Lewis Carroll era matemático y lógico, además de un escritor de ficción que se convirtió en clásico. Es difícil imaginar la destreza con la que caracterizó a los personajes de Alicia en el País de las Maravillas sin esa mente ordenada y calibrada. Tanto, que encontró alivio en la creatividad, que lo desordenó todo. Siempre me ha llamado la atención, entre esos personajes, El sombrerero loco.
La historia de Carroll contiene información oculta, al menos para los lectores de este tiempo. Al Sombrerero loco nunca se lo llama así en la obra, pero las características que le asigna Carroll hicieron asociar ese personaje a los primeros lectores de la historia con la frase usual de entonces, “loco como un sombrerero”. En ese oficio abundaba el desequilibrio mental, provocado por el mercurio que se usaba para fabricar sombreros de fieltro.
Al Sombrerero loco, La reina de corazones lo persigue al grito que “¡Que le corten la cabeza!”. Es una de las cientos de escenas en las que lo normal es lo ilógico, y por eso a Alicia en el país de las Maravillas se la considera el mejor exponente del género del nonsense (sinsentido), que fue cultivado en el siglo XIX en la literatura infantil y juvenil.
El sombrerero está tan loco que quiso matar al tiempo. Y en castigo, el tiempo lo castigó dejándolo atrapado para siempre en las seis de la tarde.
En los últimos años, desde la pandemia, hablé muchas veces del nonsense porque me parecía ver una encarnación extraña de ese género antiguo aplicado a la geopolítica. Fue un crescendo en el que las redes apostaron mucho, y recogieron algunos personajes políticos como Milei. La guerra cognitiva hay que pensarla siempre como geopolítica, porque no es otra cosa que colonización mental y emocional que facilita la colonización territorial. Esta recolonización que intentan supone la eliminación de toda idea o palabra o persona que los contradiga. No tiene sentido. Ellos, los Thiel y sus bro, quieren fusionar lo humano con la máquina que ellos controlan. Son sombrereros locos pero delas pesadillas. Es el nonsense aplicado al mal.
Cuando empecé a pescar, hace unos cuatro o cinco años, indicios discursivos que marcaban un regreso del nonsense destinado a la perturbación mental de enormes mayorías o múltiples minorías, algo tembló.
Lewis Carroll era lógico y fue su mente lógica la que fue capaz de crear personajes completamente ilógicos. El resultado fue ese viaje parabólico de la rutina a la aventura, de la normalidad a lo inesperado, de lo cuerdo a lo loco. Pero Carroll se metió en ese viaje para entretener a una niña, no para abusarla. Y ése fue su escape, no su calabozo.
Para Milei el sinsentido es un calabozo. Ese con el que amenaza a cualquiera que lo contradiga. Sus brotes y ataques de nervios son muy parecidos a lo que en los niños de dos o tres años se le dice berrinche. El gran problema es que hace mucho daño, un daño que debe ser detenido con todas las fuerzas que tengamos.
Esta reaparición siniestra del nonsense genera escenas como la de el lunes pasado, cuando Milei aseguró con su voz dañada por la impostura que creció el empleo, que creció el consumo y que subieron los salarios. Que lo que hace quebrar a las empresas de mermelada es que se come mucho huevo. No puedo imaginar afirmaciones más ilógicas que ésas, hoy, en este país mutilado, lleno de dolor y de impotencia, de pérdidas infinitas y confusión desparramada hasta en la oposición, que no encuentra la punta del ovillo para empezar a dar puntadas hacia una victoria.
Hoy lo que sería una verdadera victoria es devolver a la realidad, al mundo lógico, ése en el que llueve de arriba para abajo, en el que la cartilla de vacunación se da por hecha, y a la cárcel van los culpables y no los inocentes.
En lo político, el cuadro es de una excepcionalidad institucional, moral y económica de tanta gravedad que lo primero que hay que mostrarle a esta sociedad descompuesta son pensamientos lógicos, entendibles, claros, potentes. No lo estamos haciendo. Deberíamos repetirnos diez veces antes de dormir: nosotros somos los que debemos aferrarnos a la razón. Porque la pasión esta vez, en este contexto internacional escalofriante, ya viene puesta: hay que vencer, o lo perdemos todo.

