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El único antídoto es el modelo de país

Cuando un argentino con cierto kilometraje dice que “hay que darle tiempo”, está haciendo gala de su “analfabetismo político”, aquella definición de Brecht, que hablaba de la imposibilidad de descubrir al enemigo. El libertario ejecutando el plan neoliberal de siempre es fruto, entre muchas otras cosas, de una batalla cultural perdida. Por lo tanto, el que cree que el dolor del presente será felicidad mañana, es un deshistorizado que no puede procesar que en Milei se repite Martínez de Hoz, regresa Cavallo y vuelve el macrismo. No logra descifrar que el problema es el modelo, mientras acusa al pasado de mala praxis y deposita toda su esperanza en el presente. Las cuatro aplicaciones del modelo de colonia en los últimos 50 años no fueron exactamente iguales, fruto de las condiciones que impusieron la política internacional y el contexto nacional, pero respondieron al mismo ADN, bancaron su columna vertebral y fueron complementarios.

La última dictadura cambió la matriz económica, de la mano del terrorismo de Estado. Terminó con la industria nacional vía importaciones y armó una inédita liberalización financiera, eliminando controles cambiarios y abriendo de par en par las puertas del mercado de capitales. La deuda externa pasó de 7 mil millones de dólares a más de 45 mil.

En la década del 90, se produjo el segundo industricidio y el proceso de endeudamiento fue más alocado. La convertibilidad menemista se impuso a base de deuda y recaudación de las privatizaciones que dejaron el concepto de Nación en terapia intensiva, más un tipo de cambio fijo que atrajo capitales especulativos por cerca de 90 mil millones de dólares. La deuda bruta para sostener esa paridad ficticia con el verde pasó de 60 mil a 145 mil millones de dólares. La Alianza sumó Blindaje y Megacanje. Agregó a los compromisos externos 40 mil millones de dólares con la primera operación y 53 mil con la segunda.

Con el macrismo nació el tercer atentado contra la industria nacional y con Lebacs y Leliqs regresó la “patria financiera”. Cuando la “revolución de la alegría” levantó el cepo, entraron poco más de 100 mil millones de dólares de capitales timberos en menos de tres años. El esquema quebró en 2018, cuando la deuda externa pasó de 157 mil a 250 mil millones de dólares. Macri fue rescatado con un préstamo récord de 54 mil millones de dólares del FMI. Los “republicanos” agregaron el “lawfare” para preservar los privilegios de la minoría. Instalaron una guerra judicial con causas armadas para lograr la proscripción eterna del proyecto de país y la cárcel para sus dirigentes símbolo.

Entre estallidos mayúsculos y remezones débiles, los defensores del mercado crearon el desastre 1980-1981 (quiebra del BIR, tres devaluaciones y Circular 1050), la corrección ortodoxa de 1985 (los espejismos que instalaron el Plan Austral y el Primavera) y el golpe de mercado de 1989 (hiperinflación). A partir de julio del 89, fracasó el Plan BB (no frenó el aumento del costo de vida y profundizó la recesión), el Plan Bonex de Erman González (canje forzoso de los plazos fijos, para sobrevivir) y la convertibilidad (renuncia de la soberanía monetaria y monstruoso crecimiento de la deuda). Esa línea de tiempo de poco más cuatro décadas terminó en diciembre de 2001 con el 24% de los argentinos sin trabajo, 53% debajo de la línea de pobreza, 180 mil millones de dólares de deuda, 14 cuasimonedas, un país en peligro de fragmentación y 39 muertos.

Caputo repitió con Milei la misma receta que desarrolló con Cambiemos. En menos de dos años, los intereses de la bicicleta financiera y los vencimientos de deuda quemaron más de 20 mil millones de dólares del blanqueo inicial, 18 mil de la primera liquidación sojera y cerca de 10 mil que aportaron entidades como el Banco Mundial y el BID. En abril de 2025 recibió 20 mil millones del FMI, en septiembre un swap del Tesoro de los EE.UU. por otros 20 mil y un mes después apareció Bessent frenando una corrida cambiaria con otros 2 mil millones.

La semana pasada Caputo pasó la gorra por el Fondo (mil millones), el Banco Mundial (dos mil millones) y el BID (550 millones). Está armando una garantía para retirar de Wall Street un crédito de 10 mil millones.

El camino que recorrieron todos los integrantes del staff de la derecha a la hora de gobernar muestra que dedicaron el último medio siglo a la aplicación casi religiosa de un esquema económico efímero. Ejecutaron un plan que exclusivamente brinda ganancias suculentas al 10% del país y que se consume en poco tiempo.

Ninguno de estos procesos perduró lo soñado por ellos, siempre fueron inconclusos y no tuvieron Plan B. No existió un volantazo correctivo, no hubo giros hacia un modelo productivo en las dos etapas de Mingo y mucho menos en el macrismo, que se comió un alto porcentaje de los 45 mil millones de dólares del FMI para cumplir con intereses y capital del “carry trade”.

Entre Macri y Milei, Alberto Fernández como “administrador de la crisis”, traicionando al espíritu de los votos que lo convirtieron en presidente y confirmando que si no le ladrás al “poder real”, el “círculo rojo” te muerde.

Cuando Néstor reestructuró la deuda, le pagó al Fondo y le dijo NO al ALCA, Argentina tuvo casi una década de independencia económica. Hasta 2008, la economía sostuvo un crecimiento a un promedio superior al 8% anual, el período más largo de los últimos 100. Remando contra la corriente, Cristina lanzó una batería de medidas en plena crisis de las hipotecas, que generó que Argentina siguiera por TV aquella debacle planetaria. Dejamos de tener pulmonía ante el primer estornudo de los países centrales, pero sin duda esa quiebra del capital que se llevó puesta a media Europa dejó secuelas. Había que ajustar las tuercas del déficit fiscal e inflación y operar sobre la fatiga del cepo e Impuesto a las Ganancias.

Después de 12 años, el balance mostró que el kirchnerismo le dejó a los conservadores una economía productiva en funcionamiento, capacidad de compra asalariada, el mejor sueldo medido en dólares de América latina, deuda externa ordenada, reservas, refundación de la ciencia y la tecnología, Fondo de Garantía de Sustentabilidad y la recuperación del agua, YPF, jubilaciones y Aerolíneas.

La “década perdida” está liderada por la pulsión destructiva ilimitada que corre por las venas del neoliberalismo local, donde no solo es importante quedarse con el botín, sino dejar tierra arrasada.

Lo que los “analfabetos políticos” llaman Plan B, no es otra cosa que el proyecto nacional, basado en la industria nacional y en sueldos fuertes, para dinamizar desde allí el círculo virtuoso de la economía. El neoliberalismo es incompatible con esta visión de justicia.

Nunca hubo Plan B, no hay ni existirá jamás de la mano de la derecha, porque su misión es la transferencia de recursos. La otra cara de esta moneda anida en el país de sustitución de importaciones, distribución de la riqueza y desendeudamiento.

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