Opinión

Tapar el sol con las manos

El jueves el presidente Javier Milei anunció por cadena nacional una serie de medidas para, según expresó, impedir la explotación petrolera británica en las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares circundantes.

Se trató de un discurso con fuertes contradicciones: fue Milei contra Milei. Es decir: el de este último discurso versus el de sus intervenciones anteriores sobre el tema.

Me pareció, además, un lanzamiento de campaña electoral, tratando de trasladar el eje desde lo económico, donde el gobierno tiene dificultades, hacia una gesta nacional como la recuperación de las islas.

La irradiación del debate alrededor de la soberanía territorial intenta ser puesta al servicio de desplazar toda discusión por la desindustrialización, el desempleo, la pobreza, el endeudamiento generalizado y el deterioro creciente de las condiciones de vida de la ciudadanía.

Más allá de cierto éxito de corto plazo, operaciones de este tipo suelen caer en el voluntarismo: nunca es posible tapar el sol con las manos. La realidad material de los bolsillos pesa más que el despliegue de un artificio.

Por otro lado, la probable creación de una base naval en Tierra del Fuego me recuerda lo que sucedió en abril de 2024 cuando Milei estuvo en esa provincia junto a la generala Laura Richardson, en ese entonces jefa del Comando Sur de los Estados Unidos. Allí el Presidente afirmó que esa base se haría con el apoyo del país del norte.

También en esta semana se celebró en la Argentina el Día de la Industria. En el acto conmemorativo, el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Martín Rappallini, sostuvo que el sector, “en materia de producción”, está en la actualidad “10% por debajo de los niveles de 2022”, con ramas que “registran caídas de entre el 25 y el 30%”. Además, manifestó que, tomando el periodo que se extiende desde agosto de 2023 a la actualidad, “se perdieron 90.000 puestos de trabajo asalariados registrados” en las fábricas.

Esta situación crítica se expresó también en las declaraciones de otro de los principales dirigentes de la entidad. El vicepresidente de la central fabril, Guillermo Moretti, afirmó refiriéndose al gobierno: “lo que estoy notando es que esta gente, primero, no conoce el país y, segundo, no conoce lo que es una industria. No tienen idea de lo que es una industria”.

Por otro lado, la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (Apyme), en un comunicado difundido ese mismo día, sostuvo que “la crisis del entramado productivo no responde a errores ni a un escollo pasajero, sino a la ejecución deliberada de un programa económico diseñado para excluir definitivamente a la industria nacional del futuro del país. Mientras los principales países del mundo protegen el trabajo local, la Argentina aplica un esquema de sustitución inversa que destruye la producción manufacturera, opera con capacidad instalada por debajo del 40%, convalida récords de importación de bienes de consumo bajo condiciones de competencia desleal y destruye miles de empresas y empleos registrados, junto con la quiebra de las cadenas de pago”.

El gobierno pretende reducir la política económica a lo que llama “la macro”: unas pocas variables monetarias, financieras y fiscales. Pero, en paralelo, deja afuera lo que tiene que ver con la vida de todos los días de los argentinos y de las argentinas. Es como si gestionaran un laboratorio. Porque la macro es la referencia, pero tiene que servir para mejorar lo que ellos llaman “la micro” (el empleo, el nivel de ingreso, la calidad de los servicios públicos, el nivel de la educación, de la salud, entre otros importantes temas). Por el contrario, si estabilizar la macro es a costa de empeorar “la micro”, lo que consiguen es una situación donde la mayoría de la ciudadanía verá deterioradas sus condiciones de existencia. Es como tener el paraguas cerrado cuando llueve.

Para intentar recuperar el apoyo social, el oficialismo recurre a una serie de frases hechas que no niegan el malestar, sino que lo restringen al presente prometiendo, a la vez, un futuro de bienestar. En ese marco se inscribe la frase reciente del Presidente: “la foto sigue siendo horrible, pero la película sigue siendo la mejor película de la historia argentina”. Nos hace recordar a otras frases similares: “ya vemos la luz al final del túnel”, “lo peor ya pasó”, “hay que pasar el invierno”, etc. Una política que desordena la vida de la mayoría de la población no cambia de la noche a la mañana. Los que sufren siguen sufriendo. Siempre que las cosas comenzaron a mejorar es porque hubo un cambio de política. Nunca ha habido magia y ahora tampoco la habrá. El futuro que prometen es una ilusión que está en el horizonte: nunca se llega.

El gobierno también hace uso de otra estrategia: echarles la culpa a las víctimas. Sin embargo, cuando una situación es masiva deja de explicarse por el comportamiento individual. Si dos personas tienen sarampión, hay dos personas con sarampión, pero si todo el mundo tiene esa enfermedad, hay una epidemia. No se puede tratar igual un par de casos aislados que una afección masiva. Siempre hay una empresa fallida por mala gestión, un endeudado que entra en mora o un trabajador que pierde su empleo, pero cuando hay millones de personas que no pagan sus deudas, decenas de miles de empresas que cierran, cientos de miles de trabajadores y de trabajadoras que se quedan sin trabajo, la conclusión lógica es que el problema no es de los individuos: el problema es del modelo.

El Presidente lo ha dicho varias veces: para él, la justicia social es un crimen, el cobro de impuestos es un robo y el Estado debe ser eliminado o llevado a su mínima expresión. Es una perspectiva general que define un modelo de sociedad y de país. Está claro que la Argentina no está en condiciones de tener industria textil ni metalmecánica, entre otros rubros, si no tiene regulaciones que las protejan. A la vez, esas regulaciones no deben suponer un perjuicio para los consumidores. La mejora de los ingresos a través de políticas de redistribución parece ser el camino adecuado. Sin un Estado fuerte nada de esto es posible.

El modelo en ejecución tiene como algunas de sus consecuencias la desindustrialización, el desempleo y la exclusión, por un lado, y la pérdida de soberanía, por el otro. En este contexto parece poco convincente la repentina preocupación del gobierno por Malvinas. El modelo continúa siendo el mismo.

Por Carlos Heller

* Presidente del Partido Solidario.

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