La feria resiste ante el desalojo
Los vecinos denuncian que la renovación del espacio amenaza la subsistencia de 645 familias que trabajan en ese mercado.

La Municipalidad avanza con su proyecto de renovación del Parque Oeste, y en ese devenir, los vecinos y vecinas que desde hace 20 años integran la histórica feria de los fines de semana se sienten desalojados sin chances ni solución real. El Ejecutivo los emplazó a terminar con la feria, aunque ese espacio represente la posibilidad de 645 familias de Villa Urquiza, Belgrano Sur y aledaños, para sumar un rebusque de ingresos, o en algunos casos, el único viable para sobrevivir.
Por eso anteayer cortaron avenida Pellegrini, a la altura de Rouillón, para reclamar que la gestión Javkin revea la decisión de desalojarlos del predio de Barra y Riobamba. La oferta es reubicarlos en otras ferias lejanas, algo que –entienden– no condice con la razón de ser de estos espacios de la economía social.
La feria reúne a unas 645 personas que encuentran allí una forma de completar sus ingresos. Algunas venden ropa nueva o usada, otras productos de panificación y objetos que consiguen o tienen en sus casas. También hay personas jubiladas, con discapacidades y familias que llegan con sus hijos para procurarse unos pesos durante el fin de semana. Para los feriantes, no se trata solo de un espacio de venta sino de una fuente de subsistencia construida durante dos décadas.
“Estamos luchando y peleando para que nos dejen en nuestro lugar de trabajo”, planteó Olga Maciel, una de las voceras de la feria. Según relató, los vendedores intentaron abrir canales de diálogo con el municipio, pero hasta ahora la respuesta fue que el proyecto para transformar el parque ya está definido y que la feria deberá retirarse.
Maciel aseguró que los feriantes no se oponen a la renovación del espacio público. Lo que cuestionan es que la obra se plantee como incompatible con la continuidad de la actividad comercial durante sábados y domingos. “No es que trabajamos todos los días. Es sábado y domingo. Dejamos limpia la feria”, aclaró.
Miriam Auyeros, otra de las feriantes, contó a Rosario/12 que vive a tres cuadras del parque y que, a sus 63 años, llega con un carretón para trasladar los bártulos del puesto ferial. Es jubilada y la feria le ayuda a mejorar sus magros 400 mil pesos de haber mínimo. “Yo vivo de esto”, resumió. Su caso se repite entre muchos de sus compañeros.
El conflicto también tiene un componente territorial. Los feriantes sostienen que son vecinos de la zona y rechazan ser trasladados a otros puntos de la ciudad, algunos de ellos a varias decenas de cuadras. Entre las alternativas que les mencionaron aparece la gran feria de Rouillón al fondo, en barrio Triángulo. Para Auyeros, la distancia vuelve inviable el traslado: no pueden pagar un flete para llevar sus mercaderías y puestos.
“Somos gente del barrio”, insistió la mujer. Y agregó que la feria constituye además un lugar de compra accesible para vecinos que buscan precios bajos. “Hay gente que viene con carritos, con sus hijitos, a comer un choripán, a vestirse con la ropa más económica y zapatillas”, describió.
Los vendedores sostienen además que existe una habilitación municipal para el funcionamiento de la feria y cuestionan que esa situación no haya sido contemplada en el nuevo proyecto. Maciel mencionó una ordenanza aprobada en 2022 y reclamó que se respete.
El martes, según los testimonios, los feriantes habían sido convocados para una reunión a las 16 en el propio parque, con la expectativa de que funcionarios municipales explicaran el proyecto y las alternativas para la actividad. Los funcionarios pegaron el faltazo. Los referentes tuvieron que trasladarse de repente hasta el Palacio de los Leones. Ante la falta de respuesta, parte de los feriantes montó un piquete en Pellegrini y Rouillón.
De la reunión con funcionarios de Desarrollo Social no surgió una propuesta que conformara a los puesteros. La posibilidad de alquilar temporalmente un espacio privado tampoco los convence: temen que el municipio afronte el costo durante uno o dos meses y luego los deje nuevamente sin lugar.
El secretario del área, Nicolás Gianelloni, respondió que la situación no es como describen los vecinos. “La obra es muy estructural y no podrán funcionar (como feria) durante su ejecución. Estamos viendo opciones cercanas”, dijo.
Todo se precipitó desde la semana pasada, cuando el intendente abrió las ofertas de la licitación, con presupuesto de 1.850 millones de pesos para intervenir todo ese área verde, que los vecinos de siempre todavía llaman “la Quinta Luciani”.
El proyecto oficial prevé reorganizar las áreas deportivas, recuperar canchas, ampliar sectores del polideportivo, construir vestuarios y baños, sumar juegos infantiles, senderos peatonales, bancos y mesas, parquización, iluminación led y nuevos espacios de descanso y encuentro.
Según la gestión municipal, la intervención busca “ordenar las distintas actividades que actualmente conviven en el predio y potenciar su carácter de espacio público”.
Para los feriantes, sin embargo, ese ordenamiento no debería implicar la desaparición de la feria. “Todo muy lindo el proyecto que usted presentó”, le dijo Maciel al intendente durante la apertura de sobres, según relató. “Pero ¿qué hace usted con las 645 personas que estamos trabajando acá en la feria?”
Los vendedores llegaron incluso a proponer alternativas para convivir con las obras. Ofrecieron trabajar solamente los fines de semana y garantizar la limpieza del espacio, e incluso plantearon trasladarse a un sector del propio parque. Aseguran que ninguna de esas opciones fue aceptada.
La fecha que genera mayor preocupación es el 8 de septiembre, cuando, de acuerdo con lo comunicado a los feriantes, comenzaría el vallado del sector para avanzar con los trabajos. Maciel sostuvo que continuarán concurriendo al lugar mientras sea posible y que volverán a protestar si intentan impedirles trabajar.
“Nos deja en la calle”, resumió. “No es un capricho. Es nuestro lugar de trabajo”. Para Auyeros, la disputa excede su propio puesto: también está en juego una forma de enseñarles a sus hijos y nietos la cultura del trabajo. “No queremos que nuestros hijos vayan a robar. Queremos seguir resistiendo y quedarnos en el barrio”, afirmó.
