El programa se llamaba “No toca Botón”. Allí, el dictador de Costa Pobre usa sombrero y una chaqueta militar morada. Corta la monocromía una banda presidencial – paradoja semiótica extraordinaria- en la que se lee: “tus amigos”. Es 1986 y apenas pasan 36 meses de transición democrática. La carcajada de mi padre frente al televisor me va a enseñar de alegría para siempre. Es 1986 y Olmedo se burla porque un país se burla de sí mismo. Hay que tener mucho coraje para tomarle el pelo al sí mismo, y a esa infatúa versión del poder de facto que supimos concebir. “No Toca Botón” tenía coraje, el tipo de coraje que tiene el pibe de barrio, que pasa al frente sin anunciarlo. Desprovisto de cualquier interés sobre el “prestigio”. Mi papá por su parte, tenía alegría y quizás, basten estos dos afectos para que un niño crezca confiando en que el futuro será mejor. Si al final de la noche negra, Cacho El Kadri ya había sentenciado que no lograron convertirnos en ellos. ¿Que podría salir mal?
Una década más tarde, tomando un café en Bulevar Francia me contó buena parte de lo que él cría, había salido mal, muy mal. Empezando por el 17.5% de desocupación registrado por el propio INDEC para el tercer trimestre del corriente 1996. Un rato antes, el Doctor El Kadri refrendaba con vuelo poético las intervenciones enérgicas y ostensiblemente desesperadas de Edgardo Quiroga, en ese momento, cabeza del sindicalismo en el cordón industrial santafesino. Yo era una flaquita estudiante de la Siberia. Me había encantado la charla de Cacho en el congreso del PCR, me había encantado su peronismo diáfano y su apoyo a los trabajadores del cordón industrial. Así que, con mi deseo de aunar teoría y práctica me acerque a decírselo sin rodeos. La seguimos en el café. Seguir escuchando cosas, eso quería yo. Porque Cacho El Kadri, después lo entendí, pertenecía a la generación que construyó metódicamente un nuevo archivo de cosas imprescindibles para ser contadas. Cosas serias para ser contadas sin perder la alegría. Como las contaba Horacio González y Arturo Fernández, David Viñas, Germán García, con humor, sin perder la alegría. Lo sabemos, no tendrán relevos en el mediano plazo.
Por ello, no me expliquen el amor… (Julio Sosa) Es esta orfandad de sentido la que nos tiene absortos, endemoniados, arrinconados. Incluso a los jóvenes y no tan jóvenes votantes de la LLA porque aunque no tengan ni puta idea de quién fue El Kadri, ellos son las primeras víctimas de la interrupción en la transmisión de las cosas imprescindibles de ser contadas. En algún momento, el botón se tocó, y en este país, el televisor se apagó. El triunfo electoral del 25 de octubre no es causa, es consecuencia del apagón: verdad de Perogrullo.
Ninguna épica de la libertad individual, ni la estabilización en los índices de inflación, ni tan siquiera Trump, padre de la Horda devenido ordenador – saqueador, podrá frenar el malestar en la cultura. Porque la escena a la que asistimos como pulsión liberada en la más atroz inconciencia, es precisamente la modalidad que adopta el malestar en el siglo XXI: la renegación.
“La vida, como es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarlas no podemos prescindir de calmantes”, escribía Freud.
El empeño en la causa cooperativa ha sido el más efectivo de esos calmantes en la historia del hombre gregario, dijo Néstor Braunstein releyendo al Maestro. Es menesteroso entonces, predicar que aún con fallas, la salida está del lado del Otro. En la adscripción a un linaje, en la vuelta a la patria -tierra de los padres- donde una cadena significante nos precede y nos salva del horror de la materia.
Sin relato fundacional, sin historia, sin un lugar para que los maestros cuenten con humor las cosas serias, no hay gobierno que aguante, no hay sociedad que aguante. No nos cansemos de contarlo, también a ellos, para que, al fin, comprendan.
