
Esta nota arranca con un inusual pedido de disculpas. En los próximos párrafos, el lector encontrará expresiones ciertamente desagradables, que no suelen ser utilizadas por personas que saben convivir en sociedad. En cualquier aula, empresa o familia, la repetida utilización de esas palabras, y en ese tono, suele ser causa de una sanción social o de una sanción disciplinaria concreta. El único atenuante que, tal vez, justifique su inclusión en una columna periodística es que esas expresiones no pertenecen al autor de la nota, sino al Presidente de la Nación. Es decir, que se trata de un material difícil de eludir porque lo que hace o dice un presidente —sobre todo estas cosas— ocupa un lugar central en la realidad de un país. Pero si el lector es sensible ante la grosería, el maltrato o la mala educación, tal vez debería evitar lo que sigue.
En las últimas 72 horas, el Presidente se refirió tres veces a la materia fecal para insultar a sus adversarios. La primera fue en un discurso ante el Council of the Americas, cuando apuntó contra quienes critican a Federico Sturzenegger, uno de sus principales colaboradores. “La realidad es que cuando ustedes vean a un sorete, a una mierda humana, criticar a Federico, es porque le está tocando el negocio a un prebendario”. Ese estilo se repitió unas horas después, cuando Milei atacó al periodista Manu Jove, conductor de una de las emisiones del streaming de Infobae. “Acomodando a la mierda humana”, escribió, para destacar una respuesta de la “Oficina de Respuesta Oficial”.
TEXTUAL DEL PRESIDENTE
“Para sorpresa de nadie la MIERDA HUMANA MAL CAGADA de Marcelo Bonelli mintiendo. Parece que a esta MIERDA HUMANA no la alcanzó haber mentido más de 40 veces… Más SORETE no se consigue. Evidentemente es una de las MIERDAS HUMANAS que apuestan a que el país le vaya mal”.

Las referencias escatológicas del primer mandatario tal vez inauguren una nueva etapa en su estilo de comunicación. Durante los primeros dos años de su mandato, su expresión preferida era “mandriles”, con la que descalificaba una y otra vez a sus críticos. Ese recurso mereció múltiples análisis porque contenía una referencia bastante precisa a la violencia sexual.
Milei siempre argumentó que solo responde los insultos que recibe. Las estadísticas desmienten esa justificación. Desde que asumió, créase o no, el Presidente promedió 400 tuits por día, de los cuales 60 han sido insultos contra alguien. Es un récord absoluto. En este periplo, hay preguntas que exceden por mucho el análisis político. ¿Qué es lo que anida en el alma de alguien que necesita insultar tantas veces por día? ¿Cuál es el sufrimiento psíquico que explica esa reacción? ¿Hasta dónde está dispuesto a ir con esa carga? ¿Qué errores lo lleva a cometer?
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En cualquier caso, esas agresiones solo configuran uno de los rasgos más salientes en un mes en el que la personalidad del Presidente se desplegó de manera muy generosa. Hubo gestos más graves que la utilización repetida de insultos degradantes.
El miércoles pasado, por ejemplo, fue detenido en Bolivia Fernando Cerimedo, un hombre clave en la campaña de 2023 que llevó a Milei a la Casa Rosada. Cerimedo fue tan poderoso en el entorno presidencial que su mujer, sin ninguna experiencia en el área, fue designada como número 2 de la Agencia Nacional de Discapacidad. Además, fue fundador de La Derecha Diario, el medio digital preferido del Presidente. Es socio de Juan Pablo Carreira, secretario de Comunicación Digital del Gobierno. Su abogado personal, Alejandro Sarubi Benítez, es una de las estrellas del canal de streaming oficialista Carajo, donde Milei concurre habitualmente, y también abogado personal de Milei.

