A través de diferentes voces, La Capital busca reflejar parte del recorrido de la Campaña Nacional y los ámbitos desde donde se viene dando pelea desde hace quince años
Que el proyecto para la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) sea debatido por segunda vez en la historia en el Congreso de la Nación, que haya obtenido ya dos veces la media sanción en la Cámara de Diputados y que ahora sean los 72 senadores nacionales por las provincias los que deban definir la sanción definitiva es el resultado de un recorrido que puso en marcha el movimiento de mujeres desde el retorno de la democracia. Un camino que profundizaron los feminismos en diferentes espacios y que a partir de 2005 se articuló en un colectivo clave como es la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. La campaña es un espacio que reúne a más de 300 organizaciones a lo largo y ancho del país y este año, a 15 años de su conformación, presentó en abril pasado y por octava vez el proyecto de IVE.
El lema “Educación Sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir” que levantaron como bandera se hizo carne y en 2018, con el primer debate legislativo, explotó masivamente en las calles donde mujeres, jóvenes y adolescentes, trans e identidades no binares se plantaron en el reclamo al Estado para que se haga cargo de una práctica que existe y que se transforma no solo en problema de salud pública y acceso a los derechos sexuales y reproductivos (y no reproductivos) de las personas gestantes, sino en muertes evitables.
Porque las mujeres abortaron y y abortan. Abortan pese a la penalización que sostiene el Código Penal desde 1921 y el propio Ministerio de Salud de la Nación estima que anualmente se producen entre 350 mil y 400 mil abortos. Siguieron abortando cuando tras la media sanción de los diputados en agosto de 2018 el Senado le dijo no al proyecto de ley de la Campaña Nacional que se había debatido por primera vez. Y seguirán abortando si vuelven a rechazarlo dos años después. El aborto existe y causó la muerte de 3 mil mujeres en la Argentina solo desde 1983 a esta parte.
En el especial 15 años, 15 voces, La Capital busca reflejar parte del camino recorrido, dar cuenta sobre todo de los diferentes ámbitos donde la pelea por el aborto legal, seguro y gratuito se viene sosteniendo desde hace más de una década.
Las producciones periodísticas fueron realizadas por Eugenia Langone, Laura Vilche y Carina Bazzoni. Las producciones fotográficas son de Celina Mutti Lovera, Virginia Benedetto, Héctor Río, Leo Vincenti y Francisco Guillén.
Raquel Chiara, médica, primera mujer decana de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) es una de las voces por ser quien a través del cambio del plan de estudio implementado durante sus dos gestiones, que se extendieron desde 1998 a 2006, la carrera abandono el sesgo biologicista e implementó ya en el primer año «Sexualidad, Género y Reproducción».
«Cuando veo que se sostiene el derecho humano a decidir de toda mujer u otras identidades con capacidad de gestar, considero que hubo un avance coherente de lo que se viene logrando en materia de género«, dice.
Entre las militantes pioneras de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito está la ex diputada nacional y provincial Silvia Augsburger, no solo firmante de los proyectos de ley de IVE y de las primeras mujeres que tomaron el pañuelo verde como símbolo, sino integrante de la comisión redactora de todos los proyectos IVE que desde 2007 hasta la actualidad que la campaña presentó en el Congreso nacional.
“Pudimos torcer la historia de las organizaciones antiderechos para las que el aborto siempre fue un tema del que no se habla. Se ocultaba en las familias, se silenciaba en las oficinas del Estado o en la academia. Pudimos también sortear un segundo momento en el que las demandas feministas no importaban para la agenda política ni para los asuntos del Estado. Y también pudimos llevar esas reivindicaciones a los primeros lugares de la agenda pública. En eso ya ganamos”, afirma.
Dahiana Belfiori, activista, feminista, militante de la campaña en sus tiempos de estudiante en Córdoba en 2007, ex integrante de Socorristas en Red y escritora va de la experiencia personal del aborto, a la politización de esa experiencia, al acompañamiento de las mujeres que abortan y de allí también a la escritura de “Código Rosa. Relatos sobre abortos”.
“Escribir es un acto político, es querer tocar a otres con palabras, es realmente una manera de tocar a otres. Abortar, acompañar a abortar, escribir sobre esos abortos vuelven en esta anécdota con la fuerza, la emoción y la alegría que producen algunas decisiones y que sólo pueden valorarse en su justa medida con el paso del tiempo”, señala.
Dolores Covacevich, docente y militante feminista se aferró al reclamo de “educación sexual para decidir” y como integrante de la Asamblea Permanente por la Educación Sexual Integral (ESI) exige una ley -aún pendiente- en la provincia, además de ser parte de la marea verde que reclama al Estado una respuesta ante las muertes por aborto.
Luciano Fabbri, docente y coordinador del Area de Género y Sexualidades de la UNR, e integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social intenta desde la conformación del Colectivo de Varones Antipatriarcales hasta la actualidad poner en cuestión el rol de los varones y pensar en “los aportes específicos que los varones cis pueden hacer a esa lucha, sobre todo pensando en la necesidad de asumir una responsabilidad más activa en el cuidado de la salud sexual y reproductiva”.
Marta Alanis, santafesina de Cañada de Gómez, no sólo es activista por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, sino que es de las militantes de la campaña que a través de la organización Católicas por el Derecho a Decidir rompió con la contradicción entre aborto y religión, planteando que «espiritualidad y fe no se contradicen con el feminismo” del que se siente parte, sino “con los fundamentalismos».
