Víctor Hugo Morales: “estamos viviendo una forma de dictadura”
En su flamante libro el periodista y escritor narra sus experiencias durante el régimen represivo uruguayo. Víctor Hugo traza una analogía con este presente argentino “que nos abruma, que nos asfixia, nos atosiga”.
Por Karina Micheletto

Víctor Hugo Morales dice que no sabe vivir de otra manera. Llega muy temprano a la radio y muy temprano al canal, todos los días. Conduce su programa La Mañana en la AM 750, de 9 a 13; de 19 a 20 hace La columna de Víctor Hugo en el canal ArgentinaI12. Los fines de semana relata los partidos más importantes para la plataforma Relatorxs, que también se escucha en la 750. Lo que pasa en el medio también tiene que ver con eso: si va a ver teatro o a escuchar música –esas salidas también forman parte de su rutina intensa– tendrá un relato en la radio al día siguiente. Si una conversación en el almuerzo dispara una idea, la apunta en una servilleta y se la guarda en el bolsillo. “No sabemos pensar ni actuar de otra manera”, concluye quien se asume como una máquina de pensar en términos periodísticos, siempre con una opinión incluida.
Se siente un privilegiado y es un agradecido por poder volcar eso que piensa en estos medios, sin condicionamientos. Algo que también hace escribiendo, como dejó testimonio en varios libros. Acaba de lanzar –primero en Uruguay y ya en las librerías de Buenos Aires- Un ciudadano común en dictadura, un título que tiene características diferentes. No solo por su cuidada edición (de Sudamericana), también por el recorrido que propone. Parte de una historia personal para contar una vivencia histórica colectiva, que resuena fuertemente en este presente. Porque como suele ocurrir, lo personal es político.
Lo peligroso
El título, desde el vamos, resulta revelador. ¿Por qué fijar la mirada en el “ciudadano común en dictadura”? “Hay una abundante literatura sobre las dictaduras pero de protagonistas, ya sea los dictadores o quienes fueron desaparecidos, luchadores, exiliados. Pero lo que les pasó a las personas comunes, cuál fue su protagonismo, está mucho menos contado. Así que me interesó muchísimo hablar sobre los miedos, las complicidades, las violencias cotidianas, las pequeñas resistencias”, dice el periodista.
En mucho de eso seguramente las y los lectores de cierta edad podrán ver reflejadas vivencias personales, y los de menos años, conocer aquello que estaba naturalizado. Lo que se podía decir, lo que se decía en clave, lo que se expresaba aun sabiendo que no convenía. Las osadías posibles, los grupos de pertenencia. Los recaudos, la discreción como “capas de protección”. El peligro de ser tildado de “comunista”. El modo en que el autoritarismo impregnaba todas las relaciones, sobre todo las de los patrones.
También la sensación de ser escuchado, observado, vigilado permanentemente. Que en el caso de Víctor Hugo, cobró forma décadas después, cuando obtuvo los archivos de la inteligencia que la dictadura uruguaya ejerció sobre él durante una década, aun ya entrada la democracia. El libro recoge fragmentos increíbles de lo que se consignaba como “sospechoso” y “peligroso”, y un anexo reproduce la información policial reservada con el seguimiento que se hacía sobre el periodista –muy exitoso en Uruguay ya por entonces–.
Claro que estaba en el mazo caer preso en aquellos años, por cualquier circunstancia. Víctor Hugo reseña la desesperación de no saber dónde está un hermano que se llevaron en una razia, sospechoso acaso por portar barba. Y el episodio que cambiaría su vida para siempre: una pelea menor en un partido de fútbol que, comprobó años después, formó parte de un armado por el que terminó detenido como un delincuente peligroso, arriba de un avión de regreso, y luego preso durante un mes.
-¿Qué descubrió en este repaso por la vida de Un ciudadano común en dictadura?
