El falso malvinero
Al anunciar las medidas contra las empresas que negocien en Malvinas, Milei leyó la ley 26.659, que promulgó Cristina Kirchner y que él nunca cumplió.

“Si no me votan, la sociedad se estaría suicidando”, dijo el presidente que desató una pandemia de suicidios, más del doble que los muertos en accidentes y 20 veces más que los muertos por la inseguridad. “Total, yo estoy hecho, no tengo problemas”, dijo Milei, que dejó sin trabajo a casi 400 mil argentinos y puso el salario mínimo por debajo de la línea de indigencia. Eso fue el miércoles; el jueves anunció que su gobierno abandonaba la desidia con relación a las Malvinas y adelantó medidas que ya existían, pero que él nunca había cumplido.
Horas antes del discurso sobre Malvinas, Milei viajó a Chile para participar en un congreso ultraderechista organizado por los españoles de Vox. Al hablar allí, reivindicó al dictador Augusto Pinochet y al actual presidente pinochetista José Antonio Kast, que en ese momento confirmó la apertura de una ruta desde Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, para abastecer a los petroleros y buques británicos de las Malvinas.
Otra vez el seguidismo de Milei a las ocurrencias de Donald Trump. El presidente norteamericano había sugerido que podría retirar el respaldo de Estados Unidos a Gran Bretaña con relación a las Malvinas. Es probable que hayan hablado y que el anciano anaranjado le haya dado carta blanca.
Algunos plantean que la administración Trump decidió abandonar a Europa en función de una distribución del mundo en áreas de influencia muy demarcadas. Asia y Oceanía para China; Europa, Africa y la India, para Rusia, y América completa para Estados Unidos. En esa reconfiguración, Argentina no estaría consolidando su soberanía, sino cambiando a Gran Bretaña por Estados Unidos.
La economía mundial ya no resiste corralitos, aunque alguna de las economías más desarrolladas tengan zonas de mayor o menor incidencia. Pero esa cuadrícula es la que está en la cabeza extremista del gobierno norteamericano a la que se subordina Milei.
La reacción de Gran Bretaña ha sido endurecer aún más su posición. Previo a la guerra, al principio de los ’80 del siglo pasado, el titular del Departamento de Estado, el general Alexander Haig se decía amigo personal del dictador argentino, el exgeneral Leopoldo Fortunato Galtieri, al que describía como “un general majestuoso”.
El movimiento obrero había convocado a las primeras movilizaciones en su contra. De alguna manera, la cúpula militar percibió que Malvinas podía ser su salvación y decidió el desembarco. También tenían la idea de que con la ayuda de Estados Unidos y Haig, habría una negociación que debería culminar con las dos banderas.
La dictadura envió miles de soldaditos de 18 años, mal armados, sin instrucción y sin experiencia. La premier británica Margaret Thatcher estaba debilitada; iba a perder las elecciones. En la guerra vio -igual que los dictadores argentinos- la posibilidad de recuperar respaldo. No hubo negociación y hubo masacre. Estados Unidos nunca convenció de nada a Thatcher y, en cambio, el “amigo” Haig proporcionó al ejército británico la inteligencia y la información que provenía de sus satélites.
El presidente norteamericano Ronald Reagan fortaleció así a su socia en la administración del ciclo neoliberal y de la deuda externa. Y logró que estableciera una fortaleza en el Atlántico Sur.
Es difícil que Estados Unidos abandone a Europa. A los europeos la guerra en Ucrania los asusta más que la decadencia. Y Rusia aparece concentrada en su alianza con China y la Organización de Cooperación de Shanghái, con otra lógica geoestratégica que la de Trump. Europa apunta más a convertirse en un territorio en disputa, con la fuerza que le quede.
Trump se mostró enojado porque Europa no se sumó a Estados Unidos e Israel en su guerra con Irán. Su declaración sobre Malvinas estuvo relacionada con ese conflicto. Trump quiere que los europeos quintupliquen su presupuesto militar y que le compren armas a la industria bélica norteamericana. No hay abandono, hay presión. Y además, Trump busca con esta movida debilitar el gobierno laborista para apoyar a sus aliados de la ultraderecha, que reforzarán la presencia militar en las islas, como se puede deducir de la repercusión que tuvo el discurso de Milei.
La cadena de radio y televisión tuvo 28 puntos de ráting con el discurso de Milei. Un récord, porque hasta ahora, a los discursos del libertario no los escuchaba nadie. El anuncio de que hablaría sobre Malvinas despertó el interés. Un estudio de la repercusión en redes mostró que la palabra con la que más se lo asoció fue con Galtieri, lo que indicó baja credibilidad.
Milei no tiene autonomía para estas decisiones. Estados Unidos ha mostrado que en esa reconfiguración geopolítica ambiciona una puerta a la Antártida y los dos jefes que se sucedieron en el Comando Sur de los Estados Unidos visitaron Ushuaia. En su discurso sobre Malvinas, Milei puso énfasis en la construcción de este “puerto integrado” en el que tiene tanto interés Washington. Una base de ese tipo complementa el acuerdo de la Armada Argentina con la de Estados Unidos, que declaró al mar argentino como “zona de bien común global”, con lo cual le cedió el derecho a patrullarlo.
Las medidas que anunció Milei contra las empresas que exploten petróleo y otros recursos en Malvinas están contenidas en la ley 26.659 que se promulgó durante el gobierno “populista” de Cristina Kirchner y que este gobierno ignoró a conciencia. Habrá que ver qué se cumplirá de todo lo que anunció.
En el marco del insólito cambio sobre Malvinas, que también ha sido un intento de levantar la deslucida imagen presidencial, el miércoles, el Día de la Industria se convirtió en otra batalla. El vicepresidente del gremio empresario. Guillermo Moretti describió al ministro Luis Caputo como “un trader que no sabe lo que es un torno”, una especie de “Rivadavia segundo” por la deuda. Habló de una política de desindustrialización y de la destrucción de la educación técnica, las universidades y el CONICET.
El titular de la Unión Industrial Argentina, Martín Rapallini había adelantado que su discurso sería crítico. Enfurecido, Milei bajó toda la representación oficial. El acto se hizo el miércoles en el conurbano, sin representantes importantes del gobierno, pero Rapallini fue mucho menos crítico que las declaraciones de Moretti, por lo que dio la impresión de que le contestaba. Después de tres años de cierres de miles de pequeñas y medianas industrias y la partida de grandes empresas, la gremial empresaria se despertó de la fantasía libertaria.
Para evitar las ausencias del gobierno, la UIA no había invitado al anfitrión, el gobernador Axel Kicillof, quien sí participó en el acto del Día de la Industria en Morón con la presencia de unos 200 empresarios. Diez representantes de distintas ramas de la industria hablaron antes que Kicillof. Al cerrar el acto, el gobernador dijo que “a todos los rubros de la industria manufacturera les va mal por las políticas del gobierno nacional; hay una política de desindustrialización” y aclaró que con la misma estructura impositiva, a los mismos industriales antes les iba bien. “Estoy convencido –afirmó- que sin industria no hay Nación pero también que sin Nación, no hay industria”. Esa frase implica un programa alternativo y otra visión sobre Malvinas.
