Una vergüenza nacional
El periplo español de El Hermano fue tan indigno que incluso sobresalió por sobre el fallo de $LIBRA, los insultos a periodistas y los números de la economía, que desnudan el modelo fallido. Pero la oposición sigue haciendo más por su continuidad que él mismo.


Más allá del pornográfico fallo sobre $Libra y de los datos económicos que remarcan una caída de la actividad en prácticamente todos los rubros, la semana política sobresalió, inclusive entre los medios de derechas, por la indescriptible vergüenza que El Hermano nos hizo pasar a todos los argentinos en su visita a España.
De acuerdo con una constatación ligera pero difícilmente desmentible, no hay antecedentes de un jefe de Estado que haya incurrido en semejantes bestialidades retórico-institucionales en ningún periplo, de ningún tipo, durante su estancia asimismo ridícula en otro país.
Concedamos dejar de lado que, nuevamente, a solos efectos de su interés particular, le pagamos su viaje con “la nuestra”. Apartemos que lo ningunearon, con explícita vocación de rechazo, sus aliados de derecha y extrema derecha. A esta altura son casi imperceptibles las diferencias entre una y otra, es cierto, pero como símbolo de lo que provocó no es un dato aleatorio.
Tenemos un Presidente animado a decirle “dictador” a su par español, convocando textualmente a sacarlo a patadas.
Tenemos un desequilibrado manifiesto que insulta a periodistas del lugar que visita, para volver al país y vociferar nombres y apellidos que deberán arder en la hoguera.
Tenemos en la primera magistratura a quien rota entre ser un hazmerreír internacional y despertar asombro por eso mismo.
Tenemos en rango presidencial a quien es capaz de filmarse diciéndole al jefe de la oposición visitada que “pensé que no me querías más”, porque el jefe ese ni siquiera se dignó a recibirlo debido a su carácter de mancha venenosa. Y a un Rey de España que también le dio vuelta la cara, explicándole el protocolo básico de pedir audiencia con anticipación y con un marco de recepción inmodificable.
Es probable que se haya acabado toda creatividad descriptivo-literaria para referirse a lo que Javier Milei protagonizó en España. Pero es pertinente preguntarse acerca de cuánto influye este acontecimiento espeluznante en la percepción y voluntad del pueblo argentino. O de sus sectores decisorios.
Los hechos de corrupción presuntos o fuertemente indiciados, tales como “el profe” Espert que ingresó a procesamiento, cripto-Adorni, el ¿avance? judicial por las maniobras incalificables con medicamentos y la Agencia de Discapacidad, suelen rotularse como capítulos que “sacuden al Gobierno”.
¿Qué significa, en profundidad, esa definición? ¿Acaso que el “costo político” de esos sucesos ya no tiene retorno y que, por tanto, el oficialismo lo pagará en las urnas del año próximo? ¿O son circunstancias pasajeras que sólo en su momento se agregarán, o no, al estado y perspectivas del bolsillo de las mayorías junto con si habrá, o no, una opción opositora nítida?
Análogo, el comienzo del juicio por la causa Hotesur-Los Sauces pareciera indicar un nuevo golpe demoledor contra Cristina, su hijo y lo rápidamente definible como “kirchnerismo” en, sobre todo, su acepción de “retorno del pasado”.
¿Alguien cree con serenidad y seriedad analítica que eso influirá, con tiempos judiciales definitorios a años vista, en la intención y concreción de voto del universo peronista?
¿Bajo qué criterio ésa y otras andanzas judiciales, de la persecución sobre CFK, reemplazarían la chance de que el espacio progresista puede y debe ganar gracias -de piso- a definir una candidatura acordada o sufragada en interna propia?
En síntesis, suele regir con demasiado apuro ese sambenito del “costo político” que tales o cuales pagan porque, en instancias puntuales, afrontan paisajes adversos.
La patria consultora, de cuya injerencia en la realidad cotidiana cabe dudar (casi) absolutamente siempre, es otra de las grandes ficciones o chantadas del vértigo argentino.
Hay profesionales de ese ámbito más honestos y creíbles que otros, como en cualquier actividad. Pero, con los antecedentes de que se dispone, jamás aconteció que produzcan revelaciones rimbombantes. Confirman lo que está al alcance de las impresiones obvias.
Así, las encuestas publicadas dan por resultado el interés de quien las pagó. Con incidencia aplastante, son relevamientos no presenciales porque hacerlos cara a cara sale carísimo. Las preguntas son retóricas. Entre las conclusiones invariables figura que el estadio económico es inversamente proporcional a cuánto la corrupción le importa a “la gente”. Si estoy más o menos bien te la dejo pasar. Y si se viene la noche, te la facturo.
