Opinión

La utopía de volver a las fuentes

Eduardo Aliverti explora los nuevos/viejos lenguajes de la comunicación. El streaming, la radio que nunca muere y “jamás rendirse a lo berreta”.

Me interesa prevenir que este artículo incluye algunas referencias personales de su
autor. Evitar el yoísmo, y no sólo en una nota de opinión, forma parte del catálogo de
normas profesionales que todo periodista debiera respetar. Me tomo la licencia porque
creo que sirve al objetivo de la columna. Pero debe quedar claro que es una remarcada
excepción porque, entre tantos otros aspectos, rendirle honor a preceptos básicos es
uno de los horizontes perdidos en aquello que se denomina “nuevos lenguajes de la
comunicación”.

 

José Luis Fernández, uno de nuestros más relevantes semiólogos e investigadores, aborda tres conceptos referidos a los lenguajes mediáticos -en su origen ya planteados por Umberto Eco– y desde allí destaca tres características clave.

Distinción entre dispositivo y lenguaje

No debe confundirse el aparato o soporte técnico con el lenguaje en sí. Un mismo dispositivo puede dar lugar a distintos estilos y formas de expresión.

Tratamiento estilístico del medio

Un nuevo lenguaje se consolida cuando el medio utiliza y explota sus recursos tecnológicos de manera expresiva. La radio, la TV y los streaming -estos últimos merecerán destaques en particular-capturan el lenguaje de las redes sociales y los integran a sus propios códigos.

Influencia de contextos históricos

Los lenguajes mediáticos se hallan en evolución permanente gracias a las transformaciones tecnológicas, los hábitos de las audiencias y las formas de consumo de cada época. La lógica masiva (broadcasting) mudó a la era de plataformas y redes (networking).

La primera de estas características es, a su vez, la que impone el primer gran desafío en forma de pregunta. En efecto, el dispositivo puede dar cabida a estilos y modos de comunicación disímiles. Sin embargo, ¿eso está sucediendo? ¿Ocurre, al menos, en el eco-sistema comunicacional argentino, que es el mayor interés de estas líneas sin perjuicio de ser extensivo a otras geografías mediáticas?. La respuesta podría hallarse en la segunda característica planteada por Fernández, acerca de que todos los medios asimilan el lenguaje de las redes integrándolo a sus propios códigos. Si esto es así, como nuestra opinión coincide, ¿acaso no sucede que lo vigente es una uniformidad prácticamente absoluta en el lenguaje digital masivo y en el de los medios tradicionales?.

Dicho de otro modo, silvestre pero adecuado y con el riesgo que suponen las generalizaciones, ¿no acontece que todos hablan igual? ¿Que todos comparten esos mismos códigos? ¿Que todos se someten a la lógica decontracté capaz de confundir espíritu y modos relajados con fraseología ramplona, con el desprecio por el buen lenguaje, con responder invariablemente al impacto fácil y superfluo?.

Por las dudas: no estamos hablando de propender a una narrativa elitista, ni a mentalidades de nicho. Sí lo hacemos en torno a la meritocracia buena. Respecto de nuestra profesión, significaría tener presente el contar con ciertas armas privilegiadas –micrófono, escritura, pantalla, zocaleo, alertas– que no deberían estar en manos del “cualquiercosismo”.

Apartándose incluso de los profesionales -o algo así- que ejercen desde especializaciones temáticas, uno recuerda con melancolía positiva a los grandes animadores y conductores, radiofónicos y televisivos, de los “tiempos de oro”.
Décadas del ‘60 y ‘70, según lo que vivió. Y vaya si más atrás también, de acuerdo
con lo que estudió y escuchó. Gentes de oratoria cuidada, de respeto por el
público, de extrema atención a los detalles. Uno recuerda con melancolía positiva a los grandes animadores y conductores, radiofónicos y televisivos, de los “tiempos de oro”.

Animémonos a una síntesis: gentes, de diferente extracción ideológica o estilística, que en todos o la mayoría de los casos sabía que no estaba en la cola de un cajero, en un mero divague de café, en una reunión familiar. Eran conscientes de que tenían las armas aquéllas. De que debían sobre-elevarse encima del sentido común sin groserías, con garbo, con clase “profesional”.

No hace falta dar nombres propios acerca de esas circunstancias epocales que se extinguieron con la tinellización. ¿O sí?.

Yo empecé e impulsé mi carrera en la, permítanme, gloriosa Radio Continental de los ’70 y comienzos de los ’80. Plena dictadura y, ya en Radio Belgrano, recuperación democrática. Osiris Troiani, Horacio de Dios, Carlos Juvenal, Jorge Vaccari, Magdalena, el gordo Huberman, el negro Guerrero Marthineitz, Ezequiel Fernández Moores, Horacio Salas. Ni hablar de un Carrizo o un Larrea. Y de nombres que venían de “la gráfica” de madrugadas a pura bohemia.

