Unos delirantes muy cuerdos
Luego de acusar haber sufrido siete golpes de Estado y jactarse de haber expulsado 30 mil “terroristas”, ya nada se puede tomar en serio. ¿Se llegó al límite de que todo lo que dice Milei es tomado como de quien viene?


La coincidencia entre un Javier Milei que convoca inversores para venir “a llenarse los bolsillos” y un trío de jueces supremos que repone las posibilidades de extranjerización absoluta de las tierras requiere, sin mínima duda, ubicar el contexto mucho antes que los textos.
Naturalmente, quiere uno creer, la textualidad debería bastar y sobrar.
¿Qué interrogante puede haber sobre la interpretación de que abultar los bolsillos, precediéndolo del “vengan”, es sinónimo de apropiarse de lo que fuere, careciendo de todo control?
¿A quién se le ocurre que haber indicado la expulsión de 30 mil terroristas, entre el año pasado y el transcurso de este, puede ser obra de alguien que no sea un delirante terminal?
¿Por qué se naturaliza que un Presidente acuse “la locura” de los indicadores económicos oficiales y de mercado, en tanto le dan unánimemente en contra?
¿Se llegó al límite de que declaraciones de esa naturaleza son tomadas como de quien vienen? ¿Y que en consecuencia no debe interesar seriamente nada de lo que dice?
¿Y por qué acontece que incluso prevalezcan disquisiciones jurídicas sobre el fallo del trío más mentado, en lugar de colocarlo como una muestra del bloque unificado de poder judicial-mediático-corporativo?
Esto último va sin perjuicio de que en el Gobierno asumen como “perjudicial” la reintroducción del tema propiedad de la tierra, siendo que ya lo estimaban archivado como una “derrota” (los entrecomillados corresponden a off de funcionarios diversos).
El muleto Bullrich también se cuela por ahí para remarcar su intención de diferenciarse de El Hermano, como si se tratara de que expresa un modelo distinto al vigente.
Otra ficción de la política argentina. Es el juego al que casi todos juegan, dando por trascendentes declaraciones, medidas, movidas, viajes presidenciales, imágenes, de las que se es consciente en cuanto a su irrelevancia frente al cuadro central.
Lo que no es ficción es que cada dicho, medida y gesto apuntan al país del topo metido para destruir al Estado en su acepción de regulador de los desequilibrios sociales. El riesgo kuka como factor determinante de cualquier sacudón o amenaza. El vendepatria vestido de malvinero repentino, sea porque se le ocurrió a Santiago Caputo para afrontar la irrupción “nacionalista” o porque Washington lo usó para sus fintas con Londres. Y, vaya, la renovación del cuco del “terrorismo” que podría acecharnos o que, de hecho, afirmaron haber prevenido o eliminado.
Esto último remite a que el delirante en ejercicio de la Presidencia lo es, siempre, políticamente hablando. Es acerca de sus exabruptos volcados, además, con su imposibilidad de hilvanar una frase sin furcios y sin atentados gramaticales. No hacemos telediagnósticos psiquiátricos, como tampoco deberían hacerlo los especialistas del área.
Los tropezones gubernamentales son “técnicos” y comunicacionales, pero jamás de fondo. Es una obviedad, pero no está de más recalcarla.
Milei dijo en Nueva York que “los dólares nos salen por las orejas”, en simultaneidad temporal y conceptual con su ministro de Economía rogando que se saquen los dólares del colchón. Y las cifras de “terroristas” expulsados debieron ser desmentidas por un vocero presidencial que produce un papelón tras otro cada vez que aparece, hasta el punto de que varios adláteres de Los Hermanos extrañan la impunidad declarativa del cripto-Adorni.
Sin embargo, con igual arbitrariedad anuncian formidables inversiones a concretarse en futuros lejanos sin repercusión alguna en la economía cotidiana de las mayorías. El coloquio de IDEA testificó que todo o gran parte del poder real no le picó el boleto ni mucho menos a la administración de los Milei. Y la ignorancia impune con que se manejan frente a las intimaciones judiciales por el financiamiento de la Universidad pública es estremecedora. O debiera serlo.
Se advierte desde mismísimos adherentes al ideario oficial que la economía está próxima a un escenario recesivo y la respuesta, ante el festival de pymes liquidadas e industrias cerradas o desvencijadas, es que el comercio electrónico ocupa el espacio vacante.
Es dable preguntarse si, en este marco de degradación económica, dirigencial e institucional que en tiempos de otro Gobierno hubiera sido calificado sin más como “tragedia republicana”, habrá acaso algún hecho, fósforo, disparador, capaz de encender cierta reacción social masiva.
