Martín tenía una teoría. No era buena, ni tenía evidencia científica que lo respaldara. No se podía dar el lujo de contarla en voz alta sin quedar como un idiota. Pero después de tres años acumulando desgracias, estaba convencido de que era cierta.
Argentina había salido campeón del mundo a costa de él. Cuarenta y seis millones de personas habían recibido felicidad y Martín, el vuelto.
Desde el 18 de diciembre de 2022 su vida era una tragedia. Le habían robado ocho veces, lo habían despedido de tres trabajos, lo había dejado una novia por WhatsApp, otra por mensaje de voz y una tercera por intermedio de su madre. Lo chocaron, lo estafó la dueña del departamento donde alquilaba y las palomas le usaban la cabeza de cagadero.
Un jueves por la noche, un amigo le insistió para ir a un bar
– Necesitás salir más, Bro.
– Las últimas tres veces que salí me chocaron.
– Te chocaron una bicicleta.
– Dos veces.
– Eso no cuenta, dale, vamos.
Había aceptado solamente para terminar la discusión. A las once de la noche ya estaba arrepentido. A las once y diez le volcó cerveza a una chica que estaba al lado. A las once y once descubrió que era hermosa. A las once y doce intentó pedir disculpas. A las once y trece tiró otra cerveza, esta vez sobre sí mismo. Ella se rió. Y eso fue lo raro. Martín era torpe pero ella se había reído. No de él, con él.
– ¿Siempre sos así?, preguntó.
– ¿Así cómo?
– Como una amenaza para las bebidas.
Martín pensó la respuesta durante tres segundos.
– Hoy estoy teniendo una noche particularmente buena.
Ella volvió a reírse y empezaron a hablar.
Sofía, 39 años, casa en Fisherton. Sonrisa de carillas perfecta, camioneta deportiva marca alemana, primera mano. Él nunca pudo superar un Palio 2015. Soltera. Después de una hora de conversación, lo besó y se fueron juntos al dpto. de él.
El departamento de Martín no era feo, era vintage. Minimalista, muy minimalista. El living se reducía a una mesa de fórmica y las dos sillas de hierro con tapizado azul rajado, heredadas de su abuela, que dejaban escapar una gomaespuma cansada de la vida. Al lado, el televisor descansaba sobre un mueble de caño de los ochenta con estantes de madera; arriba la pantalla y abajo, en el hueco donde antes se ponía la videocasetera, dormía una Play 2. El único rastro de arte era un póster del gol de Diego a los ingleses con la Mano de Dios.
Pero el dormitorio era lo más deprimente de todo. Era la habitación de un adolescente caliente congelada en el tiempo. La cama de una plaza conservaba el colchón original de su pubertad, con un pozo central que parecía tener fuerza de gravedad propia. Al lado, la mesita de luz armada con cajones de frutas cubiertos por un mantel rayado lleno de agujeros, coronada por un velador de esos que se aprietan tipo clip.
Lejos de espantarse, Sofía sintió el cosquilleo de la fascinación. Estaba cansada de los músculos, la prote y las camisas de lino.
A las dos semanas de salir, lo invitó a su fiesta de cuarenta.
Mientras Martín se acomodaba la camisa frente a la puerta antes de golpear tuvo la sensación de que algo horrible estaba por pasar. Tenía razón.
Sofía lo recibió con una copa de espumante en la mano. Estaba radiante. Todo ahí adentro olía a perfume importado y a impunidad económica.
El parque trasero se había disfrazado de living flotante y un sendero de luces cálidas guiaba a los invitados hasta a la pista de baile con piso de damero. Todo muy aesthetic. Había mesas kilométricas con opciones veggie ultra sofisticadas, tablas de fiambres ahumados y crujientes sándwiches de carnes braseadas. Una barra de tragos y botellas de cerveza Corona, cada una con su respectiva rodaja de lima en el cogote, listas para refrescar a una concurrencia que parecía no haber tenido un problema financiero jamás en la vida.
Martín dejó el saco en una silla, manoteó una Coronita y entró al caserón en busca de un baño. De camino, se tropezó con una alfombra y manchó uno de los cuatros sillones blancos del primer living. Nervioso intentó limpiar con un pañuelo de dudosa higiene que tenía en el bolsillo y empezó a fregar la tela. Error fatal. La pana absorbió la humedad y el frotado rústico expandió la aureola, transformando una mancha sutil en un manchón oscuro. Dejó la botella a un costado y salió de la escena para evitar sospechas. Abrió la primera puerta que encontró.
El baño de visitas era un templo de porcelanato negro y grifería dorada. Se sintió a salvo y le dieron ganas de cagar. El problema empezó cuando tiró la cadena. El inodoro en vez de tragar, empezó a crecer con agua llena de soretes. Martín miraba con las pupilas dilatadas. Un centímetro. Dos centímetros. La marea empezó a invadir el piso de diseño. “¿Por qué los chetos no tienen sopapa?”, balbuceaba mientras se topaba con toallas blancas y velas aromáticas con olor a vainilla. Transpirado y estresado, salió caminando para el patio, se encontró con Sofía:
– ¡Marto!, vení que te quiero presentar a mi primo.
