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Algo hay que hacer con los árbitros

Los cobros en Madryn-Morón, por la semifinal del Reducido de la Primera Nacional, y Barracas-Huracán levantaron las sospechas.

Barracas vs Huracán
Barracas vs Huracán El árbitro Gariano señaló el final de Barracas-Huracán y ya se desató la hecatombe. (Fotobaires -)

Ahora que están los dieciséis equipos clasificados y comienza la definición del Torneo Clausura, los altos mandos del fútbol argentino tendrían que ponerse serios y tomar decisiones para rodear a los árbitros de una credibilidad y confiabilidad que resulta indispensable. Las últimas imágenes de los partidos entre Deportivo Madryn y Deportivo Morón y Barracas Central y Huracán y todo lo que se dijo después interpelan negativamente el prestigio de la que se presume como la liga de los campeones del mundo y el sentimiento de los millones de hinchas que pretenden (pretendemos) un fútbol sano y libre de rincones oscuros.

Desde este espacio, no se pone (ni se pondrá) en discusión la integridad y honestidad del plantel arbitral de las dos categorías principales, la Primera A y la Primera Nacional. Pero no se puede decir lo mismo de sus aptitudes técnicas y físicas. De los diez árbitros internacionales actuales, sólo tres (Facundo Tello, Nicolás Ramirez y Darío Herrera) concitan la confianza del ambiente de la pelota. El resto está muy cuestionado: por su predisposición al error en jugadas puntuales y determinantes, por la mala conducción de los partidos, por el manejo desigual de la disciplina y por la tendencia de algunos de fallar en favor o en contra de ciertas casacas y de ciertos dirigentes con mayor o menor poder.

Tampoco ayuda a restablecer la credibilidad perdida la tecnología obsoleta del VAR, su operación manual ni la idoneidad de algunos de los árbitros que van a las cabinas de Ezeiza y cuyas intervenciones, muchas veces inducen al error o confunden a quienes dirigen en la cancha. En varios casos, los árbitros del VAR son muy discretos jueces del Ascenso que no lograron las calificaciones técnicas mínimas para llegar a Primera y de alguna manera son compensados con el videoarbitraje, donde prosiguen su comedia de equivocaciones.

Por eso, porque los árbitros no inspiran seguridad ni transmiten confianza, los jugadores y los técnicos salen a jugar los partidos pasados de revoluciones. Y se quejan hasta de los aciertos. Mucho más a esta altura de la temporada cuando en cada pelota se están resolviendo los títulos de campeón, la clasificación a las copas internacionales, los ascensos y los descensos. Todos entran recargados, al límite del estallido. La consecuencia, en un fútbol mañoso y paranoico en el que se ven manos negras por todos lados, es lo que debió soportarse al final de los partidos, el domingo en Madryn y el lunes en Barracas.

El fútbol argentino orgulloso que dentro de siete meses habrá de defender su tercer título del mundo en los Estados Unidos no merece esas escenas de vergüenza. Pero en paralelo necesita con urgencia mejorar el nivel de los arbitrajes. Para que la pelota no se manche con tantas suspicacias, para terminar con los jugadores y los técnicos desaforados y para que ahora que llega el momento de las definiciones, las emociones del final vuelvan a ser los goles y los grandes jugadas, de ninguna manera las trompadas y el gas pimienta.

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