O bien, si la indiferencia generalizada —por fuera de las habituales minorías intensas— tiene ya tal grado de consolidación como para no abrigar mayores expectativas, de piso, hasta que la campaña electoral quede formalmente lanzada con candidaturas indiscutibles. O consensuadas, de veras o los tumbos.
Consignamos, al hablar de “indiferencia”, la decepción y falta de confianza que despierta, por un lado, la gestión libertarista.
Incluso las encuestas reservadas del propio oficialismo revelan una caída de la imagen presidencial que, más en reserva todavía, algunos de sus miembros juzgan irreversible (quede claro que, aún así, Milei conserva un piso de intención de voto altamente considerable, en torno al 30/35 por ciento y al cual debe agregarse la porción de tradicionalismo gorila que, en un balotaje, no pensaría dos veces la necesidad de mantener el dichoso “rumbo”. No por seguridad política, desde ya, sino por ese rechazo ideológico, clasista, ancestral, contra cuanto huela a peronismo en cualquiera de sus formas).
Por otro lado, también resulta ratificado que Axel Kicillof, como referente candidateable y principal de la fuerza opositora más importante, tiene decidido que su construcción electoral será sin pausa. Pero sin prisa.
Confía plenamente en que la interna decantará a su tiempo y en que, ocurra eso más tarde o más temprano, no habrá otra chance que encolumnarse tras su figura.
¿Hay certeza total respecto de que será así?
No. Es una apuesta, rodeada por incógnitas acerca de si cicatrizarán por completo las heridas del enfrentamiento con los sectores más duros, ortodoxos o el término que se prefiera. De paso: es difícil imaginar que el voto “cristinista” se iría a otra parte si el gobernador —por vía de acuerdo cupular, de PASO o de urnas intestinas— emerge como postulante concluyente.
¿A dónde se destinaría ese voto, en porcentaje significativo, si sucediera que Kicillof brota como opción única, en condiciones de triunfo efectivo, frente a Milei? ¿Al creciente testimonialismo de la izquierda troskista a través de Miryam Bregman? ¿A Sergio Massa? ¿A Gerardo Zamora? ¿A Sergio Uñac?
Entre un Gobierno que ya no genera expectativas de virtualmente ninguna índole y una oposición que en lo transitorio no lidera la bronca con sentido prospectivo, toda acción de rebeldía queda en manos de lo que pudieran promover algunos episodios de índole circunstancial.
Por caso, la magnitud de la primera marcha universitaria, en los albores mileístas, tuvo una contundencia sorpresiva que sobrevivió y logró la victoria de la Ley de Financiamiento. El engendro gobernante la desobedece alegremente.
La movilización prevista para los próximos días, cuando se aúnen el mismo reclamo y la reprobación contra el dictamen de la Corte, junto con la probabilidad de que Diputados voltee el DNU de la masacre desregulatoria, ofrece otra oportunidad de que muy variados grupos, colectivos, dirigentes, puedan juntarse en una dirección unívoca.
Prácticamente nada de todo eso tiene coordinación conductiva. Sirve, sí, como (eventual) argamasa de la protesta.
Del mismo modo, no ofrece una referencia “política”, pero sí de claro significado en cuanto al clima reinante, un arzobispo de Buenos Aires previniendo sobre el “país en crisis”, “cascoteado”, “plagado de pobres” y “donde la descalificación y la intolerancia están a la orden del día” que encontrará León XIV.
Nadie supone, seriamente, que esa visita y los mensajes del pontífice puedan ser usufructuados como aprovechamiento opositor eficiente.
El Gobierno, sin embargo, no está cómodo con la presencia de un Papa que, sin el carisma de su predecesor, mantiene el discurso de Doctrina Social de la Iglesia a contramano acentuada del salvajismo tecno-oligárquico. Es símbolo de época. Nada menos, y nada más. O viceversa, si se quiere emplear la frase con contundencia inversa.
Son síntomas de un malestar extendido que ni por asomo es sólo local.
Se extiende en Occidente y en la región, mostrando pueblos, electorados, voluntades, partidos al medio. Exactamente al medio. Los rechazos prevalecen sobre las adhesiones. El descarte sobre el entusiasmo. Así se vota y actúa.
La carencia de liderazgos fuertes, confiables, positivos, en la dirección que fuere, no es la única explicación. Pero sí es una de las fundamentales para comprender esta instancia epocal de confusión y “ningunismo”.
