Opinión

La construcción de un relato

Habíamos pensado en filmar un video que tratase de nuestras circunstancias. Quiero decir: una variación que desechaba los sueños nocturnos, por los de una vida donde pudiésemos ser un poco más felices, en suma, nuestros sueños diurnos afines, incluso si sonasen utópicos.

Mauro, Luca, Carlos, Damián y yo. La idea era una tira sobre Martín Fierro, pero transcripta a nuestro momento, con las variaciones propias de un contexto un tanto diferente pero no exento de las injusticias y el maltrato que una parte de nuestra población, la más necesitada, padece.

Cualquier proyecto concebido a partir de una convocatoria de íntimos amigos conlleva una suerte de hermandad, que puede ser emergente en el relato.

Probablemente esa emergencia me insistía por la frase. Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera, pero desgraciadamente como suele ser en mi caso se interpuso la historia bíblica de José que por causa de sus sueños es vendido por sus hermanos.

A decir verdad, pese a nuestra afinidad general, el intento naufragó porque cada uno tenía ideas distintas y la verdad es que eran irreconciliables.

¿Podría decir que era un cuestionamiento personal acerca del lenguaje o del lenguaje en sí mismo o de la escritura que aún en guión se interroga? Yo incurría en mi costumbre narrativa, Carlos en los versos, Damián en la dificultad de filmar lo anacrónico, solo Mauro y Luca tenían una visión cercana.

Sin poder aguantarme, dediqué mi tiempo a una idea que no era una cuestión nacida exclusivamente de la ficción, quizá porque la relación con mi hermana era distante y mis tíos, los hermanos de mi madre habían pasado su vida en una disputa que los enemistó para siempre y que, como suele ocurrir en esos casos, entre ambos se erigía sin saberlo la figura de una madre que cometía el error usual, de preferir al más grande o al más chico.

Sin pensarlo siquiera, al menos no conscientemente, por imposición de las circunstancias, (con mi madre y mi hermana vivíamos en la casa de mis abuelos, porque nuestros padres se habían separado) y en la desazón que vivía, había comprendido que el mundo no tenía nada que ver con lo que me habían enseñado de él.

Todo lo contrario, el universo se expande tal como pronosticaban la hipótesis de los grandes físicos y presumiblemente la oscuridad y nuestra ignorancia sería cada vez más extensas, apenas interrumpida por el titilar de las estrellas.

Por mi ansiedad incontrolable yo garabateaba algunos párrafos; era mi manera de desconectarme de la anodina templanza del tiempo y mi desconfianza en lo que suponen los diálogos.

No sólo los agujeros negros estaban en el espacio tiempo, sino en nuestros discursos, en nuestra manera de coordinar discursos.

Nunca había podido superar esa vivencia que parecía adherida a mí desde la adolescencia. Ya en los tiempos escolares, molesto por las materias que no me gustaban, falsificaba la libreta para justificar las faltas que tenía por refugiarme en la biblioteca del barrio, la Biblioteca Mitre donde comencé a leer La Divina Comedia en la brillante traducción de Mitre, El Quijote, Lo hermanos Karamasov de Dostoievski, al Agente Secreto de Conrad y La Caída de Camus, y ese excelente relato que abarca un ensayo acerca de la construcción de un relato, “El jardín de senderos que se bifurcan”.

Por supuesto, no pude eludir los libros más antiguos, La Ilíada, La Odisea, la Eneida que me convencieron que esos libros podían prefigurar otro mundo. Creo que comprendí que los libros no solo respondían a un orden, sino que me convencieron que podían atenuar mis incapacidades, ya que ciertamente yo era bastante torpe e inútil.

Digamos que entendí que los libros no solo respondían a un orden, sino que diseminaban una dimensión que podía albergarme y que me enseñaban más que cualquier experiencia a la que podía someterme.

Para colmo, solía compenetraba en los absurdos que asediaban al común de la gente y como mi abuelo, frecuentaba una versión de El Gaucho Martín Fierro, que mantenía sobre su mesa de luz, no pude dejar de aprender unos versos que hablaban de la obscenidad de la ley, ese lugar vacío que Fierro y el Negro destacan en su famosa payada: La ley es tela de araña, en mi ignorancia lo explico. No la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande. Pues la rompe el bicho grande y siempre enrieda el más chico.

Sentí que el verso podía producir una verdad mucho mayor que la prosa. Sin embargo, en las escuelas, cuando fui profesor, solía escuchar por parte de mis colegas que hubiera sido mejor nacer en la lengua inglesa. ¡Cómo si una lengua fuese mejor que otra!

Yo daba por sentado que, si una lengua sirve para comunicar, cualquier lengua es para sus hablantes eficaz.

Además, pensaba, olvidan que en América el español es la lengua más hablada y por consiguiente es una de las más hablada del mundo y cuando pensaba que el francés y el inglés no pueden carecer del pronombre personal para que se entienda el sentido de la oración o la frase, recuperaba esa posibilidad de nuestra lengua de borrar al narrador lo que insinúa ciertas consecuencias muy importantes para la escritura, porque hay un sesgo de encierro en su terrena insuficiencia señalada por la muerte que desde el comienzo vagabundea ensimismada en el error que pese a todo lo erige como un hombre que encuentra su dominio en la caducidad.

En tanto, el yo se oculta en sí mismo, para ser subsistente en el yo, tal como Orfeo debe adentrarse en el descenso y la perdida de lo amado para comprender el poder misterioso del arte.

Pero, no tardé en preguntarme: ¿comprender qué? Yo me siento siempre ante un texto misterioso y no descifrado, como si el mundo fuese un texto susceptible que posibilita un sentido… pero escrito ¿por quién y pertinente a qué relación previa?

De hecho, el mundo abarca la exterioridad y la interioridad del sentido, aunque aceptamos la verdad porque se trata de la interioridad de una historia, la que nos hace sentir que somos. Pero… ¿si tratamos del sesgo neutro del interpretar, lo que no tiene objeto ni sujeto, un movimiento que no se relaciona con nada fuera de sí mismo?

Tal vez por eso se habla sin fundamentos y acaso para marcar diferencias, si la diferencia es la que está en juego y es lo que lleva a repetir difiriendo, entonces ese juego que no ha sido aún escrito nos lleva a la escritura, borrando la primacía de la significación, puesto que la escritura es diferencia que escribe.

Comencé a pensar el universo como un texto, pero homologable al círculo donde se vuelve a estar en lo mismo pero distinta manera.

Esa noche, el revoltijo de mis pensamientos desbordaba la sucesión y la coherencia de las frases, como si estuviese enfrascado en mi propio atolladero, decidí salir al desamparo de la noche y recostarme en uno de los bancos junto al lago del parque me dejé llevar, como si el conjuro estelar me dictase una vivencia inalcanzable que trasladé a unos versos que me justificaban.

Tratas de vivir de tal manera que haces de cuenta que has llegado y has partido. No vaya a ser que se te adhiera la costumbre de mantener lo conseguido, sabiendo que no se trata de tener para querer ir más allá de lo vivido…

Serás siempre él que siempre está partiendo desde el día fatal en que has nacido. Qué importa si la vida es quien se ensaña en reabrir las heridas que maduran.

Es el tiempo de tu vida quien apura el tiempo de consumar lo decidido, pese al frágil ideal de tu postura dispuesta a sostener lo sostenido. En el trato de vivir vive la dura tarea de seguir por el camino… tratando de vivir de tal manera que haces de cuenta que has llegado y has partido.

Por Víctor Zenobi

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