Martín se dió vuelta con la guardia baja, esperando cruzarse a un contador de Fisherton o a un rugbier de cuerpo cuadrado. Pero el universo, que le venía perdonando la vida las últimas dos horas, decidió que era momento de tirar de la cuerda. Frente a él, con unasonrisa tranquila y cara de estar por tomar unos mates, apareció Ángel Di María. El mismísimo, el del Maracaná y el que hizo llorar a toda Francia.
A Martín se le congeló la sangre. Entró en pánico, él sabía que todo había empezado con el Mundial.
– ¡No, no, nooooooo!, empezó a los gritos mientras se alejaba como si hubiera visto al diablo. Salió corriendo para adentro y llegó a la cocina. Una de las amigas de Sofi, lo interceptó.
– ¿Marto, buscás algo? Vamos afuera que se viene lo dulce.
– Andá yendo, paso por el baño antes.
Caminó rápido, se llevó puesta una escultura de un caballo de mármol. Intentó esconder la cola que se desprendió del animal debajo de los sillones. Otra vez, apareció Sofía.
– ¿Todo bien Marto?. Saliste corriendo cuando te presenté a mi primo, ¿qué onda?. Es campeón del mundo che, aparte vos ¿no eras de Central?. Ay, claro, sos del centro. Sos de Newells.¿Es por eso?.
– No Sofi, nada que ver. Creo que se me bajó la presión. Pero ya estoy bien
– Bueno dale, vamos afuera.
Martín estaba convencido que si se acercaba a Angelito, se activaba la maldición. Trató de hablar con ella a solas y blanquearle la situación pero cada vez que lo intentaba, aparecía el Fideo, de la nada, con una sonrisa, ofreciéndole un fernet o un sanguchito de bondiola, haciendo que Martín saltara del susto.
En un momento de la noche, el DJ puso “Muchachos”. Todo el mundo empezó a saltar y a revolear lo que tenía a mano. En el pogo, la marea humana empujó a Martín contra una de las dos mesas del catering, se intentó agarrar de algo pero no pudo y terminó en el piso tapado de camarones con salsa golf. Una vez más, salió corriendo. Sofía lo siguió enojada y harta de tanta estupidez.
– ¿Qué te pasa?. Rompiste un adorno, tapaste el baño, sí te vi, y tratás a mi primo como si tuviera COVID.
– ¡Tu primo me arruinó la vida, Sofía!. ¡Yo pagué el penal de Montiel!. ¡Desde ese día me chocaron, me echaron y me robaron porque la Scaloneta me absorbió el karma positivo!, le dijo a los gritos.
Sofía lo miró como a un friki. Pero justo en ese momento, Di María entró a la cocina a buscar hielo y escuchó la última parte. Con la total tranquilidad de un tipo que ya superó todas las críticas del periodismo argentino, apoyó la botella en la mesada y lo miró con paciencia.
– Pará, pará, hermano. Dijo Di María, mientras se rascaba la oreja. Dejá a ver si entendí. ¿Vos decís que el penal que me hizo Dembelé que terminó en gol de Leo te costó el laburo a vos?
Martín agachó la cabeza y no contestó.
– ¡Fua, loco, qué presión!, se tentó el campeón del mundo. Mirá que a mí me dijeron de todo en la tele, me colgaron el cartel de mufa, ahora me dicen “seca nuca”… pero hacerme responsable de la economía de un desconocido, ya es un montón. ¿A ver?. Contame, ¿por qué te echaron?.
– Porque me quedé dormido tres lunes seguidos y le cargué gasoil común a una camioneta que iba con nafta premium… pero porque estaba estresado, vivía pensando en ustedes y haciendo tácticas en mi cabeza para ganar la tercera.
– ¿Y tu novia?
– Me dejó porque me pasaba cuatro horas por día mirando las repeticiones de las atajadas del Dibu en Twitter en vez de coger.
– Che, de onda, pero sos un boludo bárbaro, le tiró Ángel. Menos mal que no te cobramos alquiler por vivir adentro de tu cabeza estos tres años.
Martín miró a Sofi derrotado. Era el pelotudo más grande de la Argentina.
– Andá a bailar con mi prima y dejate de joder con las energías. Di María le dio una palmada en la espalda y salió de la cocina guiñándole un ojo a Sofía.
Martín se quedó ahí, recalculando.
– Bueno, dijo Sofía, cruzándose de brazos. Al menos ahora sé que si se inunda el baño la culpa es tuya y no de Scaloni. Vamos a bailar.
Martín sonrió por primera vez en años. Dieron un par de pasos fuera de la galería y decidieron acortar camino pisando el césped perfecto del parque. En ese instante, con una precisión implacable, se escuchó un clic metálico subterráneo, seguido de un sonido “pssssssss”. Los regadores automáticos del jardín emergieron de la tierra al unísono. Uno de los aspersores se activó a centímetros de Martín empapandolo entero. Se quedó congelado bajo la llovizna artificial.
En cualquier otro momento de los últimos tres años, habría mirado al cielo convencido de que la Scaloneta le estaba mandando un diluvio personal para castigarlo. Habría vuelto a su departamento a odiar el fútbol en silencio. Pero ahora se miró los pantalones, miró a Sofía y simplemente suspiró.
– Y bueno, dijo con una sonrisa resignada. Por lo menos está fresquita.