También Daniel Teppaz médico y hacedor en la salud pública municipal por los derechos sexuales fue catequista y tampoco encuentra allí contradicciones.
“No sufrí una contradicción espiritual, aprendí de joven a tender una mano, ser compasivo y misericordioso entonces cuando me di cuenta cómo sufrían y morían las mujeres por abortos clandestinos mientras nosotros las denunciábamos y sentí un profundo sinsabor”, dice quien se transformó un militante por el aborto y los derechos de las mujeres y diversidades. E incluso volvió a ser esta semana uno de los expositores en favor de la IVE en la Cámara de Senadores de la Nación.
Miranda Postiglione ya es de la generación que aprendió temprano que existía el misoprostol para abortar en forma segura y se sumó a esa red de mujeres que acompañan a través de la Red de Socorristas a quienes sometidas a la clandestinidad toman la decisión de abortar. Porque Miranda recalca que “cuando deciden abortar, las mujeres lo hacen”, y apunta que el objetivo de quienes están ahí para escuchar “es que lo hagan de manera segura y cuidada”.
De hecho, de acuerdo al informe de las Socorristas en los últimos seis años, unas 38.116 mujeres recibieron información sobre usos seguros de medicación para abortar y de ese total, acompañaron en sus procesos de aborto con medicación al 83,8%; es decir, a 31.936 mujeres en todo el país.
En los territorios, tanto desde las organizaciones políticas como en los centros de salud, acompañar el proceso y las decisiones de las mujeres y hablar de aborto es un desafío de quienes hacen pie en esos barrios. En los centros de salud fue donde Paula Botta, médica generalista e integrante de la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir, tuvo las primeras contradicciones entre lo aprendido en la facultad y lo que venía en el consultorio, lo que la llevó a volver a los pasillos de Medicina para formar parte del proyecto colectivo que impulsó la primera cátedra de Aborto del país que se puso en marcha en la UNR y que ahora puja por ser parte del plan de estudios obligatorio.
Y en esos mismos territorios de la ciudad es donde Majo Poncino, militante del Movimiento Evita, trabaja con las mujeres para pensar en proyectos de vida y maternidades deseadas. La consigna que más le resuena cuando piensa en su trabajo en en los territorios es «La maternidad será deseada o no será”, señala, y explica que “se trata de poder pensar con esas jóvenes, adolescentes y mujeres sobre sus deseos, que puedan saber que la ley no las obliga a nada cuando la maternidad es deseada, sino que les da el derecho a decir que no cuando no lo es; pensar que hay otros proyectos posibles, que son ellas las que pueden elegir y decidir, ese derecho que desde siempre les es negado».
En el camino marcado por el movimiento de mujeres, garantizar las interrupciones legales de embarazo (ILE) en los centros de salud fue una prioridad, formar equipos que acompañen, no sólo de médicos, sino de trabajadores sociales y psicólogos fue otro de los procesos. De ese espacio es parte Jorgelina Schmidt, trabajadora social del Centro de Salud Municipal Mauricio Casals, de Seguí al 5300, donde recalca la centralidad de pensar en la integralidad de la salud.
“No sólo se evalúa el riesgo biológico de llevar adelante la gestación, sino también la afectación subjetiva y el contexto social en que vive cada persona. Hay situaciones de niñas embarazadas, de situaciones de abuso, y también mujeres que no quieren ser madres, que están soñando con estudiar, que justo habían empezado a trabajar o que si continúan con su embarazo tienen miedo de ser despedidas», cuenta.
Miya Vargas, militante del colectivo travesti trans y del Movimiento Evita, obliga a hablar de que no son solo las mujeres las que abortan, algo que recién en los últimos tiempos comenzó a visibilizarse a través de la denominación de “cuerpos gestantes”.
Hace hincapié la centralidad del lenguaje y sobre las autodeterminación de los cuerpos: “Jamás interpelaría a una mujer que decide abortar, porque es como si me interpelaran a mi sobre mi identidad”.
La periodista y militante Loreley Flores tiene en “Bichos raros”, el programa de radio que conduce desde 2014, todo un documento de identidad y espacio de militancia. Sin embargo, el camino hasta allí fue largo y escarpado: concurrió a escuela católica y profesó la fe evangélica, la dejó. Fue madre sola a los 19 años, y en ese espacio radial, muchos años después, se enamoró de Alejandra, su actual esposa, con quien tiene mellizas.
Sol Iguri, la militante de la Campaña Nacional más joven de Rosario, es de la generación que vio a su madre con el pañuelo verde, lo puso en su mochila y nunca más se lo sacó. Y no solo porque milita la legalización del aborto, sino porque es el símbolo de mucho más, es el de la ampliación de derechos para quienes son las protagonistas de la “Revolución de las hijas”.
Pero no solo las pibas levantaron los pañuelos, los varones adolescentes y jóvenes también los tomaron y deciden ponerse a la par en la pelea por los derechos. Nahuel Evangeliste, con 19 años, es de esa generación que se expresa y pide que los escuchen: “Deberían darnos más voz a los jóvenes para ver qué nos preocupa y qué tenemos para decir”.














