Julián Galdeano, el funcionario provincial que coordinó el proceso previo y el desarrollo de los Juegos Suramericanos 2026, vive días de alivio y satisfacción. Se le nota en el rostro, en la sonrisa, apenas abre la puerta de su despacho. Dentro de la oficina, despojada de cualquier ornamentación, hay una sola presencia además de la suya: una cabeza de Capi. Pero no la de la mascota oficial que terminó enamorando a grandes y chicos, sino una versión anterior, que se parece más a un perro que a un carpincho. Esa versión, cuenta el secretario de Vinculación Institucional de Santa Fe, le daba al personaje características de atleta. Y se decidió ir por otro camino: que fuera una figura que se identificara no con los deportistas de elite, sino con los chicos con los que la organización aspiraba a llenar los estadios y los Fan Fest. “Un antihéroe que se esfuerza, que se entrena para ser mejor cada día”, dice. La mascota, la canción y la ceremonia de apertura fueron los elementos que, entiende, abrieron la puerta a la conexión entre los Juegos Suramericanos y el público que los desbordó.

Ahora viene otra etapa, otros desafíos, de los que Galdeano, un dirigente que gana peso político dentro de la gestión Pullaro, habló durante una entrevista con Rosario3. Uno es inmediato: cómo administrar el legado de los Juegos, una infraestructura millonaria, sin que se conviertan en instalaciones ociosas o una carga para el Estado. Otros apuntan directamente a 2027 y más allá: si hay posibilidades de llegar a acuerdos con La Libertad Avanza ante el riesgo de que el oficialismo pierda comicios locales con el peronismo y elaborar un nuevo proyecto de Unidos para Rosario, para lo cual pide que el intendente Pablo Javkin, a quien ve como un buen candidato pero no el único, convoque a una mesa política de la coalición. En cuanto a lo nacional, define al gobierno de Javier Milei como “de transición”, ve difícil que el año que viene se rompa la polarización entre La Libertad Avanza y el kirchnerismo, pero cree que eso no será así para siempre y pide que la UCR se prepare. En ese marco, imagina a Pullaro con proyección presidencial para 2031: “Yo lo veo”.

—¿Qué fue lo mejor de los Juegos Suramericanos?

—Para mí, lo mejor fue el clima de la gente y la combinación que logramos entre la fiesta de la noche y el deporte del día. Nosotros queríamos que los Juegos fueran eso: que hubiera chicos, jóvenes, gente grande, gente de afuera y de adentro. Ese fue el éxito. Para conseguirlo primero apostamos a instalar la canción y la mascota, mas la producción de una ceremonia de apertura de gran impacto y estadios llenos. Ayudó mucho el programa Vivamos los Juegos con las escuelas: al principio pensábamos que los chicos nos iban a llenar las tribunas y después hubo tanta gente que los cupos reservados para ellos terminaron siendo un problema.

—¿Hubo algo que haya salido mal o peor de lo previsto?

—Tener tres sedes fue complicado. En Rosario funcionó muy bien el Fan Fest, pero en Santa Fe y Rafaela algunas propuestas quedaron menos desarrolladas. También subestimamos la convocatoria de algunos deportes. Pensábamos: “Acá con 400 personas alcanza”, y después nos desbordaron. Beach vóley, por ejemplo.

—Un aprendizaje para los Panamericanos Junior de 2029, ¿no? La postulación es de una sola sede.

—Sí, Rosario y Gran Rosario. Prevemos deportes en Villa Constitución, Capitán Bermúdez, Funes, Pérez y Granadero Baigorria. La idea es que las ciudades del entorno metropolitano también tengan un rol.

—¿Y la Villa Olímpica? Porque los departamentos que se usaron para los Suramericanos se supone que ya van a estar vendidos.

—No vamos a tener disponible la primera etapa del ex Batallón 121, pero ahí tenemos autorizadas 22 torres más.

—O sea que podría repetirse el mismo esquema.

—Sí. La postulación incluye la Villa Olímpica ahí. De acá a 2029 se construirían nuevas torres con el mismo criterio: primero Villa Olímpica y después se venden.

—Ahora empieza la etapa de administrar el legado. ¿Cómo hacen para que toda esta infraestructura tenga uso y no quede ociosa?

—El legado siempre formó parte del plan. Ganamos que un atleta de Santa Fe que antes tenía que ir al Cenard, viajar, alojarse y entrenar cuando le daban un turno, hoy pueda disponer de instalaciones similares a las de sus competidores brasileños, chilenos o estadounidenses. Después hay que llenar esos espacios de entrenamientos y competencias.

—¿Quién va a administrar esos espacios?

