El Índice Big Mac, elaborado por la revista británica The Economist, cumple 40 años y ofrece una señal incómoda para Milei: ajustado por PIB per cápita, muestra al peso 19% sobrevaluado. El dato coincide con un tipo de cambio real históricamente apreciado. Pese a la cosecha récord, Vaca Muerta, la minería y el superávit comercial, el programa de Milei no logra transformar esa abundancia de dólares en tranquilidad cambiaria.

El peso está 19% sobrevaluado frente al dólar. Es el cálculo para Argentina de la última edición del Índice Big Mac ajustado por PIB per cápita, de julio pasado, que publica la revista británica The Economist. Este indicador, basado en el precio de la hamburguesa de McDonald’s ofrece una señal sobre uno de los temas más controvertidos de la economía de Milei: el atraso cambiario.
El índice Big Mac no determina cuál debería ser el precio exacto del dólar ni anticipa una devaluación de esa magnitud, puesto que es un indicador de precios relativos. Pero su resultado adquiere relevancia cuando se lo cruza con una medición más sofisticada, el Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral del Banco Central, que también se encuentra en una zona históricamente baja.
Las dos mediciones, elaboradas con metodologías completamente diferentes, abren el mismo interrogante: ¿es sostenible el actual nivel del tipo de cambio de Milei? La memoria colectiva de sucesivas crisis cambiarias y devaluaciones potencia la búsqueda de cobertura cuando se instala la percepción de que el dólar está barato. De todos modos, existe una diferencia respecto de episodios del pasado. La economía dispone ahora de una oferta creciente de dólares provenientes del agro, Vaca Muerta y la minería.
Sin embargo, las dudas no se disipan pese la mayor disponibilidad de divisas. El interrogante es aún más complejo puesto que no apunta solo a determinar si existe atraso cambiario, sino a explicar por qué el plan económico de Milei, que dispone de condiciones externas extraordinariamente favorables, no consigue despejar la incertidumbre sobre el dólar.
¿Por qué una hamburguesa?
El índice Big Mac cumplió cuarenta años. Fue creado en 1986 por Pam Woodall, economista de The Economist, para explicar de una manera sencilla el concepto de paridad del poder adquisitivo. Este sostiene que los tipos de cambio deberían tender en el largo plazo a igualar el precio de una misma canasta de bienes entre distintos países. Los cálculos rigurosos requieren relevar miles de productos y servicios.
El índice Big Mac redujo esa enorme complejidad estadística a un producto reconocible que se vende de forma casi idéntica en una gran cantidad de países.
La hamburguesa estrella de McDonald´s combina dos características que resultan muy útiles. El Big Mac tiene una composición relativamente homogénea, pero se produce localmente. Su precio incorpora carne, pan y otros insumos, además de salarios, alquileres, energía, logística, impuestos y costos comerciales de cada economía. Así, el precio de la hamburguesa puede utilizarse como una aproximación a las diferencias de poder adquisitivo entre monedas.
Esa característica es también su principal limitación debido a que una hamburguesa no es un commodity que se arbitra internacionalmente. No se pueden comprar Big Macs baratos en Buenos Aires para venderlos caros en Zurich. Muchos de los costos que forman su precio son bienes y servicios no transables y, por eso, el índice no constituye un cálculo estricto del dólar de equilibrio. Sin embargo, es un insumo analítico que convierte un debate sobre monedas y precios relativos en algo más fácil de entender.
¿Existe atraso cambiario?
La metodología del índice Big Mac tiene dos versiones. La tradicional consiste en tomar el precio del Big Mac en moneda local, convertirlo al tipo de cambio vigente y compararlo con el precio del estadounidense. En julio de 2026, esa hamburguesa costaba en Argentina 8700 pesos, con el tipo de cambio utilizado por The Economist de 1473 pesos por dólar, equivalía a 5,91 dólares. En Estados Unidos costaba 6,22 dólares. En esta comparación, el peso aparece subvaluado cerca de 5% frente al dólar.
The Economist utiliza una segunda medición que ajusta el índice Big Mac según el PIB per cápita. La razón es que los servicios tienden a ser más baratos en países con ingresos inferiores. El resultado, entonces, cambia.
Por este médodo, para Argentina el precio ajustado de la hamburguesa debería ubicarse en 4,97 dólares, pero cuesta 5,91. La base de datos de The Economist arroja de ese modo una sobrevaluación del peso de 19% frente al dólar.
La conclusión es interesante: el Big Mac argentino es apenas más barato que el estadounidense pese a que los ingresos son sustancialmente menores o, dicho de otro modo, Argentina tiene precios demasiado elevados en dólares para su nivel relativo de ingreso. Aquí está la señal del atraso cambiario.
La señal del Big Mac tiene su correlato en un indicador más riguroso. El Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral (ITCRM) del Banco Central, que compara la evolución de los precios argentinos con los de los principales socios comerciales y contempla además las variaciones de las monedas, se ubicó en julio en 85,82 puntos. El nivel actual no constituye un récord de atraso cambiario: el mínimo mensual de la serie iniciada en 1997 fue 66,46 puntos en octubre de 2001, en los últimos meses de la convertibilidad. Pero está claramente en una zona de fuerte apreciación del peso.
