Opinión

Bolsonaro y un nuevo giro creativo en el plot de Milei

El guionista argentino

Salvo por la llanura recesiva de la economía, el resto de la actividad pública del país parece escrita por un libretista que alcanza niveles de inventiva conmovedores. La fuga del derrotado en Brasil demuestra que es capaz de superarse a cada rato.

Milei Bolsonaro Flavio AFP –

Lo del guionista de Argentina que renueva su creatividad inagotable todas las semanas, e incluso a cada rato, es ya de una dimensión conmovedora.

Ahora se le ocurrió la protección oficial a un fugitivo mientras se negaba cualquier tipo de intromisión y, a la vez, quien comanda los servicios de Inteligencia en carácter de asesor monotributista hacía gala de su papel definiéndolo como “misterio”.

El politólogo y economista Nicolás Dvoskin posteó, en X, que uno ya vio suficientes películas como para saber que no hay nada más estéticamente narco que cruzar una frontera terrestre y huir en un vuelo privado.

Luciana Bertoia, justamente y en su artículo del viernes en Página/12, reflejó con su habitual precisión el reclamo de un grupo de diputados nacionales, a fines de que la SIDE explique qué rol jugó en el escape de Flavio Bolsonaro.

Esa nota es acompañada por la de Irina Hauser, en torno a decisiones judiciales que elevaron el volumen acerca del escándalo producido por las autoridades argentinas.

Se solicita preservar las imágenes de cámaras de seguridad en distintos momentos de ingreso y salida del ex candidato brasilero, quien ya en Estados Unidos se proclamó presidente electo para luego mudarse hacia “líder de la oposición” y adjudicar el furcio a un error en la redacción del ChatGPT.

Es comprensible que el libretista de Bolsonaro pretenda alcanzar la estatura del competidor argentino, que juega en toda la cancha. Pero es una tarea imposible.

Después de todo, el coloso Sturzenegger también contó que, para modificar una resolución de la época de Onganía, reguladora del funcionamiento de frigoríficos con más de 3 mil artículos, pusieron a trabajar tres agentes de Inteligencia Artificial. Lo resolvieron en un día, dijo, pero aclaró que “la revisión es humana”.

Ahí, por caso, se muestra la diferencia abismal con el mero garabateador de Bolsonaro, quien no revisó absolutamente nada.

El nuestro es así como se lo ve, con Milei de Presidente sin IA de naturaleza alguna aunque no pueda hilvanar dos oraciones seguidas.

Eso es lo de menos y -genial, hasta que la taba se dé vuelta- lo pasean como exhibición de autenticidad. Incluye confundir a Odiseo con un tal Eliseo. El talento de nuestro héroe lo llevó a ni tan sólo tipearle “Ulises”, como se denomina a Odiseo en la tradición romana. No. Eliseo y chau, porque el Javo es así y eso es lo que paga en la guerra cognitiva.

Tampoco es una discordancia el choque entre los dos países que, en estos días, volvió a mostrar extremos brutales.

El país del récord de ganancia de YPF, bien que gracias a que lo permitió la nacionalización del pérfido kirchnerismo y junto con las felicitaciones del FMI por el “impresionante” avance de las reformas implementadas, se topó con ¿nuevos? datos de la economía real. De la distribución de la torta, para señalarlo con mejor rigor.

La inversión privada se desploma. Lleva una caída acumulada del 7,6 por ciento en lo que va del año, de modo que Milei tiene menos ingresos que Macri y que el PJ en pandemia (ver la nota de Leandro Renouen su cita de la consultora Orlando Ferreres y Asociados, que como todo el mundo sabe es un connotado think tank troskista).

Los dos trimestres de derrumbe confirman que, técnicamente, la economía ya entró en etapa recesiva.

El crecimiento en minas y canteras es el de mayor expansión, seguido por electricidad, gas y agua. Pero la industria manufacturera no para de descender y, acompañada por el retroceso de agricultura y ganadería, no compensa a la mejora en Minería que Los Hermanos intentaron destacar en Catamarca con ese invicto de no poder articular dos frases de continuo.

Esta caída de la inversión, como indica Renou, confirma que ningún empresario desembolsa dinero en una economía sin demanda. La sola excepción es un RIGI de apuestas aseguradas, que ya estaban en marcha desde el gobierno anterior.