—Estamos trabajando en eso, tratando de que sea lo menos estatal posible. Porque, si queda directamente en manos del Estado, nos clavamos. No servimos para administrar diariamente espacios de esta calidad: empiezan a aparecer oficinas, empleados que faltan, se rompe un vidrio y no hay quién lo arregle. Estamos hablando con las federaciones y, para los espacios multipropósito, no descartamos concesiones: el Estado se reservaría horas para entrenamientos y competencias y un privado haría eventos y se encargaría del mantenimiento.

—¿Y se cobraría un canon?

—Inclusive estamos dispuestos a no cobrarle canon. El canon puede ser horas de uso y mantenimiento. Dame movimiento: movimiento cultural, movimiento en la ciudad, movimiento económico.

—Hubo una cuestión que plantearon mucho los deportistas: la falta de incentivos económicos para poder desarrollar sus actividades. ¿Va a haber algún acompañamiento específico de Santa Fe?

—Sí. Hay programas que se están analizando y ahora vamos a tener un reconocimiento económico para todos los santafesinos que participaron, hayan obtenido medalla o no. Somos conscientes de que en Nación se está dando todo un debate con este tema. No le vamos a pedir peras al olmo esperando que, de golpe y porrazo, el gobierno nacional descubra que hace falta un modelo de becas para el alto rendimiento. Tuvimos una gran performance, pero estamos en peores condiciones que otros países. Vamos a ganar infraestructura, pero seguimos atrás en financiamiento. Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay tienen sistemas mucho más fuertes e incluso se llevan técnicos y preparadores argentinos porque pagan mejor. Hasta los países más capitalistas y de mayor libre mercado tienen a sus comités olímpicos y federaciones apoyadas por el Estado. Acá no.

—Después de haber estado al frente de la organización de los Juegos, ¿sentís que políticamente quedaste en otro lugar?

—No siento que esté en otro lugar. Pero tampoco hay que minimizarlo: cumplimos un objetivo jerárquico del gobierno y eso siempre genera algún reconocimiento o reposicionamiento.

—Durante buena parte de tu carrera se te vio más como un operador político que como un gestor. ¿Esta experiencia no te generó deseos de postularte por un cargo ejecutivo?

—Alguna vez dije que la tarea parlamentaria ya me había agotado. Esto me entusiasmó mucho. Pero hoy estoy cómodo como estoy. No estoy pensando en una candidatura electoral. Siento que sirvo más construyendo equipos, impulsando ideas y, a veces, imponiéndolas, porque cuesta introducir cosas disruptivas en la administración pública.

—Siguiendo con tu recorrido político: hoy sos un hombre clave de la gestión Pullaro, pero en 2023 fuiste uno de los armadores de Carolina Losada en una interna muy dura contra el actual gobernador, en la que la candidata llegó a tratar al actual gobernador de narco. ¿Cómo se produjo esa transformación? ¿Cambiaste vos, cambió Pullaro?

—Lo que pasa en Las Vegas queda en Las Vegas (risas). Las campañas son campañas electorales. Se dicen muchas cosas. Después, cuando Maxi ganó las primarias, hubo un entendimiento político. Hubo quien ganó y hubo quien perdió, y a partir de ahí se construyó un camino. La primera conversación que tuve con él fue: “Ni yo necesito estar en el gobierno ni vos necesitás que yo esté”. Y eso sigue siendo así. Pero cuando uno empieza a transitar un camino se construye confianza. Te ocupás de temas, sentís que tenés respaldo y quien te respalda empieza a ver resultados. Yo sigo siendo una referencia para sectores que no son los más ortodoxos del grupo del gobernador, pero también construí una confianza que me permite ser parte de un núcleo que toma decisiones estratégicas para el gobierno y para la política.

—Te llevo a 2027. Vos venís planteando la posibilidad de acuerdos con La Libertad Avanza, al menos a nivel local, no provincial. ¿Sobre qué bases?

—Yo simplemente analizo la matemática. Cuando el electorado no peronista se divide, gana el peronismo. Es difícil coincidir con La Libertad Avanza en una elección provincial porque tenemos muchas diferencias y quizás nos traería más problemas que soluciones dentro de Unidos. Pero en los planos locales juega más el mano a mano de las personas y hay más pragmatismo.

—Es decir: el acuerdo que proponés es básicamente porque temés derrotas si se divide el voto no peronista.

—Sí. Porque si un candidato de Unidos y uno libertario dividen ese electorado, el peronismo, con un piso histórico de 30 o 35, puede ganar. Entonces terminás provocando una derrota y no otra cosa.

—Ahora, si pensamos una cancha en la que están los que defienden la democracia y el Estado, Unidos estaría más cerca del peronismo que de La Libertad Avanza. Eso se vio con claridad en la reforma constitucional.

—Sí, pero eso sucede donde el debate es político-ideológico. Cuando elegís un presidente comunal, la discusión es otra.

—¿Por qué?

—Porque ahí juega mucho más la persona. En una comuna la gente conoce al candidato, sabe cómo trabaja, cómo administra, qué relación tiene con el pueblo. El peso de la ideología es mucho menor.