Cerimedo está acusado de haber intentado matar a su última pareja mediante la contratación de dos sicarios que le dispararon varios tiros. El hecho es tan grave que la Justicia boliviana, a pedido de la fiscalía, dispuso que permaneciera detenido al menos por seis meses. En ese contexto, casi nadie en el mundo se animó a defenderlo. Una de las pocas excepciones fue el presidente Milei, quien se encargó de retuitear un montón de mensajes que burlaban a la víctima o ponían en duda su versión. El Presidente argentino acaba de defender a alguien sobre el cual recaen sospechas fundadas de haber intentado cometer el asesinato de una mujer a través de sicarios. Difícilmente se encuentre un antecedente de esta gravedad en la historia democrática argentina.
No fue esa la única agresión presidencial contra una mujer en estos días. El Presidente calificó de “asesinas” a las mujeres que pelearon por el derecho legal a interrumpir sus embarazos en los primeros meses de gestación. Ese derecho se respeta en la abrumadora mayoría de los países democráticos del mundo. Dijo Milei: “Estamos pagando muy caro la locura de los pañuelitos verdes. Hoy la Argentina no llega a una tasa de crecimiento de la población que permita la reposición. Por lo tanto, esa pasión por asesinar niños en el vientre de la madre también nos está costando caro en términos de crecimiento y ni que hablar en términos de política previsional”.
Es un párrafo riquísimo que revela, otra vez, rasgos psicológicos muy singulares del Presidente y una manipulación de argumentos muy extrema:
-Es muy curiosa la idea de que la caída de la tasa de natalidad es grave porque no permite “la reposición”. Pocas personas en el mundo verían el nacimiento de un hijo como un aporte a la “reposición”. Hay muchas formas de explicar el significado de un nacimiento. La idea de que se trata de “una reposición” quizá sea la menos afectiva y humana. Donde la inmensa mayoría de los seres humanos puede sentir una ternura infinita, Milei hace un cálculo.
-No hay forma de vincular la caída de la natalidad, que comenzó de manera abrupta en 2014, con la ley de interrupción del embarazo, que se aprobó en 2021. No dan los tiempos.
-La caída en la tasa de natalidad arrancó hace dos siglos, cuando la mayoría de las familias tenían más de ocho hijos, y coincidió con el mayor período de generación de riqueza en la historia de la humanidad. Requiere de un gran esfuerzo asociarla a problemas de crecimiento económico. Los países más ricos del mundo tienen una tasa de natalidad mucho más baja que los más pobres.
-Aun si la teoría de Milei fuera cierta, no hay manera de que los nacimientos que se frustraron después de 2021 afecten la recaudación previsional. Los niños tendrían hoy como máximo cinco años: no realizarían ningún aporte.
-Además, la Argentina no tiene un problema serio de faltante de trabajadores. Al contrario, expulsa gente hace muchos años: aumenta el desempleo, cae el trabajo en blanco. Si nacieran más chicos, crecería la magnitud de esos problemas, que el actual programa económico acentúa.

Antes de todo esto, el Presidente se desentendió del drama de los seis millones de deudores morosos: “Nadie les puso una pistola en la cabeza”, dijo. Luego atribuyó el problema a la compra de televisores durante el Mundial, que fue la menor de los últimos tres mundiales, y que comenzó cuando el proceso de mora ya estaba desatado. Hace apenas tres semanas, además, Milei convocó a la sociedad a que insultara al dirigente industrialista José de Mendiguren si lo cruzaban por la calle, otro episodio casi sin antecedentes: va a ser difícil encontrar a otro presidente que haya pedido a sus seguidores que agredieran a un ciudadano.
En los días previos a la reaparición del Presidente, se multiplicaron las crónicas que refieren a su creciente aislamiento y agresividad, a su incapacidad para aceptar críticas y sugerencias, a su irascibilidad incontrolable. Personas muy diferentes, como la propia vicepresidenta Victoria Villarruel o el colega Nelson Castro, han abierto preguntas sobre sus condiciones psíquicas. Es un debate muy clásico de las sociedades abiertas: lo han sufrido desde Cristina Kirchner hasta Donald Trump o Joe Biden. El Gobierno comenzó a denunciar que todo eso era una campaña para hacer quedar al Presidente como un loco, horas antes de que, justamente, apareciera con sus extrañas referencias a la materia fecal.
Más allá de eso, desde un análisis más político, corresponde preguntarse si aún funciona el estilo Milei, que en otros tiempos le fue tan útil. O sea, si lo que en otros momentos era magnético no empieza a generar una contrarreacción en un contexto de mayor rechazo social. Esa pregunta, en algún sentido, indaga sobre la capacidad de la sociedad argentina de resistir gestos de agresividad y autoritarismo inéditos por parte de su principal líder político. La democracia depende en gran parte de eso: de la disposición de los ciudadanos para limitar la prepotencia del poder, cuando esta se descontrola.
Porque si algo quedó claro en estos días de apariciones eléctricas es que el Presidente no cambiará en ningún aspecto.
Roberto Urquía, uno de los empresarios más poderosos del país, contó que los sueldos no alcanzan para cubrir la mitad del mes. Florencia Cabrera, una ex integrante de Gran Hermano, lloró en varios programas al anunciar que su familia debió cerrar el negocio textil que le permitía vivir toda su vida. “Había días que no entraba nadie: caja cero. Una se pone tristísima”. El consultor Miguel Ángel Broda explicó que “la mitad de las empresas que cierra, cierra al divino botón”. Otro economista liberal, Fausto Spotorno, manifestó su preocupación por la caída de la inversión. El riesgo país creció cien puntos en dos semanas.
El encuestador Facundo Nejamkis se sorprende semana a semana por los resultados de sus sondeos. En el último, el 75 por ciento de los encuestados contó que en el último mes no realizó ningún gasto por placer: ir a cenar, ir al cine o al teatro. El 48 por ciento no llega a fin de mes. El 60 cree que su situación empeorará en el próximo año. El 64 teme que alguien de su familia pierda el trabajo. El 63 cree que el culpable de estos problemas es el gobierno de Milei. El 54 cuenta que empeoró la calidad de alimentos que consume.
El Presidente no cree que nada de esto ocurra, que son todas conspiraciones urdidas por sus enemigos. Así que todo seguirá como está. A matar o morir. La historia de su vida.

