Durante años le pedí a mi viejo: “Llevame a ver a Boca en Rosario”. Ese pedido para concretarse además de su voluntad requería que estuviese en Venado ya que él viajaba mucho.
Un sábado de noviembre de 1971, parecía que el sueño se haría realidad. Pero una huelga de jugadores profesionales, por sus reivindicaciones, puso todo en duda.
Esperamos hasta pasado el mediodía, con la esperanza de que se arreglara el asunto. No fue así.
-Vamos igual, le dije. La tercera anda bien y el Nano Gandulla saca buenos jugadores.
Tanto insistí que, esa tarde, nos subimos a un Arito y enfilamos para Rosario.
Una hora y algo antes del partido llegamos a la cancha de Central (no era el Gigante, todavía).
El viejo pagó las entradas en la boletería y nos instalamos en la tribuna lateral que se les daba a los visitantes. Compramos (dijo el mosquito) unas semillitas (toda una novedad para mí) y unas cocas para calmar la sed.
La emoción crecía. Por los altoparlantes anunciaron los equipos. En Boca jugarían tipos ignotos que luego hicieron historia en el club: Mouzo, Patota Potente y Enzo Ferrero. Algunos que se destacaron algo en el xeneize y en otros clubes, como Galletti, Bongiovanni y Peracca.
Mi entusiasmo fue creciendo y casi llegó a las nubes cuando salieron los equipos a la cancha. Era mi primera vez. La sensación la experimentaba hasta corporalmente. Escuchaba a nuestra hinchada que ocupaba un cuarto del estadio y cantaba las canciones de aquellas épocas, incluido el “Dale Bo, Dale Bo”, infaltable.
La cosa empezó a ponerse fulera desde el principio, apenas empezó a rodar la pelota. Antes de los diez minutos ya perdíamos 1 a 0. En ese momento padecí el desasosiego provocado por el aullido de miles que no son los nuestros en ese grito de gol. La sensación es de las peores para un hincha, estás en un lugar y en un momento no deseado, hasta el pecho te duele.
El desastre se avecinaba. Al final del primer tiempo perdíamos 3 a 0 y nos habían expulsado al mejor, a Potente (que varios años después jugó en Central).
En el entretiempo compartí la frustración y algún comentario con mi padre. Entre otras cosas, le echábamos la culpa a Candia, el arquero. El tipo parecía un adorno debajo de los tres palos. Se quedaba parado y estiraba uno de sus brazos, pero nunca se arrojaba (por años me acordé de ese arquero, hasta hoy). En el segundo tiempo la noche, fue más noche. Todo se agravó. A los treinta minutos ya perdíamos 5 a 0. Para colmo, desde la tribuna de Central continuaron con algo que había comenzado unos minutos antes: nos arrojaban piedras y otros elementos contundentes. Mi papá trataba de protegerme. Pero después de ese quinto gol fue peor y decidió que nos fuéramos.
Por un rato, el partido quedó en el olvido. Salimos y empezamos a correr. Los dos corríamos y acelerábamos sin mirar atrás. Seguían los piedrazos que nos obligaban a una marcha cada vez más rápida (Aclaro, el viejo no era tan viejo, tenía 37 y yo 13).
Después de la carrera (aminorada en algún momento) llegamos a la terminal de ómnibus.
Faltaban unas horas para el próximo colectivo a Venado. Nos comimos unos triples con muchas ganas y nos tomamos unas cocas.
Después nos sentamos a esperar la hora del regreso. Algún comentario hicimos. De nuevo cargamos sobre el arquero al que nunca se lo perdona y echamos culpas a la huelga que nos había impedido ver a nuestro equipo, al verdadero, el de la primera.
Con el tiempo, aquél día se volvió un “¿Te acordas?”, como aquellos hechos que alguna marca dejan. La más importante, compartir la cancha y la pasión con mi viejo.
P.D.: Aclaración o aporte para aquellos que gozan con los datos que tal vez no sirvan para mucho. El resultado final fue de 6 a 2 en favor de Rosario Central, forjador de campeones
