La Revolución Liberal Libertaria, cuyo líder y profeta Javier Milei prometía a viva voz desflorar traseros de mandriles a mansalva, de repente se transformó en un pichicho mojado que llora golpismo por sucesivas palizas legislativas, que son estrictamente consecuencia de una conmovedora mala praxis política y de un programa económico que hace agua por todos lados.

El 7 de septiembre se rompió el espejismo. La sonora derrota de La Libertad Avanza a manos del peronismo en la provincia de Buenos Aires quebró la fantasía del consenso social mayoritario a las rudimentarias políticas de ajuste del gobierno nacional. Parece que, a diferencia de lo que pensaba una porción considerable del poder, incluidos varios figurones de la tele y de los streamings, a los jubilados no les agrada no tener plata para comprar remedios y a las personas con discapacidad no les cae simpático que les quiten la pensión, por poner apenas un par de ejemplos.

Es cierto que la reducción considerable de la inflación, que es innegable en este período, históricamente garpó en el plano electoral, aunque el plan tuviera visibles inconsistencias. El asunto es que hay una suba de precios que asoma claramente subestimada en el IPC: los alquileres y las tarifas de servicios públicos. Los aumentos en esos rubros triplican, en algunos casos, el índice que publica mensualmente el Indec.

Si a eso se le suma la caída real de los salarios y de los ingresos populares, promovida activamente por el mileísmo como ancla inflacionaria, el combo es explosivo en términos de humor social. Si el cajero de un super, que tiene empleo en blanco y paritaria periódica, gasta bastante más de la mitad del sueldo en pagar gastos fijos, naturalmente va a estar enojado.

Ese malestar debería ser una advertencia también para el gobierno de Maximiliano Pullaro. La evolución a la baja del salario de docentes, policías, enfermeros y trabajadores provinciales en general, combinada con siderales aumentos en las boletas de la luz o en el ticket del colectivo, es una pesadilla para centenares de miles de santafesinos. El primer aviso de ese malestar llegó en abril, en la elección de convencionales constituyentes: el jefe de Unidos perdió más de medio millón de votos en relación a la arrasadora performance de 2023.

“En Santa Fe hicimos un ajuste mayor al de Javier Milei”, supo declarar en reiteradas oportunidades el gobernador, en línea con lo que se creía era el aval mayoritario a la motosierra. Ese clima popular no existe más, se terminó. De ahí también el cambio rotundo de varios dadores de gobernabilidad en el Congreso de la Nación.

La biaba parlamentaria que sufrió el gobierno libertario no se explica por los kukas ni ninguna de esas pavadas que se suelen repetir en el prime time de la TV argenta. El peronismo opositor votó siempre en contra, desde el principio hasta ahora. Lo que cambió fue la actitud de los otrora aliados, que en 2024 le garantizaron rotundas victorias legislativas al presidente Javo y ahora lo patean en el piso.

Para que eso ocurra, la ausencia flagrante de destreza política de la Hermana Karina y sus muchachos, los Lule Menem de la vida, hizo un aporte invalorable. Ensoberbecidos por los diarios y las encuestas de Irigoyen, y por un éxito considerable en la ciudad de Buenos Aires, no tuvieron mejor idea que plantarles candidaturas opositoras a casi todos los gobernadores amigos. Y no sólo eso: los posicionamientos de La Libertad Avanza en las provincias son furiosamente críticos de los mandatarios, como se pudo verificar en la Convención constituyente de Santa Fe. El vuelto no fue en caramelos.

Advertencia final: todo lo antedicho no supone que Milei caiga redondamente derrotado en las elecciones de octubre. Son comicios muy distintos a los de PBA, con contextos políticos y económicos diferentes según las provincias. Lo que sí ya está claro es que la política de brutalidad, tanto en forma como en contenido, no es gratis.