El tránsito de diciembre de 1983 al del estallido del 2001 ha generado siempre debates interminables de cómo desde la huída de los uniformados hasta el estrepitoso fracaso de la convertibilidad corrieron ríos de sangre y lodo.
En efecto, después de la debacle militar en la aventura malvinera advino lo que con meridiana certeza el filósofo León Rozitchner calificó como el terror y la gracia, los genocidas concedían una democracia condicionada a no alterar jamás los fundamentos del capitalismo en la región.
Ahora bien, juicio a las juntas militares mediante y luego de asonadas carapintadas exigiendo y logrando impunidad en principio con las leyes de obediencia punto final y obediencia debida y luego con los indultos lo que no dejó de aumentar fue la exclusión social, el empobrecimiento por desposesión, el desempleo.
La pandemia de Covid 19 de 2020 aceleró ciertas metodologías de trabajo que fueron expandiéndose por ámbitos como la educación, la atención médica y otros tantos rompiendo en buena medida los colectivos laborales y fomentando el individualismo.
La oleada antivacunas fue uno de los gérmenes del huevo de la serpiente negacionista y liberticida que se apoltronó en el gobierno del Estado con un lenguaje digno de la distopía de 1984, la novela de Orwell.
La libertad no solo no avanza sino que cada más cámaras nos observan muchas veces sin que lo percibamos.
¿Eso es protección?
Eso es control.
De un diciembre a otro y a otro muchos cambios, demasiadas mutaciones.
No podemos naturalizar el sufrimiento al que somete este perverso sistema de dominación a millones de personas.
Muchos desafíos nos aguardan.
Nada será fácil y mientras las personas electas en octubre se acomodan en sus poltronas legislativas o ministeriales, nosotras y nosotros las personas de a pie deberemos continuar buscando la forma de articular solidaria y autómamente nuestra digna resistencia.
Carlos A. Solero
