El modelo económico de Javier Milei acumula señales de estancamiento: caída de la inversión, deterioro del mercado laboral, salarios de pobreza y una inflación que se resiste a bajar. Sin motores capaces de reactivar la demanda, el Gobierno profundiza su apuesta por la batalla cultural y busca trasladar las responsabilidades del fracaso a sus adversarios políticos.

Un pequeño derrape generacional. Por estos días resulta difícil no rememorar la canción de Silvio Rodríguez que dice: “Reviso pues la fecha de la prensa, me pareció que ayer decía lo mismo”. La sensación de repetición no es la que se observa en los procesos históricos largos, como el fracaso en curso de la segunda recaída neoliberal, sino en la coyuntura, en lo más cotidiano.
Hace meses que las columnas económicas en los medios de comunicación dicen lo mismo, semana tras semana:
* Que ya llegan los mejores 18 meses, esos por los que valió la pena el sufrimiento del ajuste, por más que la economía se acerque peligrosamente a la recesión técnica.
* Que la economía corre a dos velocidades, pero que justo la única que no se mueve es la que les llega a los trabajadores: la del mercado interno y los conurbanos asfixiados, que siguen con cierres de empresas y, en las fábricas que todavía resisten, más de cuatro de cada diez máquinas apagadas. Vale acotar que las máquinas que permanecen mucho tiempo fuera de uso equivalen a inversiones perdidas.
* Que la inversión no se recupera, por más anuncios multimillonarios en dólares del RIGI que repitan los propagandistas. El dato verdadero es el contrario: la inversión cae y se encuentra en pisos históricos. La explicación es sencilla: nadie invierte en mercados que se achican. Es una de las leyes económicas más elementales, pero los terraplanistas son los otros.
* Que el riesgo país vuelve a subir, por más concesiones que se hagan a los mercados y por más apoyo estadounidense que se prometa. Los analistas saben que en los próximos dos años deben refinanciarse 50 mil millones de dólares y que las abundantes divisas del superávit comercial no son apropiadas ni por el BCRA ni por el Tesoro: pasan de largo.
* Que ya se termina “el gap” entre cortar la emisión y la inflación, que en cualquier momento comenzará con cero. Pero el número se mantiene arriba del 30 por ciento anual, un nivel que supera al que dejó la segunda presidencia de CFK, cuando el “soviético” Axel Kicillof era ministro de Economía, ese pasado al que –dicen– sería tan terrible volver. No obstante, todo el aparato comunicacional del oficialismo, incluido el grueso de los economistas, insiste en que el gran logro del mileísmo sería la baja de la inflación. El truco es sencillo: el punto de comparación que se elige como referencia. Pero el dato duro es que la economía local conserva cómodamente la inflación más alta de la región (siempre con la excepción de la anomalía venezolana), lo que vuelve a demostrar cada día que eso del “fenómeno exclusivamente monetario” era una zoncera excelsa.
* Que, como producto de la sumatoria de desaciertos del programa económico, el mercado de trabajo, es decir, lo que realmente importa porque determina la calidad de vida de la población, es una verdadera desgracia, como lo reflejan las colas kilométricas frente a cualquier anuncio de búsqueda laboral. Y como también lo refleja la mora generalizada, que es consecuencia directa de ingresos que no se recuperan, y no solo producto de la irresponsable desregulación de tasas o la presunta falta de cultura financiera. Dada la caída de la demanda, los salarios son literalmente de pobreza, lo que también explica el crecimiento del pluriempleo. A esto se agrega que quienes se quedan afuera ya no se salvan ni con las economías de plataformas, que dan señales evidentes de saturación. La aprobada reforma laboral antiderechos no fue la tierra prometida, sino sal sobre tierra arrasada.
El riesgo Kuka y la búsqueda de culpables
Y como todo sale mal, la culpa es de los otros. Todavía no se cumplieron tres años de la administración libertaria, lo que significa que falta más de un año para un potencial cambio de gobierno, pero la culpa de lo que no funciona sería del “riesgo Kuka”: la posibilidad de que Milei o, peor aún, el modelo, no sean reelegidos. La alternativa del regreso del peronismo es cierta. Y si bien hoy no se sabe muy bien de qué peronismo se tratará, el establishment no tiene certeza de haberlo domesticado. Por eso siguen los ensayos de candidaturas empresarias o, quizá, de algún gobernador conservador que no esté pensando en ninguna locura.
Una economía sin motores de crecimiento
El gran dilema es cómo sigue la economía. Mal que les pese a sus detractores, la economía es una ciencia: tiene leyes. La pregunta frente a escenarios recesivos es cuáles son los motores que pueden volver a encenderla, hacerla arrancar. El Presidente se describió a sí mismo como un “especialista en crecimiento”, a lo que agrego el circunstancial de modo “con y sin dinero”, lo cual tiene poco sentido, pero no importa. El punto es que uno no es necesariamente lo que dice de sí mismo. Y la práctica de Milei está demostrando que, si algo no es, es especialista “en crecimiento”. Cualquiera que conozca las nociones más básicas del crecimiento económico sabe que, para que una economía se expanda, hay que impulsar los componentes de la demanda. El Estado puede hacerlo de manera rápida a través del gasto, que puede adoptar la forma de consumo o de inversión públicos, y de manera indirecta, promoviendo el consumo y la inversión privados. Una tercera fuente es el saldo neto del comercio exterior: también las exportaciones traccionan la demanda.
Lo primero que debe decirse es que el actual modelo decidió tener un Estado pobre en un país con recursos. Se trata de una decisión política, no de un imperativo presupuestario o macroeconómico. El resultado es que no puede esperarse que la recuperación venga por el lado del gasto. El Presidente utilizó la metáfora de atarse al palo para no dejarse encantar por el canto de las sirenas que lo quieren hacer gastar.
Correr al Estado reduce exponencialmente las opciones: solo queda estimular al sector privado. Pero hace casi un siglo, desde los tiempos de la salida de la Gran Depresión iniciada en 1929, que la economía como ciencia sabe que con el sector privado solo no alcanza. El Gobierno podría estimular, vía concesiones viales, alguna recuperación de la construcción con fondos privados. El proyecto de ampliar los créditos hipotecarios con recursos de la Anses va en la misma línea. Aunque son opciones insuficientes, ambas tareas demandan algo que el Gobierno ya demostró no tener: capacidad de gestión, un derivado de despreciar al Estado. Otra vía sería impulsar el consumo mediante la expansión del crédito privado, algo que choca contra tres realidades: la expansión de la mora, los bajos ingresos salariales y las altas tasas de interés. Y si no aumentan ni el consumo ni la inversión, el electrocardiograma de la economía seguirá plano.
La batalla cultural como respuesta al fracaso económico
Con alguna conciencia de estas limitaciones, el oficialismo optó por profundizar la batalla cultural. Dado que las muletillas de la ultraderecha global, como la xenofobia o el discurso moral contra las minorías, no prenden en la sociedad argentina, se eligió recuperar el nacionalismo a través de la causa Malvinas. Dados los antecedentes thatcherianos, la opción no resultó muy creíble, pero naufragó definitivamente con el papelón de la Corte Suprema ultraoficialista, con sus idas y venidas en torno a la legislación que permitía la extranjerización de tierras. Lo más probable, en consecuencia, es que en las próximas semanas aparezcan nuevos enemigos imaginarios. Mientras tanto, la sociedad argentina deberá seguir adaptándose a una medianía insoportable. Resta saber si se resignará a un Estado miserable y un mercado de trabajo desesperante o si comenzará alguna resistencia.
