo temas que tienen varias partes y yo les explico que el concepto burdo del rock de tres minutos nunca me gustó. Ese tiempo es tan corto que no permite desarrollar ideas. Mis influencias tienen que ver con sonidos de otros siglos. Me gusta más estudiar una sinfonía de Vivaldi que escuchar a Chuck Berry, a lo sumo puedo escuchar de él un par de temas y nada más”, dijo a este medio en enero de 2000, épocas en las que había formado el Soulé Ensamble.
Otra vez, en una pizzería de Quilmes –los encuentros en general eran por ahí- se animó a decir que su obra estaba más cerca de Bach que de Led Zeppelin –aunque algo sonara de ellos en su viola- y que él hablaba de desiertos y palacios, de la vida y la muerte, antes que de drogas, humo y alcohol. Siempre se expresaba sereno. A veces distante. A veces cercano y cálido. Siempre sincero. “Nunca me acostumbré a ser un músico de rock”, sorprendió ese día, café de por medio. “Me gusta tocarlo, pero no me pongo la camiseta. Prefiero escapar del estereotipo del ‘Nena te quiero’ o de otros mensajes que me da vergüenza transmitir, inclusive en una mesa de hombres”, expresó, en momentos en que iba por la presentación de su Colección Ibérica, un repertorio de canciones inéditas que había compuesto cuando sus días en España.
Otro de los encuentros se produjo en una especie de Café Concert de Avenida Corrientes. Fue después de un show en que acababa de presentar a La Bestia Emplumada, mientras Vox Dei conmemoraba sin él sus 40 años de vida. La Bestia sonaba como una bestia ultraeléctrica con Gabriel Soulé en la otra guitarra, y una sólida base bajo-batería que conformaban César Colautti y Chris Nable, más las apariciones de su hija Vicky y de Iván, su hermano. La interpretación de “El cantar del juglar”, que Ricardo había grabado junto a Edelmiro Molinari una semana antes de la guerra de Malvinas, sonó de antología esa noche.
La charla fue después del concierto y el hombre dijo entonces: “El rock nunca estuvo separado de la realidad social, política o cultural. Para mí, hoy está representado por un joven con la cabeza gacha mirando un trozo de plástico en el cual digita un mensaje, que probablemente nadie lea. Hay una oferta enorme de discos que probablemente nadie escuche, y de letras que probablemente nadie entienda. Está entrando en una frecuencia de lapidación a través del consumo”, dijo, justo cuando estaba grabando Buddy Middler y Melopea, el sello de su amigo Litto Nebbia, le había publicado un disco en vivo llamado Soulé en Río Turbio.
La Bestia Emplumada siguió su curso y en 2011 editó el tercero de sus cuatro discos: Dolmen. Fue ella otra obra de impronta mística, permeada por los misterios de la creación y los monumentos megalíticos. “Pienso que el dolmen es como si fuera una puerta abierta al universo, que está esperando algún tipo de respuesta que venga desde arriba. El dolmen plantea el misterio de estos monumentos y da varias alternativas. Probablemente sean mensajes que hayan sido dejados ahí, en esas piedras grandes, y que todavía no fueron desentrañados desde lo técnico, porque tecnológicamente esas sociedades estaban muy por encima de la capacidad que tenían esos hombres”.
Curioso. Tempranero –se levantaba todos los días a las 6-, amante de la cetrería, y lector atento, Soulé habló dos veces de la muerte durante esas inolvidables charlas con Página/12. Una fue para referirse a Basoalto, que acababa de irse. “¿Quién puede comprender la muerte?… Yo la acepto, la espero, pero no sé lo que es. Según sé, Rubén dejó de sufrir porque estaba muy mal, y no era necesario que siguiera así”. La otra viaja directo al presente, porque puede moderar el sufrimiento de quienes quedaron huérfanos de él: “La muerte no es un estado, es un pasaje. Lo que murió no está muerto, pasa a otra situación”.
Sería bello así.