– Hay un dato para mí tremendo, y es el referéndum que hubo en 1980 en Uruguay, cuando le preguntaron a la gente: ¿seguimos con la dictadura, o vamos a la democracia? 44 de cada 100, quisieron dictadura. Me pareció un número asombroso. ¿Cómo 44, después de siete años de dictadura? Quiere decir que hay algo en el corazón de ese ciudadano, muy particular. Hay miedo, seguramente, y también hay otras cosas. ¿Cómo te las arreglas frente a ellos, que tienen todo el poder y pueden hacer lo que quieran? ¿Cómo te parás, cómo seguís adelante?
-¿Cómo fue, en su caso?
-Yo me acuerdo de situaciones de tener miedo, de cruzar de vereda, de no querer pasar frente a ellos porque no sabías qué ocurría, qué te decían, cómo te miraban. Había como un ciudadano de primera y un ciudadano de segunda, y vos eras el ciudadano de segunda. Me acuerdo de las miserias, como las hay en este tiempo, en el comportamiento de los sectores dominantes, los patrones, los empresarios, con respecto al trabajador. Porque se transfiere el sentido de poder y de ejercicio de ese poder al ciudadano común, también.
-Usted era un ciudadano no tan común, un periodista reconocido. Que encontró, 30 años después, cómo era seguido paso a paso…
-Yo tenía la sospecha de que así era. Pero al mismo tiempo, lo que hacíamos en el programa (Hora 25) eran más bien travesuras variadas, la indirecta, el guiño, la mención al pasar… En dos o tres temas ya jugamos más fuerte. Por ejemplo, hacer campaña por que Uruguay participe de los juegos olímpicos de Moscú, del comunismo, era jugar bastante fuerte. Pero uno creía que esas cosas pasaban inadvertidas. No: los tipos tomaban nota y seguían con quién estabas, con quién trabajabas, cómo te relacionabas con los hechos. Me resulta muy perturbador haber confirmado mis sospechas, más de 30 años después.
-¿Aquello desencadenó su venida a la Argentina? En el libro narra todas las dudas que lo asaltaron al tomar esa decisión.
-Cuando yo me vine, me vine por eso. Definitivamente salí del Uruguay en función de los miedos que me habían entrado. Cuando fueron a verme Fernando Niembro y Adrián Paenza a la cárcel, yo ya estaba con miedo pensando que me iba a suceder no algo referido a la desaparición o la muerte, pero sí algo de la prohibición más o menos sutil que ya habían intentado. Sentía que tenía mi carrera, no mi vida, amenazada.
-Todo eso resuena muy especialmente en este presente, incluso esas vivencias personales. ¿Lo pensó así?
-Desde luego, está la sensación de que estamos viviendo una forma de dictadura. Es decir, estamos viviendo algo que nos abruma, que nos asfixia, nos atosiga, que nos deja impotentes, como sucede con una dictadura. Definitivamente me parece que eso está ocurriendo hoy en la Argentina.
-Este análisis suele ser tildado de exagerado, o incorrecto. ¿Qué responde ante eso?
-No hay que tenerle miedo, yo estoy usando bastante la palabra fascismo. Los académicos, en ese purismo, no quieren que le digas fascismo a todo lo que sea un comportamiento parecido al fascismo. ¿Y cuál es la precisión del fascismo? La precisión del fascismo es lo que vos sentís, eso que está en el ambiente, esa impotencia que aparece, que te hagan cualquier cosa como están haciendo ahora, que te pasen por arriba, que le digan que no a los discapacitados y que compren F-16 de chatarra por una plata que le cambiaría la vida a favor a tanta gente. Esa impunidad.
Y esa impunidad solo se vive cuando tenés un régimen muy consciente de su poder, y al mismo tiempo muy consciente de la debilidad de aquellos que confronta. Entonces, ¿ahí qué hay? Un abuso de poder. Y a esto yo lo entiendo como una sensación fascista, porque me crea la misma indefensión que sé que hubiera sentido en tiempos de Mussolini o del nazismo si estaba en contra de ellos.
