Cada día que pasa es peor. Mientras muchos compatriotas resisten en la defensa indeclinable del Río Paraná (ex maldita Hidrovía) también crece la resistencia a las bestialidades y torpezas de los dizque “libertarios”, que en realidad no “libertan” absolutamente nada sino todo lo contrario: torpes y necios, encima son burros, ignorantes y mentirosos. Y por eso están en camino de liquidación final aunque continúen sus choreos, adornis y demás yerbas.
También por eso es inútil esperar de ellos nada bueno y sensato, ni mucho menos sanas ideas y procedimientos. Los democráticos porque no les interesan ni los entienden. Y las ideas porque no las tienen más que malignas y en envases podridos.
El problema que plantean a la Democracia y a la Paz es que no las entienden y además son fóbicos a esas virtudes republicanas. Por eso son tan elementales cuando ven que el pueblo sufre entre otras razones porque no comprende su propia metida de pata, esa ingenuidad que los llevó a votar a patotas de bandidos infinitamente peores que los torpes y necios tripulantes –pero demócratas al fin– que estaban al mando del naufragio.
Por eso esta columna cree y entiende que, aunque sin arrepentimiento masivo, el pueblo argentino se está expresando ahora como furiosa y pobrecitamente puede, urgido por todas y tantas razones que lo asisten y lo han venido jodiendo de punta a punta.
Y es que no se aguanta más tanta farsa, tanto robo cotidiano, tanta traición mendaz a la derrotada mayoría que los votó –y atenti que derrota y pérdida no son sinónimos– si es que realmente los votó. Y es que cabe decir que al menos este columnista en todo momento ha dudado de esos guarismos, que son las cifras o números que expresan una cantidad y que se usan en comicios electorales. Y en cambio creyó y cree que los dizque “libertarios” primerearon resultados no confirmados, que nadie sabe ni sabrá jamás si verdaderamente fueron limpios o sólo anuncios truchados.
Pero lo cierto es que buena parte del pueblo argentino en pocas semanas empezó a arrepentirse de su voto, todavía no a los gritos pero sí en modo cada vez más sonoro. Y aunque luego se silenció un poco, es posible que retornen las protestas porque el mamarracho es intolerable.
El latrocinio, las continuas payasadas en el Poder Legislativo y la constante necedad gritona y patotera de las pandillas en el poder, así como el perverso vaciamiento de la Argentina laburante, abrieron el camino a la creciente colonización israelí que hoy ya se ve escandalosa en la Patagonia.
Y que sólo fue y es posible gracias a la tenaz y chupamedias complacencia del presidente Milei, y que ahora está entrando en un descontrol que esta columna augura delirante.
Y es claro que, como es previsible, a todo lo anterior habrá que terminarlo con urgencia en cuanto se recuperen la vida democrática y el trabajo honrado y justo. Verbigracia, cuando sean expulsados chorros y charlatanes libermongos.
De hecho, ahora mismo no son pocos los compatriotas que impulsan el pedido –el reclamo y exigencia– de renuncia presidencial. Que a este paso es muy posible que en no mucho tiempo más sea un gran clamor nacional.
Lo cierto es que cada día que pasa es mayor el sufrimiento de la inmensa mayoría del pueblo argentino. Que aguanta lo indecible como se ve en la televisión que, más allá de canales e ideologias, no cesa de mostrar a quienes hoy gobiernan como vulgares anestesiados de alma. O será que no la tienen, nomás, y capaz que es por eso que el Mileimato no termina.
Como fuere, ningún país del mundo se sostiene si por decretos o miedos su pueblo sufre tanto. Y menos si comprende su propia metida de pata al haber votado a tanto bandido autoritario.
El vaciamiento de la República Argentina, para colmo, se evidencia no sólo en el cotidiano mamarracho sino también en la creciente ocupación física territorial que implica la irregular y descontrolada invasión israelí apoderándose de los bienes naturales de nuestra Patria violada.
Todo eso habrá que terminarlo y retrotraerlo cuando sean expulsados los invasores y volvamos a la sana vida democrática. Y es por eso, por todo lo anterior, que este ciudadano y columnista se atreve a pedirle la renuncia al cipayo mayor y a cada uno de sus engreídos lamebotas, en la esperanza de que el pueblo argentino sabrá movilizarse para detener y expulsar a ese bandidaje.
Y cabe también una referencia a todas las decisiones y actos violatorios de las leyes de defensa y de seguridad interior, que sólo pueden ser modificadas por el Congreso de la Nación, único organismo autorizado para redefinir el rol de las Fuerzas Armadas, en tanto organismo democrático. Es por eso que estos tipos y el cipayaje apuntan, arteramente, a la destrucción final de nuestras Fuerzas Armadas. He ahí el quid de la cuestión.
