Milei insultando a periodistas es la replica de otro tiempo donde el poder también confrontaba con la comunicación política. Parecidos o diferentes, el camino del deja vu
Javier Milei
Néstor Kirchner ya no era presidente. Había dejado el poder en manos de Cristina Fernández en diciembre de 2007, pero continuaba conduciendo el Partido Justicialista y era la figura central del oficialismo de entonces. Si bien Cristina era la presidenta, los gobernadores debían pasar por la oficina de Olga Cossettini 1553 en Puerto Madero, donde Néstor tejía y tejía.
Kirchner consumía medios como si fuesen biblias. Durante un acto partidario en Caseros, el 9 de marzo de 2009, cuestionó la cobertura del diario Clarín sobre las elecciones provinciales de Catamarca. Entonces lanzó la frase que se convertiría en una consigna política: “Clarín, ¿por qué estás tan nervioso? Hacé democracia, porque la gente ya se está dando cuenta. Tranquilizate, por Dios, tranquilízate. Clarín, ¿qué te pasa? ¿Estás nervioso?”.
La frase, repetida y difundida por la televisión, se convirtió en un símbolo del enfrentamiento entre el kirchnerismo y el principal conglomerado de medios del país. Tenia su historia previa y por supuesto tuvo sus interminables días después.
No existían los hates en las redes. En la prehistoria cibernética carteleria publica en las calles de Buenos Aires con los rostros de Lanata, Joaquín Morales Sola y Magdalena, para que la militancia los escupiera en la calle.
Pero para comprender aquella escena hay que retroceder apenas quince meses.
El 7 de diciembre de 2007, en los últimos días de su presidencia, Néstor Kirchner había firmado el decreto que aprobaba la operación de concentración entre Cablevisión y Multicanal, empresas vinculadas al Grupo Clarín. Era una decisión de enorme importancia económica para el grupo.
En marzo de 2008 estalló el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y las organizaciones agropecuarias por la resolución 125 de retenciones móviles. La cobertura de los grandes medios y la posición del Grupo Clarín profundizaron una ruptura que ya comenzaba a manifestarse.
En octubre de 2009, siete meses después de aquella frase, el Congreso aprobó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El oficialismo la presentó como una herramienta para democratizar la comunicación y limitar la concentración. Sus críticos cuestionaron el contexto político en que se impulsaba y su aplicación sobre los grupos enfrentados al Gobierno.
El periodismo político y el poder público siempre se codearon con cercanía. En la Argentina, esa relación nació prácticamente con la patria. El 7 de junio de 1810 apareció el primer número de la Gazeta de Buenos Ayres, impulsada por Mariano Moreno para difundir los ideales de la Revolución de Mayo. Aquellas páginas no pretendían mantenerse equidistantes de los acontecimientos. Habían nacido para acompañarlos, explicarlos y persuadir a los habitantes de una ciudad portuaria donde comenzaba a discutirse el destino político de estas tierras. La prensa argentina no nació mirando al poder desde la vereda de enfrente.
El diario La Capital de Rosario, nació con apoyo de Urquiza para impulsar la idea política de considerar a Rosario capital de Argentina, el diario La Nación para blindar la gestión presidencial ya terminada de Bartolome Mitre, Clarin para exponer el pensamiento desarrollista industrial argentino, Ambito Financiero para el lobby de los centros de finanzas y Página/12 para ser el reflejo de una izquierda marginada en los debates públicos de los 80. La prensa política siempre tuvo claro su compromiso en función de sus ideas.

Con Javier Milei, la vieja disputa entre el poder político y el periodismo ingresó en otro territorio. El dirigente libertario comprendió que su público más fiel habitaba en otro lugar. En los medios tradicionales podía sentirse visitante. En las redes sociales jugaba de local. Allí encontró una generación que ya no necesita esperar el noticiero de la noche ni leer los diarios de la mañana para participar de una discusión política. Los fragmentos de sus entrevistas circulan por TikTok, Instagram, YouTube y X, multiplicados por miles de usuarios que los convierten en consignas, provocaciones y argumentos.
“Su “no odiamos lo suficiente al periodismo” recrea otro capítulo bestial de la intolerancia
Compartir
”
Milei llamó batalla cultural a una disputa que excedía largamente las decisiones económicas de su gobierno. No se trataba solamente de discutir qué debe hacer el Estado, sino de cuestionar a quiénes han asumido la autoridad para interpretar la realidad. Los periodistas, los intelectuales, las universidades y buena parte de las instituciones tradicionales quedaron incorporados a ese campo de confrontación. La novedad no es un presidente peleando con la prensa: sino que puede hacerlo desde un sistema de comunicación propio, sin depender de que un editor, un conductor o un diario le concedieran la palabra.
La diferencia con los Kirchner en el método, aparece aquí. Néstor Kirchner discutía con Clarín porque reconocía su enorme capacidad de influencia sobre la opinión pública. Milei también reconoce ese poder, pero apuesta a disputárselo desde afuera. Donde antes había una tapa de diario capaz de ordenar la conversación pública, ahora conviven millones de pantallas que producen, reproducen y deforman los acontecimientos a una velocidad desconocida. El poder ya no necesita convencer a un director de periódico para llegar a su audiencia. Pero tampoco puede garantizar que lo que dice sea sometido a las preguntas que el periodismo tiene la obligación de formular.
Cuando Milei plantea la escena de militar el desprecio a los cronistas repite la formula de los peores momentos de las democracias en el mundo. Cuando insiste en su “no odiamos lo suficiente al periodismo” recrea otro capítulo bestial de la intolerancia. En otros tiempos los periodistas debían huir para evitar condenas a muerte o eran auto silenciados para sobrevivir. En otros países redacciones enteras sufrieron el escarnio intolerante enterrando a sus redactores (como el caso de Charlie Ebdo en París) por publicar contra el Islam.
La escalada verbal del presidente Milei contra periodistas que investigaron el caso $LIBRA provoca una reacción que trasciende las redacciones y obliga a comprometer a toda la sociedad. El Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA), que reúne a unas 600 compañías responsables de una porción significativa de la actividad económica nacional, difundió ayer un comunicado reclamando respeto por la libertad de prensa y un debate público sin descalificaciones.
La entidad recordó que quienes fueron elegidos para gobernar tienen una responsabilidad especial en la calidad de la discusión democrática y advirtió: “Los agravios a periodistas en el ejercicio de su función contradicen ese deber”. El pronunciamiento resulta significativo porque proviene de un sector que mantiene un diálogo permanente con el poder político. Esta vez, los empresarios consideraron necesario intervenir para recordar que la convivencia democrática también depende del respeto a quienes preguntan, investigan y publican aquello que el poder preferiría discutir de otra manera.
La libertad tan aclamada también necesita que el periodismo respire libremente. Hay herramientas legales contra la calumnia y la injuria, si acaso el Poder Político necesita usarlas en los tribunales. Incluso con la “bad information” que tanto molestaba a Cristina Kirchner en sus tiempos emperatrices. El agite intolerante es el espejo espeso de un país bruto y frágil. Codo a codo, el rey, la reina, se quejan de la imagen que devuelven sus espejos.
Quieren ser hermosos y cuando claramente no lo sean la culpa no será del espejo.



