Fue el 10 de abril de 1982 –ocho días después del desembarco argentino en las islas Malvinas– cuando, desde el balcón de la Casa Rosada, el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri azuzó el entusiasmo de la multitud al bramar:

–¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!

Se refería, claro, a las tropas inglesas.

Tal frase, transmitida en vivo por cadena nacional y contemplada en un departamento de Villa Devoto por la familia Milei, hizo que al pequeño Javier, de once años, se le ocurriera decir:

–¡Es un delirio! Esto va a terminar mal.

Aquello bastó para que su progenitor, don Norberto, saltara del sillón para prodigarle una paliza impiadosa, ante la indiferencia de su madre, doña Alicia, y el horror de su hermanita Karina, dos años menor.

Fue como si los golpes y patadas que el niño recibía fueran para ella. De modo que se descompensó.

Doña Alicia, al tratar de reanimarla, le lanzó a Javier una advertencia:

–Tu hermana se va a morir y será culpa tuya.

Desde la pantalla, Galtieri les sonreía.

La cuestión es que los ingleses recogieron el guante. Argentina se rindió el 14 de junio de ese año, tras sufrir 649 bajas.

En medio de esas circunstancias, aquel niño se convirtió en un anglófilo de pura cepa. Tal vez la tunda recibida haya formateado su perfil ideológico.

El Día de la Marmota: de Galtieri a Milei

Pues bien, 44 años más tarde, Javier Milei, ya atornillado en el sillón de Rivadavia, sorprendería a propios y ajenos al dejar de lado su adoración por la señora Margaret Thatcher para encarar, al menos desde el campo diplomático, la recuperación de esos territorios insulares.

En este punto bien vale retroceder a 1852, cuando alguien (cuyo nombre se mantendrá en reserva para evitar suspicacias) introdujo en un libro titulado El 18 brumario de Luis Bonaparte el concepto de que las grandes tragedias de la historia suelen repetirse en forma de farsa.

Lo cierto es que esta determinación del presidente Milei lo prueba con creces, y no sin un agravante que la hace más atroz: su estructura de chiste.

Pero vayamos por partes.

Ya se sabe que, en su momento, Galtieri se lanzó a su affaire malvinero con el objetivo de revertir la crisis terminal que atravesaba la última dictadura.

El Día de la Marmota: de Galtieri a Milei
Foto: Presidencia

Pero la previsible derrota argentina aceleró su final, puesto que el poder militar tuvo que llamar a elecciones el 30 de octubre de 1983.

Ahora es un secreto a voces que el súbito fervor anticolonialista de Milei en el Atlántico Sur no es ajeno a la caída de su imagen en las encuestas. Y que el desgaste de su gestión le plantea un dramático final abierto.

También es notable otra similitud entre ambos estadistas: la creencia de contar con el apoyo de los Estados Unidos.

En el caso de Galtieri, esa fue una clave de su caída al infierno. Él creía a pies juntillas que Ronald Reagan no lo dejaría en banda.

En el caso de Milei, no está de más reconstruir esta comedia de enredos. Todo se originó durante una entrevista del Daily Telegraph a Donald Trump, publicada el 1 de septiembre, en la que le preguntaron si el Pentágono estaba evaluando quitarle el apoyo a la soberanía británica sobre Malvinas si Londres no subía el gasto de defensa para la OTAN.

La respuesta fue:

–Siempre reviso cada posición. Esa es sólo una de muchas.

Así es él de rebuscado con las palabras.

Se dice que al leer esta frase, a Milei le brillaron las pupilas, y no tardó en anunciar que dos días después le hablaría al país por cadena nacional. Una idea le daba vueltas alrededor de la cabeza. Y nadie se la desmentía.

El pobre había interpretado que Trump le acababa de ofrecer en bandeja la oportunidad de ser el restaurador de la soberanía argentina en las Malvinas. Algo que él, desde luego, no iría a desaprovechar.

A tal efecto, con la velocidad de un rayo, firmó al día siguiente el DNU 867/2026, por el cual la SIDE obtuvo en tiempo record una inyección de 30 mil millones de pesos para financiar los aspectos más vidriosos del asunto.

Lo curioso es que ningún espía de “La Casa” –tal como se le dice a ese servicio de Inteligencia– le advirtió que su idea era absolutamente errónea.

Ya durante la noche del jueves, flanqueado por sus ministros en el Salón Blanco de la Casa Rosada, leyó su mensaje al país.

Fue una representación única e irrepetible, ya que con voz monocorde y sin un ápice de rubor abjuraba de sus convicciones más atávicas.

Tanto es así que anunció el endurecimiento de las medidas para evitar la explotación ilegal de hidrocarburos en las islas por la compañía israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration, las cuales ya trabajaban con ahínco en la cuenca norte.

En su boca, tales medidas parecen increíbles. En realidad, se trata de un marco normativo ya existente, que él hasta ahora desestimó. Por si fuera poco también supo anunciar a viva voz la construcción de una base naval en Tierra del Fuego, aunque tuvo el poco tino de situarlo en un terreno que, previamente, sus funcionarios habían puesto en venta. La sobreactuación del presidente era para alquilar balcones. Con tamaña destreza interpretativa, recitó una batería de medidas para evitar la explotación ilegal de recursos naturales en las islas. El tipo hablaba como si fuera la reencarnación de Sandokán. ¡Un actorazo! Porque, en rigor, su brote anticolonialista es fruto e instrumento de la presión norteamericana sobre Inglaterra. En esta puja él es, en términos ajedrecísticos, un peón de Trump que pugna por llegar al octavo casillero.

El Día de la Marmota: de Galtieri a Milei
Milei en Santiago de Chile.

Pero en este tránsito, el lenguaje está plagado de celadas. Y una de éstas lo tomó desprevenido el viernes pasado en su breve visita a Santiago de Chile, cuando proclamó:

–Si analizamos con un mínimo grado de honestidad y nos comparamos con los gobiernos anteriores, está claro que nunca nuestro modelo funcionó.

Ya estaba por el siguiente párrafo cuando se dio cuenta de esa confesión involuntaria y, entre titubeos, la corrigió.

Pero ya era tarde: los portales viralizaban su lapsus con ahínco.

Poco después regresó al país con un humor de perros. «