 Capi, una presencia que se siente en el despacho de Galdeano.
Capi, una presencia que se siente en el despacho de Galdeano.

—¿Y cuando elegís un intendente de Rosario?

—Ahí es más complejo. Rosario, por su volumen, se parece más a una provincia. Pero si tenés un segmento que vota el sello libertario, un 12, 13 o 15 por ciento, eso puede terminar facilitando el triunfo del candidato del peronismo local. El electorado no siempre se mueve por parámetros ideológicos perfectamente coherentes.

—Pero en Rosario, ¿ves o no viable acordar con La Libertad Avanza?

—En Rosario primero tenemos que discutir qué pretende Unidos para el futuro de la ciudad. Nuestra coalición tiene un déficit: no hay una mesa política de Unidos en Rosario. Quizás el intendente debería conducir ese proceso, o el intendente con el gobernador, o el intendente, el gobernador y los legisladores. No lo sé. Pero hoy esa mesa no existe. Antes de pensar qué hacemos con los demás, tenemos que definir qué hacemos nosotros adentro. No puede ser que el socialismo piense una cosa, el grupo del intendente otra, el radicalismo otra y el PRO otra. Hay que definir qué perfil queremos para Rosario. Mejoramos muchísimo la seguridad. Ahora la pregunta es: ¿qué sigue? ¿Hacia dónde va la ciudad?

—¿Y cuál es tu respuesta?

—Rosario tiene una oportunidad en la revolución tecnológica por sus universidades, institutos y recursos humanos. Tiene que ser una ciudad moderna, joven y universitaria, capaz de generar empresas tecnológicas y biotecnológicas vinculadas a su entramado productivo.

—¿Estás hablando de un nuevo Plan Estratégico Rosario?

—Sí. ¿Cómo no, si el mundo cambió en los últimos cinco años? Hace cinco años no sabíamos lo que era ChatGPT. Unidos no puede limitarse a administrar la coyuntura mirando por el espejo retrovisor.

—¿Ves a la gestión actual de la ciudad con esa cabeza?

—Veo que la gestión municipal ya no vive con la urgencia cotidiana de la seguridad y el caos. Está administrando bien el presente, pero ahora hay que dar un salto de calidad.

—¿Cómo ves la posibilidad de que Pablo Javkin vaya por un tercer mandato?

—No lo veo mal. Siempre creo que la renovación es importante, pero Pablo tiene mucho carisma y es un actor de la rosarinidad plena. Siempre es un buen candidato, y puede haber otros como Federico Angelini o María Eugenia Schmuck. Pero para tener éxito frente a una opción como la que representa Juan Monteverde y Ciudad Futura, tenemos que mostrar hacia dónde queremos ir.

—Te llevo al plano nacional y a tu condición de dirigente histórico de la UCR. ¿Qué es hoy el radicalismo?

—Hoy el radicalismo es una suma de partes. No es un todo. Tiene serias dificultades para funcionar como partido político. Tenemos dos bloques en Diputados, senadores que votan distinto, un Comité Nacional que toca pito y no lo escucha ni la maestra de la esquina, gobernadores con mucha centralidad pero que no siempre piensan en el conjunto. Yo creo que el gobierno de Milei es un gobierno de transición. Y hay que prepararse para la etapa posMilei. El radicalismo tiene que recuperarse, tomar oxígeno y prepararse.

—¿Cómo se construye una alternativa?

—No es fácil porque todavía hay niveles muy altos de polarización. La famosa avenida del medio todavía sigue siendo un sendero. Lo peor que le puede pasar a la Argentina es volver al kirchnerismo, pero nuestra propuesta no puede limitarse a eso. Hay que construir una alternativa sobre producción, federalismo, instituciones y democracia, pero también seguridad, orden y cuentas públicas austeras.

—¿Lo ves a Pullaro para 2031?

—Yo lo veo. Si la gestión de Santa Fe se mantiene cuatro años más y Pullaro vuelve a ser gobernador, va a llegar con un bagaje de experiencia y mostrando lo que hizo en la provincia que le puede permitir conformar una escudería que aspire a gobernar la Argentina de otra manera.

—¿Podría ser 2027 Bullrich y 2031 Pullaro? A Bullrich ya la votaron, ya la militaron.

—Sí. Lo que pasa es que no estoy en los amagues y contraamagues de algunos sectores del PRO. Uno no sabe hasta dónde están convencidos de construir una alternativa o buscan otro objetivo. Bullrich participa de la mesa política del Gobierno y después se diferencia. Está bien, es legítimo. Pero a veces dudo de la verdadera vocación de construir una alternativa por dentro o por fuera del gobierno nacional. Todavía falta mucho. Una elección presidencial divide las aguas y en la Argentina sigue funcionando bastante esa lógica de Boca-River.