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La condena de los responsables y la beatificación del Papa Francisco

50 años del asesinato de Angelelli

El derrotero de la justicia que terminó con el reconocimiento de su crimen y el de tres de sus colaboradores.

Obispo Angelelli Imagen Web

El 4 de agosto se cumplen 50 años del asesinato por parte de la dictadura militar de quien fuera obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, hoy declarado beato por la Iglesia Católica. En días previos también fueron asesinados otros tres colaboradores del obispo y todos ellos son beatos y conocidos como los “mártires riojanos”. El sacerdote franciscano Carlos de Dios Murias y el cura francés Gabriel Longueville fueron secuestrados en la parroquia de Chamical el 18 de julio y sus cuerpos aparecieron dos días después en la zona rural de El Barrial, atados, encapuchados y con claros signos de tortura y disparos con arma de fuego. El 25 de julio Wenceslao Pedernera, dirigente laico del Movimiento Rural de la Acción Católica y organizador de cooperativas campesinas en Sañogasta fue sorprendido en su casa cuando un grupo de tareas irrumpió en su vivienda y lo acribilló a balazos frente a su esposa e hijas. Murió horas después en el hospital de Chilecito.

Aquel 4 de agosto Angelelli abordó una camioneta Fiat 125 multicarga junto a su vicario episcopal, el sacerdote Arturo Pinto. Horas antes, en Chamical, el obispo había dicho a sus allegados: “Es mi turno” y “Me tienen acorralado”, consciente de que el aparato represivo militar apuntaba directamente contra él. En el viaje Angelelli llevaba consigo una carpeta con pruebas y testimonios recopilados sobre las ejecuciones de Murias, Longueville y Pedernera. A la altura de Punta de los Llanos (Ruta Nacional 38), dos vehículos encerraron a la camioneta en la que viajaban, provocando su vuelco fatal. La carpeta con documentación nunca fue encontrada.

El cadáver del obispo fue hallado extendido sobre el asfalto en forma de cruz, con lesiones graves en la nuca y la base del cráneo.

En torno al hecho, el juez federal Rodolfo Vigo en 1976 se hizo cargo del expediente y en 1983 archivó la causa tipificándola como “accidente de tránsito por reventón de neumático”, omitiendo peritajes contradictorios de la policía provincial. Durante casi cuatro décadas, la dictadura y sus cómplices intentaron encubrir el homicidio de Angelelli presentándolo como un “accidente de tránsito”. Sin embargo, eso no impidió que las investigaciones sobre el hecho continuarán. Finalmente, la justicia reconstruyó la secuencia premeditada de persecución, secuestro y asesinato y el 4 de julio de 2014 el Tribunal Oral Federal de La Rioja condenó a prisión perpetua al exgeneral Luciano Benjamín Menéndez (jefe del III Cuerpo de Ejército) y al vicecomodoro Luis Fernando Estrella como autores intelectuales y organizadores del homicidio calificado del obispo Angelelli.

En el expediente figura el testimonio del cura Arturo Pinto, quien sufrió traumatismos graves y pérdida de conciencia temporal como consecuencia del atentado y salvó su vida porque fue rescatado por vecinos y trasladado a un hospital de la capital riojana. En sus declaraciones ante los tribunales Pinto relató que “nos venían persiguiendo desde que salimos de Chamical. Un auto blanco se nos puso al lado, hizo una maniobra encerrándonos bruscamente hacia la banquina. Escuché un gran estruendo y no recuerdo más hasta despertar en el hospital”.

El 27 de abril de 2019 el papa Francisco reconoció oficialmente el martirio in odium fidei (en odio a la fe) de Angelelli, Murias, Longueville y Pedernera y todos ellos fueron beatificados en una ceremonia multitudinaria que se realizó en la capital riojana.

Testimonios desde la iglesia

Al cumplirse los 50 años del asesinato de los “mártires riojanos” el presidente de la Conferencia Episcopal, el arzobispo mendocino Marcelo Colombo le dijo a Página/12 que “Enrique Angelelli quiso ser buen pastor de su pueblo, primero como sacerdote y obispo de Córdoba, después como obispo de La Rioja”. Por eso, sostuvo el presidente del episcopado, “sus palabras y sus gestos de buen pastor se tradujeron de un modo cercano de iglesia y a la vez de una verdadera invitación a renovar las estructuras pastorales de la comunidad cristiana para poder acompañar las necesidades de los hermanos y transformar la realidad social”.

