Con una atípica Copa del Mundo ya en marcha, la calle late todavía con tibieza sus celestes y blancos como para cumplir, a la espera del debut de la Selección.
Joaquín D. Castellanos
Por Joaquín D. Castellanos
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Sebastian Granata
Ya colgaron de una soguita tirante, en el cantero central del bulevar las casacas albiceleste y el pabellón nacional multiplicado como ropa tendida. ¿Flamean al ritmo frenético de la mercadotecnia o bailan en el viento de esa conocida ansiedad compartida por el montón, acá en la antesala de un nuevo torneo ecuménico de fútbol?
No hay plata
-¿Vende figuritas del Mundial? -quiere saber un chico al que la mamá lo dejó ir corriendo a preguntar.
-No, no tengo… tengo un montón de camisetas de Messi -responde en un intento por redireccionar el interés del pequeño potencial cliente, el vendedor.
En el suelo, en una manta de no más de metro y medio, hay un montón de camisetas argentinas estiradas unas sobre otras, algunas puestas al revés, con el 10 y el apellido que es sinónimo de ese número, como si fueran las cáscaras vacías de una hinchada que todavía no salió a vivar al Campeón del Mundo.
No hay compra, finalmente, ni la habrá todavía por un buen rato. Sólo se contestarán consultas de los transeúntes que pasen preguntando cuánto cuestan: “20.000 pesos las más grandes y 15.000 las más chicas”, se repetirá como una cantinela que se quedará en eso, sin operación comercial alguna.
“Y… algo se vende”, dice el vendedor ante la consulta de Rosario/12, aferrado a ese optimismo extraordinario que requiere su oficio. “La verdad es que está duro”, agrega enseguida sincero. “Es que la gente no tiene guita”, apunta otro hombre que también vende a paño en el piso artículos de otro rubro. Es el único puesto callejero que vende camisetas de la Selección argentina en más de cuatro cuadras por la peatonal San Martín.
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Por Rioja hay algunos puestos callejeros fijos que venden todo el año camisetas del fútbol argentino e internacional, y que ahora montaron también su mostrador de casacas de la Scaloneta. “Antes para el Mundial siempre se hacía una buena diferencia pero ahora como viene la cosa no pasa nada. Ojalá que juegue la Selección y vengan todos a comprar camisetas pero la verdad es que no la veo…”, dice un vendedor algo más derrotado, sin tantas expectativas.
“La gente está triste. Los que no pueden comprar y los que no vendemos. Todos tristes. Yo siempre fui vendedor ambulante y ahora no veo a ninguno que te esté ofreciendo la camiseta cuando vos pasás caminando. No hay ni ganas. Está muy difícil”, dice.
Calle San Luis no falla
Los cotillones sí tienen ínfulas mundialistas: camisetas, réplicas de Copas del Mundo de todos los tamaños, globos, muñecos para tortas, escarapelas gigantes, banderas, manteles, vasos y platos. Las vidrieras blanquicelestes estallan en un paisaje fenicio en el que esa combinación de colores se repite no solo en camisetas y camperas de fútbol: también hay remeras, buzos, pantalones, ropa de dormir, todo con el agregado del solemne sol de la bandera en muchos de los casos.
Cada tanto en la puerta de entrada a los comercios hay un cartel que informa que ahí “NO HAY FIGURITAS DEL MUNDIAL”.
Hay un local de ropa que como llamador armó un atractivo perchero con todas las variantes de camisetas de Argentina (además de la tradicional hay azules, negras con azul, violeta, una que tiene unos vivos dorados, entre otras). El dueño del lugar traza su mirada sobre cierta quietud que tiene todavía el negocio de la venta de camisetas. “Va levantando de a poquito. Hay que tener en cuenta que el Mundial pasado fue en diciembre, que siempre tiene otro movimiento, y además todavía no jugó la Selección”.
