Opinión

Besar la lona

En aquel tiempo besaba la lona. Encontrar un nuevo trabajo me estaba costando más de lo previsto. Vivía de mis viejos pese a mis treinta años. Nunca terminaba de construir mi casa. Y fulanita había dejado de amarme.

Si algo aprendí en aquel momento es que tenés que gritar. Como puedas. Como te salga, pero que el mundo lo sepa. A mi ese grito me salió en forma de cuento. Algunos afirman que la creatividad se agudiza en estas circunstancias. Quizás, este ejemplo avale esa teoría.

Seis meses atrás había renunciado a un trabajo estable que se estaba devorando mi salud.

También había cambiado el gobierno y el actual Ministro de trabajo, Jorge Triarca, afirmaba constantemente que debíamos entender a las empresas que despedían. Toda una declaración de principios.

En ese contexto, yo arrastraba los pies y con mi humilde curriculum de vendedor tocaba timbres indiferentes.

La culpa de haber renunciado pesaba sobre mi espalda cuadra a cuadra. Día a día.

Me habían pasado el dato que en una proveeduría sindical, insistiendo y con paciencia, podía tener una posibilidad.

Fui tres veces y la respuesta fue “No hay nada pibe. Seguí viniendo, pero no te puedo asegurar nada.”

Interiormente sabía que esa cuarta vez era la última. Otra negativa y no volvería.

Fue ese día, que como un guiño del destino, apareció el cuento y todo cambió.

Ustedes leerán un resumen ya que el original y el borrador se perdieron como ciertos amores.

Así no compañero

“Lucio me acaba de avisar que tiene para cuarenta minutos o una hora. Si prefieren pueden dejarme sus C. V y volver en la semana”. Informó su secretaria, a las veinte personas que estábamos esperando en el hall de entrada.

Decidí quedarme. Los sillones eran antiguos pero cómodos. Afuera el calor de noviembre saturaba y ya no tenía más curriculm para repartir.

Mataba el aburrimiento con el celular, cuando las otras dos personas que se habían quedado, comenzaron a charlar.

La señora de unos ochenta años bien disimulados gracias a su coquetería, su pelo canoso peinado con spray, bien maquillada, labios pintados de rojo como sus uñas, aros grandes y collar con muchas texturas. Los zapatos le combinaban con la camisa de marca.

A su lado un hombre con un jean clásico. Zapatillas y chomba blancas.

-Cuando venga Lucio déjame hablar a mí. Yo tengo experiencia en estos casos. Sé cómo manejarme. Cuando yo tire el centro, vos hablás.

-No mamá, queda mal. Tengo cincuenta años, déjame que arranco yo.

– Hijo… ¿Vos me pediste que venga?

-Sí. Porque te conoce y eso me puede ayudar. Pero tengo que hablar yo.

-Y lo vas a hacer, pero antes te voy a limpiar el camino. Confía en mí.

-Es siempre lo mismo con vos mamá…

-Ya me lo vas a agradecer.

Se abre la puerta y aparece Lucio. Con su voz ronca pregunta ¿Quién está primero?

-Nosotros. ¡Qué buen mozo estás! Parece que los años no pasan para vos. La vieja jugó su primera carta.

Lucio ni prestó atención y los invitó a pasar a su oficina.

Para mi suerte, ninguno cerró la puerta y pude, estirando la oreja, escuchar la conversación.

Lucio, él es mi hijo. Mi crédito. ¿Qué es lo que no sabe hacer? Te vas a preguntar, porque hizo de todo. Trabajo en un montón de lugares. Además de muy capaz es una persona íntegra. Honesta, como nosotros Lucio, como la gente de antes. Me conoces y sabes que no miento.

-Bueno no es para tanto mamá, acotó su hijo mientras se rascaba la cabeza.

– Guardaré el curriculm, apenas aparezca un hueco lo llamo. ¿Quedamos así?

Dale. No te vas a arrepentir. Muchas gracias.

Salieron y saludaron. Al muchacho lo noté ofendido.

Ansiaba entrar a su oficina pero no sucedió. Me apretó la mano fuerte y me dijo lo de siempre.

-¿No te aburrís nunca con los personajes que vienen acá verdad? Pregunté y le saqué una sonrisa.

-Quisiera ayudarlos a todos pero es imposible. Que tengas suerte pibe.

Regresaba en el colectivo 103 y la indignación se apoderaba de mí…

No, compañero. Así no es el asunto. Lo que usted hizo es competencia desleal.

Yo entiendo que la mano viene brava para conseguir un trabajo y mucho más a su edad pero ir con su mamá me parece un montón.

¿Qué madre no está orgullosa de su hijo?

Si es así como usted quiere pelear por este puesto lo reto a que la próxima semana vuelvan y yo vendré con la mía.

Mi vieja está convencida que yo inventé la ley de la gravedad en mis tiempo libres.

Que yo le enseñé a patear tiros libres a Messi. Dígame si supera eso.

Y ojito con que esa vieja pichón de Mirta Legrand la vaya a contradecir… Porque la va a cazar de la peluca y mientras le dé la paliza de su vida, le va a robar todas esas joyas pasadas de moda pero bien caras.

La seguridad del lugar nada podrá hacer ante la furia desenfrenada de mi vieja. Así que la próxima se viene solito con su curriculum o tendremos batalla. Usted decide.

Mientras tanto, yo dejaré de escuchar conversaciones ajenas, largaré la birome, y seguiré buscando trabajo. Bien sé, mal que me pese, que el pan nunca llegará por mis escritos.

Al otro día, su secretaria recibió ese cuento con esta dedicatoria: Ayer te vine a pedir trabajo. Hoy te regalo un cuento. Ojalá te guste. Abrazo.

La semana siguiente sonó el celular y la secretaria preguntó por mí. Unos segundos después la voz ronca de Lucio me despabiló.

-Pibe me cagué de la risa con tu cuento. ¿Cómo te ves de cajero?

-Aprenderé rápido. Respondí mientras pensaba en las paradojas. Toda una vida escapándole a los números para terminar comiendo gracias a ellos.

-¿Cuándo querés arrancar?

-Hoy.

-Bueno te espero en mi oficina a las 17 horas.

De a poco le tomé el gustito a ser cajero. Sobre todo a fin de mes, cuando la clientela disminuye bastante y me da tiempo de escribir un cuento como este.

Maximiliano Abaz

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