Y de locutores extraordinarios. Y de otros que “al gran público” no le dirían nada en materia de conocimiento popular, que me enseñaron el ABC de cómo se escribe para la oralidad y que siguen siendo la base de cómo se les traslada a los alumnos, hoy, la capacidad de síntesis, la forma de titular, la riqueza de vocabulario, la obsesión por los sinónimos, el placer de oraciones melodiosas. ¿Dónde quedó “en cada línea un dato, en cada párrafo una idea”?

¿Me pegó el viejazo? No creo, en cuanto al ejercicio de la comunicación y de la
seducción bien entendida. Me pega la búsqueda de estar constantemente presto
a la calidad. Se logra o se fracasa. Pero, jamás rendirse a lo berreta.

Justamente para atender al marco genérico, arriba la tercera característica que dispara Fernández. La influencia de contextos históricos. Eso de los hábitos y consumos de las audiencias que no salen de la nada. Parten de esquemas generacionales donde el dispositivo-madre es esta etapa tecno-fascistoide del capitalismo. Y en la que los medios, dispositivos, avances tecnológicos, son una sección imprescindible. Con seguridad, sin retorno. Más bien, todo lo contrario.

Eso de los hábitos y consumos de las audiencias que no salen de la nada. Parten de esquemas generacionales donde el dispositivo-madre es esta etapa tecno-fascistoide del capitalismo. Mientras esta constatación civilizatoria no se tope con alguna nueva utopía emancipatoria, a expresarse nadie sabe cómo, la derrota frente a la máquina de los Neoemperadores tecnológicos es y será aplastante aunque, también es veraz o considerable, siempre habrá los que resistan.

Hace poco, al aire, inquirí a Ricardo Forster sobre la ausencia de grandes pensadores, ensayistas, filósofos, en el terreno universal. ¿Es eso cierto? Me contestó que no necesariamente. Que, si se busca, se encuentra. Que hay aportes interesantes. No, debe admitirse, como sucedía tan al alcance de la mano en circunstancias más luminosas de la humanidad.

Pero, adosó, sí es incontrastable hasta dónde ha caído el conversatorio público. La capacidad cognitiva de las masas, sus formas de expresión, la futilidad de razonamientos sólo basados en el arrebato emocional, la credibilidad y expansionismo de mecenas ideológicos esperpénticos, revelan un estado pobrísimo de la percepción y debate colectivos.

Esto, en principio, significaría que nos hallamos ante una catástrofe ¿irreversible? en términos de conciencia. O de las conciencias, del sujeto-objeto. Empero, si volvemos al eje de los “nuevos lenguajes”, lo previo es tan verosímil como -aunque parezca contradictorio- la existencia de una masividad desaparecida.

Cualquier dispositivo que se tome implica audiencias segmentadas. No hay más programas de rating aplastante, excepto algunos partidos de fútbol o finalísimas de concursos y realities.

Lo demás es de bóvedas. De fracciones. Eso ofrece una oportunidad, porque las tecnologías de la revolución permanente -ésta sí que lo es- dejan el hueco para el surgir y desarrollo de proyectos propios. Del on line propio. De no depender de las contrataciones de emporios oligopólicos. De que la creatividad, con nivel aceptable o superlativo, pueda imponerse. O competir en condiciones de éxito.

El streaming, sin ir más lejos, es un fenómeno casi exclusivamente argentino. Sí.
Aunque usted no lo crea y lo masivo sean sus recortes. Nunca las transmisiones en vivo. La particularidad vernácula, que en otros lados no se consigue a semejante escala, es el ingenio de haber sabido monetizar el fenómeno.

Apuntado eso, al fin y al cabo no es mucho más que radio por pantalla. Hasta su escenografía es radiofónica. Exhibe, junto con que influye más el audio dejado de fondo que su visualización, el hecho de que la Radio, la anciana de 125 años, vive y colea cuando volvieron a darla muerta por chiquicienta vez. Esto, sin contar siquiera que las propias redes y programas televisivos de horarios centrales usufructúan, cada vez más, la reproducción de las entrevistas, y editoriales, y pasajes, de lo que pasa ahí. En la anciana. En la Radio.

¿Qué es lo nuevo, viejo, al cabo de estos apuntes?

Que tenemos la chance de aprovecharlo para que “los nuevos lenguajes” recuperen lo mejor de lo inmanente a comunicar como se debe. No a como se nos canta.
Provocación: si queremos revolucionar (los medios o lo de siempre), seamos conservadores.

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