Más, claro, el alto y también inalterable porcentual de ese “la gente” que decide su voto en los días y hasta horas previas sin que interese, mayor o mínimamente, cuál es el “proyecto” que hay detrás.
Esto ya lo demostró El Hermano en las últimas presidenciales. Tener potencia y unos cuantos disparadores-motor, capaces de sintonizar con el humor masivo del tiempo que le toque.
Nada de grandes planes, en su sentido de saber globalizar el descontento perpetuo con proyecciones específicas.
Motosierra contra la casta. Echar empleados públicos. “Identificar” enemigos poderosos desde la impunidad del panelismo televisivo, y luego como candidato. Presentar imagen disruptiva contra los modositos de enfrente. “Sinceridad” estética de sujeto rebelde, furioso, indignado, frente a los que no hicieron nada para “mejorarme” la vida siendo que esa vida mejor la quiero ya, porque lo único perpetuo es el presente inmediato.
Mejor loco por conocer que blandengues conocidos.
De ahí en más puede concluir en que el mamarracho respectivo dé vergüenza ajena incluso entre quienes lo votaron, por su imagen propiamente dicha o porque empiojó todo lo que estuviera mejor.
Apenas aferrado de que la inflación no es la dejada por el gobierno anterior (lo de “apenas” no pierde de vista el influjo quizás clave de, aunque sea, poder calcular ingresos y egresos paupérrimos con cierta “normalidad”), ese activo del gobierno de Milei tiene todavía una preponderancia muy estimable. Lo ayuda, y cómo, que ninguna variante opositora presente credibilidad alternativa.
Se podría asegurar o arriesgar que la oposición “trabaja” mucho más por Milei que lo que este —sus patronales, en rigor— hace por sí mismo.
El momento en que esa caracterización tenga un límite será el estipulado por el surgimiento de unas ideas-fuerza concretas, en dirección a aspectos relacionados con la cotidianeidad de las mayorías. Alguna vez, ya se los ensayó en este espacio en mero rol de interrogante.
¿Sería una formulación directa sobre el drama de la vivienda? ¿Algo relativo a la producción de cercanía en alimentos? ¿Una propuesta robusta respecto de que tales fondos para ejecutar tal política de reparación colectiva provendrá de afectar equis intereses?
Hablamos de eso que unos y otros ya establecieron discursivamente como “la micro”, porque hasta el especimen desorbitado que ejerce de Presidente acaba de reconocer que está frenado el efecto de “la macro” sobre las sensaciones populares.
Milei adjudica ese parate a factores completamente externos, emparentables con lo que Menem hizo pasar a la historia como “casualidades permanentes”.
El riojano aludía de esa manera a la sucesión de escándalos de corrupción que le brotaban sin cesar. No a la economía. Al cierre de su primer lustro, cuando ya estaba claro que no era un guapo federal de índole nacionalista, no le fue nada mal.
En línea con lo señalado, a propósito de la influencia de la corrupción y la percepción de la economía, Menem ganó cómodo las presidenciales del ’95 gracias al voto-licuadora.
Primero lo estable de la convertibilidad, el uno a uno, aprovechar la entrada de divisas con venta mediante de las joyas de la abuela y, en fin, si hay un festín grasa de corruptelas escandalosas, más una Corte de mayoría automática que lo avala, se mira para el costado.
Era la interpretación noventosa y generalizada de lo que hoy es el RIGI, el SúperRigi, la Inocencia Fiscal I y II y siguen los símbolos repetidos, con la distancia de que en el menemato había, sí, grandes títulos, pero antecedidos por la fantasía de esa estabilidad dolarizada que terminó como terminó.
Ahora, El Hermano usa el recurso para desprenderse de toda responsabilidad propia en otro plano. Pueden ser la guerra ruso-ucraniana, el estrecho de Ormuz, los bonos estadounidenses, el riesgo-país afectado por la suma de esos y otros ingredientes. Obvia, por supuesto, que, frente a ese tembladeral, ata su suerte a la que vaya a correr el anaranjado en jefe.
Seguramente, alguien le habrá avisado sin éxito que, aun dentro de sus horrorosas limitaciones de vocabulario, sus reacciones de estúpido conceptual y su certeza de que le encaja bien seguir siendo fiel consigo, no le conviene continuar produciendo un papelón tras otro cada vez que aparece.
Eso es, reiteremos, lo coyuntural.
Lo estructural pasa por otro lado. Discurre por ése en el que lo que haga o deje de hacer la oposición es, inmensamente, más preponderante que lo que persistirá en seguir haciendo el Gobierno.