En la misma cuadra, metros antes de llegar a la plaza Sarmiento otro comerciante desnuda un detalle significativo: “Se están vendiendo especialmente camisetas para chicos porque tienen que ir vestidos así a la Jura de la Bandera”. Es muy fácil que el rumor mundialista se confunda con el fervor patriótico: el equipo dirigido por Scaloni va a debutar cuatro días antes del Día de la Bandera.
Pero los artificios comerciales no terminan ahí: el domingo siguiente a Argentina-Argelia es el Día del Padre y ¿qué mejor que regalarle a quien nos regaló la vida una camiseta o algo de la Selección?
Banderas y flores
Como vendedora de banderas y camisetas de Argentina, Imelda tiene ya seis mundiales encima. Lo dice con certeza después de sacar la cuenta con los dedos. Es una mujer que hace 34 años vende flores en la zona de Santa Fe y Avellaneda, y que siempre para los días del furor mundialista le ha hecho un lugar cerquita de la calle a la indumentaria de la Selección.
Ahora tiene dos exhibidores con camisetas para chicos, banderas no tan grandes, porras, gorritos, vinchas, colitas y otros accesorios, todo celeste y blanco.
Conversa con otra señora que pasea a un perrito negro, menudito y lanudo. Ante la consulta de cómo viene la venta, la que contesta no es Imelda, la vendedora, que se limita a enarcar las cejas. “Nadie llega a fin de mes, la gente no tiene para comer… ¿qué camiseta va a comprar, señor?”, suelta la dueña del perrito.
No es la única consulta en la que se empieza a hablar del mundial y se termina hablando de la situación económica y del contrapunto que ofrecen los escándalos del Gobierno.
Figuritas, la otra pasión
Esto pasó en un almacén de barrio.
-¿Figuritas del Mundial no tenés no?, pregunta una mujer desde la negativa, derrotada antes de tener la respuesta. Es que no se consiguen tan fácilmente y donde hay, no duran mucho.
-No, no tengo. Quise traer pero no me vendieron porque dicen que son para los que venden figuritas todo el año y no hay para todos.
-Figuritas hay -contradice una voz desde las sombras.-, hay pero especulan-, explica y después ensaya un insulto indescifrable, dicho como para adentro.
El dueño de la voz que irrumpió es un señor que aparece desde la trastienda secándose las manos con un repasador.
-Si siempre fue todo un negocio, imagináte ahora -insinúa.
-A mí me da lástima por los chicos. Mi nieta gastó la plata que tenía ahorrada en comprarse el álbum y ahora no consigue figuritas- se lamenta la almacenera.
La señora que disparó esta situación con apenas una pregunta ahora asiente, se compadece del asunto. Acto seguido pide que le vendan tres supremas y cuatro o cinco pancitos.
Todo un mundo el de las figuritas del Mundial: hay no pocos chicos que pudieron conseguir el álbum pero todo escrito en portugués. Cuando con mucha fortuna se accede a paquetes de figuritas, seguro que viene alguna repetida. Para eso se arman encuentros de intercambios que reúnen de a montones a pequeños (y no tanto) coleccionadores -hay espacios públicos como el Cultural Fontarrosa o la Calle Recreativa dispuestos oficialmente para tal fin- y también en amplísimos grupos de Whatsapp.
Pausa para hidratarse
Un televisor demasiado chico para estar tan lejos de las mesas está colgado de la pared del fondo de un bar en barrio Echesortu. Ya terminó una de las tres aperturas de este raro Mundial y arrancó uno de los tres partidos inaugurales.
“Son como cuarenta o cincuenta países, como quince grupos… vamos a ver partidos a cada rato”, dice sin ninguna precisión y mucho entusiasmo un parroquiano. En un arranque filosófico, mientras deja que drene el porrón sobre la frapera, otro habitué expele sin levantar la vista: “No va a ser fácil mirar un sólo partido de este torneo de árbitros camarógrafos y vares a destiempo”.
Nadie le retruca nada pero tampoco asiente. Y esto recién empieza.
