Opinión

El asado del vestido

Mercado Libre. Sección subastas.

“Vestido de novia se subasta. Queremos vender este vestido de novia para hacernos un asado con lo recaudado. No lo regalamos, por lo menos nos tiene que alcanzar para unos choris. El que da más –puede ser la carne directamente– se lo lleva. Aclaramos: no es mufa. Les fue bien a ellos, él se fue a recorrer el mundo, ella cree que es una Marta Minujin del teatro.”

Habían pasado quince años de mi casamiento, diez de la separación y un mes desde que les dije a mis amigos que si lograba venderlo les pagaba un asado.

Fueron ellos los que se pusieron la cosa al hombro, como un mandato, una prueba de amistad, o simplemente, porque son de esas personas cuyo único faro es hacerse los graciosos.

La Nación levantó el anuncio y los demás medios se sumaron.

Fuimos famosos por tres días.

Corte sirena, color manteca, un forro de puntillas y canutillos que se me clavaron en la piel toda la fiesta. Había resistido estoico tres mudanzas, guardado adentro de una de esas bolsas que se usan para los trajes pero que bien podrían guardar muertos. La abrí y el aroma a tintorería me atacó. Me lo probé. Me quedaba ajustado, los canutillos de las mangas seguían pinchando como aquella noche, los botones ya no cerraban ¿Cómo hice para bailar tantas horas acá adentro?

Salí al palier de mi edificio y di la primera nota.

–¿Terminó mal la relación? -fue la primera pregunta de la periodista.

No sé ¿Algo termina bien alguna vez? Uno dejó de esforzarse, el otro se alejó. Cambiamos tanto juntos que ya no queríamos estar juntos. Lo pensé pero no lo dije, contesté otra cosa.

La entrevista siguió, las repetidoras de Telefé y Canal Trece lo masificaron por todo el país. Uno de los diarios de mi ciudad le dedicó una página entera. En todas me pidieron que no hable de la Macrisis, que no politice la cosa ¿La cosa era política, entonces?

Me metí adentro del vestido y hablé de la que era cuando el faro era estar juntos para siempre, demorar la maternidad lo más que se pueda y viajar una vez al año. La memoria me jugaba pasadas extrañas, él y yo nos íbamos velando, como esas fotos de mi infancia. No había recuerdos tristes ni felices, no había melancolía, nosotros éramos una casa lejos.

La patriada desató una reacción inesperada: “Vaca asquerosa, podés vender el vestido pero el divorcio te va a seguir por siempre”. ”Esta gorda ridícula que quiere prensa, ni para el Bailando sirve”. “¿Por qué no le dan el espacio a noticias que importan?”. Los haters se multiplicaban. Al principio me reí, después me asusté. “Yo también me separé. Voy a vender mi vestido, el casamiento es una mierda”, hasta los que me apoyaban tenían odio para repartir. Mi amiga, la que subió el anuncio fue denunciada en Mercado Libre. La obligaron a desertar de la aplicación, tenía una bicicleta y dos ollas Essen a la venta. Se las bajaron.

–No se desanimen lo vamos a vender igual –dijo.

Me obsesioné: el vestido se vende sí o sí. Dije que sí a todas las notas que me propusieron. Al segundo día ya me habían entrevistado TN y la TV Pública, lo nuestro era una pavada sin bandera partidaria.

Mi novio de ahora asistía al circo como un testigo obligado. No opinaba pero su silencio hablaba: ¿Estará enamorada de su ex? ¿Es tarada? Recién empezábamos a salir y el enamoramiento maceraba su vergüenza ajena que, por ósmosis, se volvía propia.

–¿Para qué te exponés a esto? -me dijo mi amiga, la que tiene la posta en ser felices.

Yo todavía no podía explicarlo, puse de excusa mi profesión y mi defecto más evidente: el ego.

–Hay gente que se rompe en soledad, yo soy actriz, necesito público.

Seguí adelante con la misión, repitiendo lo mismo una y otra vez. Hice notas para Colombia y España, de alguna manera a todo el mundo le parecía un delirio esta venta.