Solo en una cuarta parte de los meses transcurridos desde 1997 registró un tipo de cambio real igual o más apreciado que el actual, mientras que la mediana histórica se ubica cerca de 105 puntos.
La seducción política del dólar barato
El atraso cambiario es atractivo para los gobiernos porque al comienzo de un programa económico ofrece beneficios inmediatos. Un tipo de cambio que aumenta menos que los precios internos ayuda a desacelerar la tasa de inflación. Además, los salarios medidos en dólares suben y se abaratan los viajes al exterior y los bienes importados.
El problema aparece cuando esa dinámica se prolonga. Si los costos locales aumentan por encima del tipo de cambio, las empresas que compiten internacionalmente empiezan a perder rentabilidad.
El deterioro económico no es uniforme. Una petrolera, una minera o una explotación agropecuaria pueden tolerar un tipo de cambio apreciado durante más tiempo que una pyme industrial que enfrenta la competencia de productos importados.
Un mismo dólar puede resultar confortable para sectores productores de recursos naturales y asfixiante para actividades que generan mucho más empleo.
Hasta acá, la secuencia resulta bastante conocida. Pero existe un elemento novedoso que impide repetir mecánicamente la historia de anteriores ciclos de atraso cambiario. Esta vez hay más dólares.
En el primer semestre de 2026, las exportaciones alcanzaron 49.454 millones de dólares, 24,4% más que un año antes, las importaciones fueron 35.531 millones y la balanza comercial acumuló un superávit de 13.923 millones de dólares. Los términos del intercambio mejoraron 2,7% interanual y se encuentran en niveles extraordinariamente favorables.
Es un escenario externo fabuloso para una economía que durante décadas encontró en la falta de dólares uno de sus principales límites al crecimiento.
¿Por qué, entonces, todos siguen mirando al dólar?
Si la cosecha del agro es récord, Vaca Muerta aumenta la producción, la minería expande exportaciones, los términos del intercambio son muy positivos y existe un enorme superávit comercial, ¿por qué el nivel del tipo de cambio sigue sometido a expectativas de devaluación?
La respuesta no puede limitarse a observar la cantidad de dólares que entran y relajan la restricción externa, sino que se debe analizar la fragilidad del programa económico de Milei.
El líder liberal-libertario esperaba que el ajuste fiscal, la desregulación, la apertura de mercados y un régimen favorable al capital fueran suficientes para desencadenar una ola de inversiones. No ocurrió. En el primer trimestre de 2026, mientras el PIB aumentó 2,3% interanual y las exportaciones de bienes y servicios crecieron 9,8%, la formación bruta de capital fijo se derrumbó 11,6%.
La economía de Milei, además de profundizar la desigualdad y el deterioro de las condiciones materiales de la mayoría de la población, produce cada vez más dólares en enclaves (Energía, Minería y Agro), pero no consigue desplegar un proceso generalizado de acumulación de capital.
Oportunidad fabulosa que Milei está desperdiciando
Un escenario económico con abundancia de dólares podría ampliar la estructura productiva. Una política de protección comercial inteligente permitiría evitar que el dólar barato provoque una destrucción innecesaria de industrias y comercios. No se trata de cerrar la economía sino de administrar la apertura, como hacen las principales potencias económicas que Milei suele tomar como referencia.
Una política industrial activa podría orientar parte del excedente generado por agro, energía y minería hacia proveedores nacionales, infraestructura, tecnología y nuevas cadenas de valor.
Una política crediticia para la construcción y la compra de viviendas podría transformar ahorro en inversión, movilizar uno de los sectores de mayor efecto multiplicador sobre la actividad y el empleo y ofrecer una alternativa concreta al dólar como destino del excedente de las familias.
Son ejemplos de una sintonía fina de la gestión económica. Milei eligió otro camino: apertura importadora, ausencia de política industrial, retracción de la inversión pública y confianza casi religiosa en que la iniciativa privada ocupará espontáneamente los espacios abandonados por el Estado. Los datos de inversión muestran que esa apuesta no está funcionando.
La paradoja del programa liberal-libertario
Milei tiene dólares, pero no consigue que esos dólares generen confianza en el peso. La cuestión cambiaria adquiere entonces una dimensión política. La expectativa de devaluación no aparece solo porque el Índice Big Mac muestre que el peso está 19% sobrevaluado.
La cobertura cambiaria ante una eventual devaluación se alimenta de la percepción de que el esquema económico no ofrece mecanismos suficientes para sostener ese tipo de cambio en el tiempo. Cuando la percepción de atraso cambiario aumenta, el incentivo para cubrirse también crece.
Falta más de un año para las presidenciales de 2027, pero a medida que se acerque la fecha de la elección crecerán las dudas acerca de qué hará el próximo gobierno con el régimen cambiario. Si el atraso cambiario persiste, la cobertura puede intensificarse dentro de pocos meses.
Cuanto más difundida esté la idea de que existe un dólar barato, mayor es el incentivo a comprarlo anticipadamente, y esa demanda refuerza a su vez la expectativa de corrección futura del tipo de cambio.
A medida que avance el 2027 la especulación sobre el precio del dólar será cada vez más fuerte. Décadas de crisis cambiarias entrenaron a buena parte de la sociedad para adelantarse y la experiencia enseña que no suele esperar a conocer el resultado electoral para comprar dólares.


