La isla de los nazis acá enfrente
Era 1941 y la policía de Rosario veia con recelo los movimientos que había detectado en las islas del Paraná, frente a la ciudad.

En un mundo convulsionado por ofensivas, bombardeos, desembarcos y cuanto término bélico pueda pensarse, no era de extrañar que la policía de Rosario viera con recelo los movimientos que había detectado en las islas del Paraná, frente a la ciudad. Como si se estuviera gestando una invasión desde la otra orilla, y en manos de los informantes de la fuerza estuviera desbaratarla. Razones para tener sospechas no les faltaban. O por lo menos imaginarlas.
Estamos en 1941 y la Cámara de Diputados de la Nación acaba de crear la Comisión Especial Investigadora de Actividades Antiargentinas, con la mira puesta sobre el nazi-fascismo y la Segunda Guerra Mundial de telón de fondo. Enseguida le llueven los informes desde todo el país respecto a entidades y personas de nacionalidad alemana, presuntamente vinculadas al régimen encabezado por Adolfo Hitler. Entre ellos se destacan los elaborados por los policías de la ciudad, sumarios e informes a los que accedió Rosario/12, hurgando entre los 36.000 documentos archivados desde hace 80 años en el Congreso.
“Llevo a su conocimiento las diligencias y averiguaciones practicadas y que me han permitido confirmar la existencia de habitantes de nacionalidad alemana, cuyas costumbres y modo de vida dan lugar a conjeturas que bien pueden llevar a constatar la actividad de una organización nazi”, arranca escribiendo el agente auxiliar rosarino D. Harrington Escauriza un informe con un gran sello de SECRETO, que pasa por manos del Ejército antes de terminar en la comisión de Diputados.
De inmediato precisa que “en una recorrida efectuada por entre las islas situadas frente a esta ciudad, he podido comprobar, por referencias, la existencia de una verdadera colonia de alemanes, de características nazis, ubicada en forma verdaderamente estratégica, para cualquier fin imaginable; de observación, de libre comunicación con el exterior del país, militar y civil y exenta de toda vigilancia”.
Para fundamentar una alarma de tal magnitud, Harrington Escauriza dice haber recibido información de que “en la región denominada Charigüé, costa del riacho Los Marinos, islas La Invernada, del Espinillo y Castellanos viven numerosos habitantes alemanes, cuya aparente y pacífica labor es la industria de la miel. Sin embargo, en una isla situada al suroeste de La Deseada, en la zona comprendida entre La Florida y San Lorenzo, hace más o menos tres años habitaba un ´isleño’ alemán con su correspondiente familia. Tal isla (La Flora) garantiza las condiciones de seguridad que menciono anteriormente y está ubicada en una posición harto estratégica: frente a ella se encuentran los YPF, punto industrial por excelencia; más al norte Arsenal de Puerto Borghi; río abajo la ciudad de Rosario, que desde allí se ve completamente descubierta en sus puntos más importantes: Usina Eléctrica de Sorrento, Puerto, edificios públicos etc.”
El informe se centra entonces en ese isleño llamado Juan Maurer, que recibía “con frecuencia visitas de personas alemanas que llegaban a la isla en lanchas automóviles cuyo costo, he podido averiguar, oscila entre 10, 15 y 20 mil pesos nacionales, lo que hace suponer que sus propietarios no podían ser gente de poco dinero”.
Harrington Escauriza investiga en detalle a Maurer, hasta evaluar que “llevaba una vida que no se condice con la de los isleños, gente generalmente pobre; fumaba un tabaco fino, alemán, cuya marca no he podido averiguar, pero me aseguran que no se recibe en el país. En su casa se encontraron diarios y revistas procedentes de Alemania. Poco antes de abandonar la isla envió dos hijos suyos a estudiar a Alemania (sería interesantes saber de dónde procede el dinero con que costea tales estudios). Su esposa en cierta oportunidad expresó ser amiga personal del canciller alemán (Adolfo Hitler) y era dable observar el gesto de profunda simpatía que demostraba cuando, hojeando alguna revista, aparecía el retrato de Hitler”.
Quizás para darle un poco más de seriedad a la amenaza nazi que entrevía, el policía relata que “en oportunidades Maurer recibía la visita del capitán de algún barco alemán. Este capitán fue visto por quien suscribe en la chopería alemana de avenida Alberdi llamada Grinzing”. Y especula respecto a que puede haber barcos de ultramar que aminoren la marcha frente a Rosario en horas de la noche y “efectúen trasbordos de ´mercaderías´ a lanchas de menor calado”.
Otro sospechoso es un alemán -amigo de Maurer- que posee un astillero a 50 metros de la usina Sorrento y que “hace viajes periódicos a las islas y lleva armas largas para ´cazar´.
Para completar su informe, Harrington Escauriza dibujó un plano a mano alzada de “las islas ubicadas frente a esta ciudad en la que las flechas indican la probable situación de los residentes alemanes como así también la relación que se puede apreciar entre los barrios importantes y la ciudad misma con el puerto, frente a tales islas”.
En respaldo a sus temores, desde Entre Ríos también se informaba de activismo nazi en el delta del Paraná. En 1939 se había realizado un censo que revelaba un 75 % de habitantes alemanes en la zona. En una pensión ubicada en Brazo Largo, ya frente a provincia de Buenos Aires, se “organizan fiestas y toda clase de reuniones en lugares amparados de la vista ajena. Testigos han podido observar los componentes que llevaban los distintivos del régimen nazista, sin ocultarlos en lo más mínimo”. También en Villa Paranacito “se ha visto en muchas oportunidades que procedentes de Buenos Aires llegaban delegaciones compuestas por mujeres y hombres que realizaban reuniones donde se coreaba discos de música y canciones alemanas”.
En este caso el informe militar remata que “en la zona de islas existen elementos y organizaciones que trabajan activamente en la propaganda, con completa libertad, sin control y sin que se adopten medidas de ninguna clase para reprimirlas”.
Finalmente, no hubo invasión nazi desde las islas ni nada que se le parezca. Sí una intensa actividad de seguidores de Hitler en la ciudad de Rosario, que solo se vio frenada cuatro años después, cuando se puso fin a uno de los regímenes más atroces de la historia de la humanidad.