Marca personal
“No sería extraño que la carrera meteórica de este individuo estuviese dirigida hacia una futura proyección política una vez realizadas las aperturas”, anotó algún servicio con vicios de analista entre los partes de inteligencia de la policía uruguaya sobre Víctor Hugo Morales. Impresiona ver el seguimiento de actividades, visitas, declaraciones, artículos, que hicieron sobre él, incluso ya instalado en la Argentina, e incluso ya instalada la democracia en Uruguay.
-¿Qué sintió cuando vio todos esos archivos?
-Primero, que no estaba tan equivocado: No estaba paranoico. Cuando yo les digo esto a Fernando (Niembro) y a Adrián (Paenza), cuando me visitaron en la cárcel, lo que yo sentía, me preguntaron: ¿tanto así? No saben de qué manera, les dije. Porque el episodio desencadenante de que yo estuviera preso, una pelea de chicos de clubes menores, una cosa de nada, había sido muy extraño y no podía de ninguna manera terminar en semejante detención, de alguien que además era muy conocido en Uruguay. Un mensaje me estaban dando.
Por entonces Víctor Hugo no sabía de qué modo aquello le cambiaría la vida. En el libro cuenta cómo Niembro y Paenza terminaron pensando para él un lugar en un equipo pujante de gente que hacía radio de una manera novedosa para la época, proponiéndolo como quien “diera pelea” al instaladísimo José María Muñoz.
La pelota sigue manchada
Un punto de partida para la publicación de este libro -acaso una excusa para contar todo esto que no necesita efemérides- fue la coincidencia de los 40 años de democracia en Uruguay este año, y el que viene los 50 años del golpe de Estado de Argentina.
Tras una serie de valiosas “Disquisiciones sobre la dictadura”, sobre el final del libro aparece reproducido íntegramente el discurso de Víctor Hugo en el Senado, el 21 de julio de 2000, en ocasión del debate del proyecto de transmisión de los partidos de la Selección Nacional, en directo y por tv abierta, de forma gratuita.
Es un discurso extenso y documentado, muy atado como es lógico a aquella coyuntura. Aun así es absolutamente asombroso el modo en que, un cuarto de siglo después, aquel discurso habla en tiempo presente, con los grandes ganadores de medios gozando de más que buena salud.
-Aquella fue una batalla personal en la que se jugó el todo por el todo. Hoy todo parece igual, o peor. ¿Qué reflexiones hace cuando lo ve ahora, qué le pasa?
-Yo creo que me gana un poco la impotencia de ver que nada ha cambiado. Que hagas lo que hagas, tengas la razón que tengas, los poderosos permanecen. Porque era tan evidente, tan cierto lo que estaba diciendo ahí, no había forma de discutirlo. Todos los hechos posteriores corroboraron las verdades de ese discurso. Y sin embargo no cambia nada, no pasa absolutamente nada. Y sentís que lo único que haces con la lucha, a veces, es ganarte enemigos poderosísimos. Que en el fondo hasta se ríen de vos, dado el poder que tienen. Así que sí, hoy siento que las cosas están iguales. Estamos hablando del mismo poder, y de la misma corrupción real de ese poder.
Lo que es corrupto en la Argentina es el poder. No los políticos. En los políticos hay corruptitos, pero la corrupción feroz, es la de los sectores empresarios y mediáticos que dirigen todo eso.
También hay que reconocer que vale la pena la lucha, porque de ahí salieron cosas buenas. No del discurso, pero sí de esa lucha de la que yo participé con mi discurso, salió la televisación de la Selección, y más adelante no solo eso, sino que si Boca o River o Independiente jugaban un partido decisivo de corte mundial, también lo tenían que transmitir. Hubo avances, sí. Pero en líneas generales, el poder lo tienen los mismos sectores, y los ladrones siguen siendo los mismos.
