En un mercado laboral donde los datos oficiales muestran un aumento sostenido del desempleo y una precarización cada vez más profunda, las juventudes aparecen como la población más expuesta a las transformaciones tecnológicas, financieras y legislativas.
En un país sin crecimiento de empleo genuino en los últimos 15 años, la discusión estructural sobre el trabajo y los modos de genera dinero se torna urgente.
La revolución tecnológica, la inteligencia artificial y la robótica avanzan a un ritmo acelerado, pero no están mostrando un traslado masivo de trabajadores hacia nuevas ramas, ni actividades, ni una absorción de trabajo protegido de quienes son desplazados.
Los “nuevos oficios” no compensan la destrucción de empleo, y mucho menos en economías periféricas como la nuestra. Ningún estudio serio habla de un traslado o un complemento, por el contrario, todos van mostrando cómo la riqueza se concentra mientras las desigualdades aumentan al calor del cierre de medianas y pequeñas empresas por falta de protección, fruto de una ortodoxia económica que solo se aplica en la periferia y que el mundo desarrollado no implementa puertas para dentro.
