El Mundial, que es un fenómeno global y polisémico, levantó a tope las emociones, las batió. Por acá estamos tan agobiados por una sola paleta emocional -la angustia, el desconcierto, la amenaza-, que nos sacudió el deja vu de la alegría colectiva. Una observación sobre el primo Macri: se le nota mucho el afán de dar Alfa en la foto, y le sale mal: la policía de la Ciudad reprimiendo a gente bailando no transmite orden, transmite estupidez.
Me atengo a la llegada a cuartos, que es lo anterior a esta nota. Pero alcanza, porque lo que pude observar y sentir es tan intenso y tan contradictorio que estoy pasmada.
Antes de que empezara este Mundial, lo detestaba y sigo detestándolo porque Trump lo mancha todo. Veía llegar esa explosión de argentinidad que vivimos hace cuatro años, y me daba ira. Porque esa argentinidad no es la de la abuela lalala, a la que vienen cagando a palos y gases desde hace casi tres años, o se muere de cáncer porque el PAMI ya no le da los remedios, ni la que decide tirarse a las vías porque no quiere ser una molestia para sus hijos desocupados. No es melodramático. Es apenas una lista corta. Parecía que cualquier vieja era una abuela y terminó siendo una vieja meada.
No podemos quedarnos en el glaseado de una torta que por dentro está agujereada por gusanos.
Ese es el país que tenemos, y por más camiseta argentina que nos pongamos, este año el gobierno festejó el 4, no el 9 de Julio.
Sin embargo, pese a todo eso y mucha más impunidad y mucho más asco, lo colectivo tiene una fuerza descomunal, que lo traspasa a uno. Y no dejar entrar el aire en plena asfixia es de tarado.
El martes, después de ese final agónico, Messi puso en escena la dramaturgia perfecta para que se convierta en acción. No tirar la toalla, no darse por vencido ni aún vencido, y poder. Messi es mágico, y viéndolo jugar se siente una emoción equivalente a ver un Cezanne o un Turner. Podrá darle la mano a Trump, o no alzar la bandera palestina. No está en su esencia, como no está en la esencia de esta época la frontalidad, el compromiso político ni la noción de una causa. Pero como pueblo hemos resultado tan defectuosos, creyendo que una motosierra era ocurrente, que tampoco podemos tener héroes perfectos. Hemos tenido, en los términos simbólicos de los que hablo, dos héroes geniales y muy distintos, Leo y Diego.
El martes pasé en la radio un video viejo, con Diego cuarentón, diciendo que él nunca sería Beckenbauer ni Platini ni Pelé, y que la FIFA nunca sería su familia. “Está la Tota esperándome, yo no tengo una familia hija de puta. Yo con ellos no voy a transar”.
Ya superamos la etapa de Messi o Maradona. Son diferentes pero giran en la misma órbita milagrosa. Pero ahora, que toda la mugre se sopla en público, que Trump se jacta de su injerencia en cualquier parte y también de levantar sanciones de la FIFA, las palabras y las actitudes de Diego merecen ser revaloradas. Diego nunca se sacó su origen de la cabeza ni del alma. Fue Maradona, y no se mareó.
Mientras volvimos al universo celeste y blanco del Mundial, no festejamos la independencia porque ya no sabemos qué es. Y ése no es cualquier sentimiento. Provoca una tristeza demoledora.
Milei y la mayoría repugnante de gobernadores están escupiendo desde hace tres años sobre la patria. Y llegamos hasta acá, entre otras cosas, porque millones de personas no se acuerdan de dónde vienen, ni saben hacia adónde van. La ultraderecha fabrica apátridas.

