A pesar de los años, el lugar parece inconfundible, las rajaduras son el vestigio de lo que quedó en pie del local del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas, aún algunos años después de que en la larga noche, manos oscuras intentaran borrarlo, sin éxito, de la superficie terrestre.
Tomando la posta, con las luchas crecientes desde lo clandestino, en los albores de los ochenta fuimos recuperando y ganando nuevamente ese espacio para la libertad.
Las mesas, inconfundibles, seguramente colaboración del bar «Machi», escorado también por aquella bomba y reducto de reuniones desde horas tempranas, que aún en épocas donde se podía fumar a mansalva en lugares cerrados no perdía su entrañable olor a papas fritas.
Y en ese escenario despojado, un puñado de veinte jóvenes sonrientes, con toda la prepotencia juvenil que la dictadura no podría nunca acallar.
Reconozco aún hoy a pesar de los años a la mayoría del elenco, aunque destacan en pose shakesperiana el «Totito» Monserrat, a la postre dueño de la foto que por la magia de las redes aterrizara en mi ordenador para dar rienda suelta a la nostalgia. El otro en inconfundible pose futbolística, y que en vez de sostener una pelota intenta que una enflaquecida pierna y su pie mantengan la vertical, ese sin dudas «Ricardito» Nidd.
El resto de la utilería, algunos preparados de anatomía que no alcanzo a inteligir, seguramente tomados a préstamo sin aviso del Museo de Anatomía Normal…
De los restantes, algunos éramos ayudantes de cátedras de primer año y dirigentes estudiantiles, y otros ingresantes que el régimen con sus mecanismos restrictivos había dejado afuera de las aulas.
Desde ese local ya un año antes habíamos «recuperado», con una mesita prolijamente instalada en la esquina, todas las chequeras que las autoridades de la dictadura en la facultad habían entregado a los estudiantes en un intento de arancelamiento universitario, batalla que perdieron por goleada, se las devolvimos casi todas, una gran victoria del estudiantado que de ese modo contundente también legitimaba a su centro de estudiantes.
Así fue que quienes quedaron sin ingresar en el último examen de la dictadura, tuvieron el mismo cursado que los alumnos regulares, garantizado por el Centro de Estudiantes, constituyendo así un núcleo de ingresantes organizado alrededor de este cursado. De allí seguramente proviene esta foto.
El paso siguiente del Centro y de la FUR, fue una medida política arriesgada por el ingreso irrestricto, consigna irrenunciable del movimiento estudiantil reformista, así se decidió una huelga de hambre en la vereda del rectorado, Córdoba e Italia. El núcleo más importante valga reconocerlo a la distancia fue de Ciencias Médicas y área salud.
Tengo vívida la imagen de la alegría desbordante de Ricardito cuando vino a saludar a los huelguistas Guillermo Estévez Boero y el comentario del «Tano» Basile: «Y… es como si a nosotros viniera a saludarnos el Che»
No está demás decir que esa huelga significó el fin de los exámenes de ingreso en la universidad y que terminó con la renuncia de Humberto Ricomi, quien además de usurpar el cargo de Rector de la UNR, era el presidente del Consejo Interuniversitario Nacional de la dictadura.
Salvando los años y las distancias, Ricardito, ya más viejo, está por terminar un mandato como Decano de la Facultad y aspira a su reelección.
No me sorprendió que en uno de los primeros gestos de su Decanato viajara acompañando la marcha de COAD a Buenos Aires, el hombre ha seguido sosteniendo tozudamente las mismas ideas, el mismo compromiso con los principios de la Reforma Universitaria, de la educación pública, poniendo la Facultad a la altura de los debates actuales de la sociedad y demostrando públicamente una coherencia entre esa foto de ayer y la actual que merece ser reconocida, de allí la necesidad de escribir estas líneas justo por estos tiempos en los que me vengo a enterar que otros postulantes han sido funcionarios o profesores en universidades privadas.
