La independencia de la Justicia no es un detalle menor. Es uno de los pilares sobre los que se sostiene cualquier democracia. Cuando ese principio comienza a resquebrajarse, lo que está en juego deja de ser una discusión política para convertirse en un problema institucional.
En los últimos meses se multiplicaron las denuncias y versiones sobre presuntas presiones del gobierno provincial a magistrados que dictaron fallos contrarios a la reforma previsional. En los tribunales también circulan comentarios sobre supuestas presiones hacia jueces penales que no acompañan determinados criterios del poder político.
A esto se suma un episodio que fue público, el gobernador le reclamó a un periodista que revelara la identidad de jueces que habían cuestionado sus reformas. Un hecho que abrió un debate sobre la relación entre el Poder Ejecutivo, la Justicia y la prensa.
La tensión tampoco sería nueva con la Corte Suprema provincial. Desde hace años existen cuestionamientos sobre intentos de influir en las decisiones del máximo tribunal, incluso respecto de ministros cuya designación contó con el respaldo del propio oficialismo.
La historia argentina ya mostró que cuando un gobierno pretende condicionar a la Justicia, las consecuencias institucionales suelen ser profundas. Cualquier parecido con prácticas que caracterizaron otras etapas del país despierta, cuanto menos, preocupación.
Ahora el debate suma otro capítulo, la intención de modificar el sistema de Boleta Única de Papel. Para algunos, se trata de una reforma electoral legítima; para otros, representa un nuevo avance sobre las reglas del juego democrático.
Frente a este escenario cabe preguntarse, ¿estamos atravesando uno de los momentos institucionales más delicados de la provincia? ¿Puede el oficialismo seguir presentándose como garante de la institucionalidad mientras acumula cuestionamientos por su relación con otros poderes del Estado?
Como alguna vez ironizó un dirigente político, “es como tener a Yiya Murano hablando de alimentación saludable”.