Es en medio de esta divergencia marcada o espectacular, entre los números de “la macro” y lo percibido en la calle, en los ingresos masivos, en los comercios, en el mercado interno (sin significar por eso una calle en revulsión de protesta), que gracias a lo sucedido en Brasil ocurrió cierto terremoto.

Si estuviéramos hablando de una “clase” empresarial con, apenas, mínima conciencia de burguesía “nacional”, todas las entidades patronales que la representan debieran haber reaccionado con molestia acentuada. Hay un Gobierno capaz de tensar hasta límites inconcebibles la relación con Brasil.

Esto último es independiente de que el vecino actúa en una liga mucho más grande que el ámbito regional, porque lo hace en función de intereses multilaterales con un alcance que ciegos y miopes del escenario político y corporativo local no ven porque no quieren. O no saben.

Brasil es el principal socio comercial de Argentina y lo que haga o deje de hacer influye en forma decisiva sobre nuestra economía. Como recuerda Martín Granovsky, cientos de miles de empleos dependen en forma directa o indirecta de esa relación (ver su nota en Y Ahora Qué, que abarca al tema en el marco de si Milei y Bolsonaro son los barrabravas de Trump, enumerando los concretos intereses argentinos que se verían afectados por una crisis con Brasil: autos, autopartes, trigo, lácteos, químicos, energía y economías provinciales).

La aspiración de consensuar con Brasil debería tener rango obligatorio para cualquier composición o liderazgo de empresas locales o radicadas aquí. Es así por estructura de negocios redituables y geopolíticamente perspicaces, cuando la patronal de Washington ingresó, hace ya tiempo, en un declive al que (casi) sólo le resta su poderío militar.

Pero no. Esa clase empresarial nuestra más es o se parece, y lo disimula mal, a un conjunto de rapiñeros a costa de lo que fuere. La ampara el macrimileísmo feliz con su estampa de felpudo estadounidense.

Frente a quienes conservan espíritu informativo y de pensamiento crítico, lo dejó claro el canciller Pablo Quirno. En su cruce digital con el ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, reconoció que, antes que con Axel Kicillof, se siente más cómodo como cadete de Marco Rubio.

Fue otro hallazgo del guionista nacional que, naturalmente, no debe adjudicarse con exclusividad a Quirno. Sólo en alguna escena de “Desde el Jardín”, pongámosle, podría imaginarse que un canciller transcriba semejante sincericidio, sin que lo chequee algún consejero. O peor: consultó y le dijeron que le meta para adelante.

La prevención de que nada debe sorprender tras que El Hermano enviara periodistas a quemarse en la hoguera, como continuidad de una logorrea soez de la que supo admitir que frenaría, es una falsa imagen. Perder la capacidad de asombro será, por siempre, la trampa en que caen quienes, desde allí, resultan vencidos a fuerza de la imposición de lo ridículo. Es decir: visto el triunfo de lo grotesco, ya no hay más nada que hacer.

Sin embargo, detrás del ridículo rige -o puede hacerlo, y las más de las veces lo hace- un esquema, o táctica, o estrategia, que de ridículo tiene entre poco y nada.

Para el capítulo de esta semana de nuestro guionista incomparable, vale lo señalado por el colega Sebastián Lacunza.

“Cuanto más sórdida sea la versión de la fuga de Bolsonaro, más S. Caputo la capitaliza. Su negocio no son las instituciones, ni las RRII y ni siquiera la historieta que Bolsonaro diga de sí mismo, que a S.Caputo le importa cero. Su negocio es que se sepa que maneja un par de espías afincados en Yaciretá, que alguien lo escucha en Miami, que mueve un avión a medianoche y que marionetas leen al aire los whatsapps que les hace mandar”.

Como sea, prácticamente nadie previó la hazaña histórica de Lula, que le puso freno a la sensación o certeza de una región completamente alineada con el comediante matón de la Casa Blanca, respecto de quien se presume -presumía- tener lo que fuese bajo la suela.

Ya estuvieron, y seguirán, los análisis de cómo hizo Lula. Si fueron primero las movilizaciones, la innovación en las redes, la articulación entre ambas, las deficiencias del esperpento que se le oponía o, ante todo, su monumentalidad de líder irrepetible.

Ha sido una lección inolvidable acerca de que nunca todo está bajo control. Nunca. Para nadie. Ni siquiera para el extraordinario guionista argentino.

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