Colombo sostiene que “para la Iglesia en la Argentina Enrique Angelelli es un don, lo agradecemos a Dios como don que es, como tesoro de nuestras respuestas pastorales, como modelo de sacerdote y de obispo. Pero sobre todo hoy (Angelelli) es compromiso para seguir apoyando, profundizando, todo lo que tiene que ver con el anuncio del Evangelio encarnado y sostenido en una Iglesia que se hace servidora de todos”, subrayó.

Raúl Pizarro, obispo auxiliar de San Isidro y secretario general de la Conferencia Episcopal, afirmó que Angelelli fue “un pastor que vivió una entrega fiel y total al Evangelio de Jesucristo” y que “su martirio, compartido en comunión con sacerdotes y laicos, sigue siendo un signo elocuente de una Iglesia que camina junto a su pueblo, especialmente junto a los más pobres y a quienes más sufren”. Para Pizarro la memoria del obispo asesinado “renueva el compromiso de seguir trabajando, con esperanza, por la justicia, la paz y la fraternidad”.

Carlos Tissera, obispo de Quilmes y uno de los referentes nacionales de la Pastoral Social, recordó que el obispo Jorge Novak (1928-2001), reconocido luchador en defensa de los derechos humanos, recordaba que a Angelelli “lo quisieron silenciar con las amenazas y con la muerte, pero solo lograron transformarlo en un profeta que desborda los límites de su diócesis desde nuestra patria cuya voz seguirá resonando en todos los rincones de América Latina, de Medellín y de Puebla”.

Tissera también relató una experiencia que vivió en ese mismo momento cuando él era seminarista católico. Al respecto dijo que “en lo personal este martirio me remite a mis años de seminarista acá en Buenos Aires”. Y cuenta que “el 2 de julio de 1976 un grupo armado viene a nuestra casa, nuestro seminario de la diócesis de San Nicolás, en Capital Federal. Gracias a Dios, según ellos (los atacantes) dijeron fue algo de rutina, puesto que el sacerdote que estaba a cargo llegó, los encontró, les pidió identificarse, y no dieron razones. A mí me tenían encañonado, pero se fueron”, recuerda el actual obispo quilmeño.

Pero agrega que “sin embargo, horas después, en la madrugada del 5 de julio mataron a nuestros compañeros palotinos. Por las descripciones eran los mismos. El 31 de julio fui instituido lector en mi diócesis de Río Cuarto y al regresar recibimos la noticia del martirio de Angelelli. Me trae el recuerdo de aquellas épocas, pero me queda siempre la frase de Angelelli: ‘Hay que seguir andando nomás’ ”.

Y remata Tissera señalando que “han pasado 50 años. Vivimos situaciones muy difíciles en estos 50 años, las estamos viviendo, y realmente sus palabras me llenan de esperanza para seguir anunciando el Evangelio y, como él dijo a su sobrina ‘tengo miedo, pero no puedo dejar debajo de la cama lo que tengo que anunciar’ ”.

Por su parte los Curas en la Opción por las y los Pobres (COPP) emitieron una declaración en la que recuerdan que “la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica impuso por sangre y muerte un modelo económico”. Y agregan que “para ello, no tuvo reparos en asesinar, torturar y desaparecer a cualquiera que se opusiera. También la Iglesia comprometida con el Evangelio y los pobres tuvo sus mártires”.

Dicen los sacerdotes comprometidos con los sectores populares que “en tiempos de negacionismo, tiempos de retorno del mismo modelo social, cultural y económico, queremos hacer memoria” para “conocer la verdad y reclamar justicia. Justicia por nuestros mártires y por los 30.000”. Y señalan, como hijos de la iglesia que tiene “un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”, la importancia de reiterar que “el neoliberalismo es pecado, el individualismo es ajeno al Evangelio, la libertad sin justicia social es ley de la selva, no ley de Dios”. Subrayando también que “el desprecio por el otro y la otra y el odio que insulta a quien piensa diferente es soberbia disfrazada de valentía o quizás, miedo prepotente”.

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