Un domingo a las once de la noche Teté Coustarot me llamó por teléfono. A trescientos kilómetros su voz dejaba ver esa belleza única que marcó mi adolescencia. Ella fue la que me dijo “¿Sabés lo que me gusta de todo esto? Que no estás enojada”

¡Claro! Teté lo entendió, la lucha era por el asado.

Al tercer día Diego Korol, hombre de los noventa hoy deconstruído, llamó.

–Queremos comprarlo y jugar a la cenicienta. A la mujer que le entre se lo queda –me dijo.

Nunca están tan deconstruídos, siguen creyendo que nos encantan las historias de princesas. En fin, teníamos el asado.

–Bueno pero queremos también una caja de vinos y un barril de cerveza –exigí.

Un poco enferma de poder, otro poco para que no se terminara esta aventura. Discutimos de marcas y cantidades, antes de ponerle fin a la negociación hicieron su última jugada.

–Queremos llamar a tu ex ¿Tenés el teléfono?

No lo tenía, hacía años que no hablaba con él. Desde que le vendí el hostel que teníamos en Punta del Diablo. Les pasé el número del hostel.

Lo llamaron y no quiso hablar. Entendí el respeto y la solidaridad que hay en el silencio ¿Por qué meterse en nuestra anécdota?

Ellos también entendieron o se dieron por vencidos. En épocas de noticias que vuelan, la nuestra estaba llegando a su fin.

Hicimos la transacción, una amiga rosarina de nacimiento y porteña por elección se cruzó medio Buenos Aires para buscar la plata del asado y entregar el vestido. De paso dio una nota. Ella, una académica que dedica su vida a hablar de las cosas que mueven al mundo, estaba ahí en el programa de radio de un ex Video Match monologando sobre algo que hace años no existía.

El fuego crepita. En la parrilla la más petisa de mis amigas atiza el carbón. Uno de los pibes sala la carne, otro corta el salame. Es de esas noches de calor y humedad donde los rosarinos maldecimos vivir en esta ciudad de mosquitos y baja presión. Llegan más, todos vestidos como mi ex: ese que largó todo y se puso un hostel en la playa. Remeras de Manu Chao, pantalones tailandeses, gorros cubanos. Una se excede y se cuelga su copita menstrual como un dije.

Descorchamos el primer vino de canje, fumamos un porro que nos abre el apetito.

Voraz, como todo eso que de gratis no tuvo nada. Le meto carne, pan y embutido a mi cuerpo como para asegurarme de que ese vestido que ya no es mío no tenga posibilidad de volver. Las luces de mi faro actual iluminan las sonrisas de mis amigos. El juntos para siempre de ahora no se parece en nada a las palabras pronunciadas por el cura hace quince años.

Llegan los choris y las tiras. Los cadáveres de las botellas se acumulan en la punta de la mesa. No hablamos de él, ni de mí, no reflexionamos sobre el amor ni las pérdidas, no nos preguntamos qué queremos. Cantamos, hacemos imitaciones, nos festejamos este logro mínimo, le agradecemos a Cami, la historiadora porteña, por la movida.

Tomamos. Fumamos. Comemos.

Por unos segundos me abstraigo, los miro desde lejos. En silencio les doy las gracias aunque no hace falta, cada uno lo hizo por algo.

El tablón se parece al de la última cena, todos los apóstoles estamos disfrazados del tipo del que ya no estoy enamorada. Mis amigos ríen, como si no supieran que me están asistiendo el duelo, toman, fuman y comen, como si no fuera un esfuerzo acompañarme en lo que estoy soltando para siempre. No quiero ser una María Magdalena del litoral, ni ocupar el centro de esta mesa, quiero este olvido, desapercibido, tapado por la anécdota. Mi faro de hoy ya no apunta a un solo lugar.

Son las tres de la mañana, y seguimos ahí, queda una última botella de canje, cruzo una mirada con uno de ellos, le sonrío y pienso: nunca seremos tan jóvenes.

Por Romina Tamburello

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