Esta semana vi al pasar una frase de Bifo Berardi en un posteo y lo repliqué casi sin pensarlo, golpeada por la fuerza inconsciente de una palabra: desertar. La frase era: “La humanidad ha perdido. Ahora el problema es cómo desertar”.
Mientras lo leía por segunda vez, llegó la pregunta. ¿Desertar de qué? Vaya, las palabras. Lo primero que me venía a la mente era desertar de la resistencia, de la lucha, y no me hacía sentido. No. Lo que golpea y provoca de esa palabra tiene un sentido literal: desertar de la guerra.
Fui a la fuente para entenderlo mejor, y ahora que la guerra adopta entre sus mil maneras la obvia, incluso después de que Berardi escribiera su ensayo, cambia todo. Aunque él no se refiere tampoco a la guerra literal solamente, sino precisamente a lo que la precedió y sigue su curso en esta parte del mundo contra todos nosotros, cada minuto.
La ultraderecha convierte la vida en guerra. Desde que nos despertamos hasta que nos dormimos somos atacados, somos acorralados, somos abusados por gente grotesca, que es la que tiene el micrófono. La apertura de sesiones ordinarias del Congreso resumió en su forma y contenido el fascismo declarado: el que insulta es el único que tiene micrófono, e insulta a quienes la cámara nunca enfoca.
Aunque lo admiro mucho, siempre que leo a Berardi sé que leo a un europeo, y lo tomo en cuenta. Si bien el “aparato fascista” implantado como un nuevo garrote vil azota en “Occidente”, quizá en América Latina desertar de la guerra sea indispensable antes de que haya lucha efectiva. Porque es una guerra intensa, apabullante, que nos nubla la razón porque transcurre en nuestras mentes. La lógica amigo-enemigo y la manipulación continua nos descentra.
Usan armas que nosotros consumimos muchas horas por día voluntariamente. Nos trafican confusión. La ira toma cuerpo y no siempre, casi nunca, sale dirigida hacia quien la motiva. La irracionalidad no es exclusiva de los gorilas. Está en la época, como el yo-yo extremo, como el exhibicionismo, como la obscenidad.
“La humanidad ha sido derrotada”, empezaba la frase. Gaza fue eso: el fin de la humanidad tal como la conocimos. Ya ven: Israel y EE.UU. mataron a 145 niñas iraníes esta semana. ¿Y qué pasó? Nada. Grok, la IA de Musk, dio por falsas las fotos de la masacre, y las ubicó hace unos años en el Líbano. Fin del tema, aunque al día siguiente pudieron verse las fotos de los tremendos funerales. El sistema declaró inexistentes los hechos.
Eso es la guerra congnitiva, que no nos estupidiza solamente en lo político, nos hace cada día un poco menos de lo que somos, si es que no mantenemos en alto el pensamiento crítico, cosa que las generaciones digitales masivamente no tiene muy en claro de qué se trata. Pero incluso así, no estamos hechos para este tipo de daño. Perfora.
La confianza depositada en quien nos perturba y nos predispone para ser vejados y expoliados es un ingrediente perverso en el sentido freudiano; la serie Adolescencia reflejaba exactamente eso: el padre descubría que su hijo había mutado en alguien desconocido sin haber salido de su cuarto.
Desertar es decidir quedarnos afuera de la lógica de guerra para poder seguir viendo lo que nos hacen y sabiendo quiénes somos. Y esa guerra se libra en nuestras mentes y en nuestras sensibilidades, que son el territorio que quieren saquear los salvajes.
Desertar de las pasiones tristes es el primer paso. No se puede vivir cargado de emociones negativas, y la crisis empieza a roernos el cerebro. Salvar lo humano, hoy, es empezar a salvar lo humano en cada uno y tratar de ver lo humano en los otros. Esto último hace unos años podría haber sido una frase de sobre de azúcar. Hoy no.

