“Llegar a fin de mes” es una metáfora humilde.
No habla de progreso, no habla de ascenso social, no promete futuro. Apenas propone una travesía mínima: sobrevivir hasta el día 30 o 31.
En la Argentina, donde buena parte de la población declara no llegar, la expresión ya no designa un trayecto sino una frontera. No se trata de alcanzar un sueño. Se trata de alcanzar un calendario.
Pero ¿qué pasa cuando no se llega? ¿Qué es ese resto de mes que queda del otro lado del límite? ¿Dónde se vive ese tiempo?
Porque el mes no desaparece. El alquiler vence igual, la heladera se rompe igual, los chicos crecen igual.
El mes sigue, pero uno queda afuera. Y ese resto -esa franja que no fue alcanzada- se acumula como deuda en el comienzo del siguiente. Así, el mes empieza ya amputado.
Si en doce meses no se alcanza uno, ya no se alcanza el año. Y si no se alcanza el año, se empieza a hipotecar la vida. No la casa, la vida.
El tiempo futuro como garantía del presente. Es una deuda existencial a tasa variable.
El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado esta pedagogía del desfasaje. No necesita que todos sean pobres; necesita que la mayoría lo sea y que siempre estén llegando tarde.
Se trata tanto de la riqueza obscena de unos pocos como del lento hundimiento de los que quedan atrapados en el fango del “casi”. Casi llego. Casi me alcanza. Casi me recupero. El “casi” como una forma moderna de la angustia.
El sufrimiento adquiere otra densidad, la del no llegar, no se trata del gozar ni del dolor -eso sería una simplificación- sino de quedar capturado en una economía donde el padecimiento toca límites: no llegar a fin de mes.
Y encima están los sujetos que no llegan a fin de mes siendo culpados, es repetida, cruel: Si no llegás, algo hiciste mal. Si no alcanzás, es porque no te esforzaste lo suficiente. La culpa reemplaza al análisis estructural, el problema no es moral ni superyoico sino material.
Fiódor Dostoievski distinguía entre pobreza y miseria. La pobreza puede ser una circunstancia; la miseria es una experiencia de despojo total.
En la pobreza faltan cosas; en la miseria faltan las cosas importantes: el sostén simbólico, el afecto, la expectativa de futuro. En la pobreza hay algo de dónde agarrarse. En la miseria, el sujeto cae en el páramo como decía Alejandro Ariel. Al pantano como lo nombraba Norman Briski: cuando más te movés, más te hundís.
La diferencia enorme entre no llegar y no tener a nadie que te espere del otro lado del mes.
Porque el fin de mes puede parecerse al fin del mundo cuando se lo mira desde el fondo de un bolsillo vacío. Allí no hay monedas, apenas pelusa. La pelusa es la evidencia material del desgaste. La ropa que se deshilacha. El tiempo que también se deshilacha.
¿Qué es lo alcanzable y qué es lo inalcanzable? Lo alcanzable es aquello que todavía puede inscribirse en un horizonte compartido. Lo inalcanzable es lo que se vuelve humillación.
Cuando el supermercado deja de ser un espacio de elección y se convierte en un espacio de cálculo desesperado, algo del orden de la ciudadanía se fractura.
El sujeto deja de ser consumidor para convertirse en sobreviviente.
Llegar a fin de mes no es sólo un problema económico; es una categoría afectiva. Es la medida mínima de tranquilidad. Es la posibilidad de dormir sin contar los días como quien cuenta pasos hacia un precipicio.
Cuando no se llega, se producen transformaciones silenciosas. Se ajusta el deseo. Se achican los proyectos. Se posterga la consulta médica. Se negocia con el hambre. Se aprende a estirar. A reemplazar. A resignar. El sujeto se vuelve experto en ingeniería de la carencia.
Y en esa ingeniería, el tiempo deja de ser lineal.
El mes se vuelve circular, pero no como promesa de renovación, sino como repetición del déficit. Cada comienzo trae consigo el resto del anterior.
El calendario ya no organiza la vida; la persigue. Quizás por eso “llegar” sea una palabra tan física. Implica movimiento, implica esfuerzo.
Cuando el movimiento hunde en lugar de salvar, la esperanza se vuelve un lujo. No se trata de romantizar la precariedad ni de moralizar la riqueza. Se trata de advertir que una sociedad donde la mayoría pelea por llegar a un día arbitrario del calendario es una sociedad que ha naturalizado el temblor.
Llegar a fin de mes debería ser un dato administrativo.
En la Argentina se ha vuelto una prueba existencial. Y cuando el fin de mes se parece demasiado al fin del mundo, el problema ya no es individual. Es político.
