El fascismo se sirve de las instituciones democráticas, las doblega y las pone a su estricto servicio, aprovechando que dichas instituciones suelen resultar degradadas y corrompidas por un ejercicio del poder burocrático y por la opulencia del señor dinero.
Y si así no lo fuera, el amo de turno podrá tomar por asalto un parlamento o palacio legislativo (EEUU y Brasil así lo han demostrado).
El fascista necesita desacreditar a la democracia, tornarla débil e impotente, debe gobernar bajo decretos y amenazas. El fascista no puede tolerar el campo de las disidencias, los desacuerdos y la heterogeneidad.
El fascismo se propone destruir toda alteridad, por lo tanto, repudia cualquier manifestación (artística o discursiva) donde opere la singularidad y la subjetividad, odia la diversidad, por lo tanto, descarga su furia destructiva con todo aquello que porta alguna diferencia, porque requiere la brutal instalación de una homogeneidad insoportable.
La lengua fascista es una lengua “de aparato” (funciona como esas máquinas que portan mensajes grabados), configurada por un léxico pobre, con una sintaxis elemental, estrictamente economicista (como si la economía no formara parte de la política, la subjetividad y la cultura). Desprecia lo complejo y por lo tanto trata de corromper cualquier discurso crítico que opere en base a conceptos y argumentos.
¿Podría haber libertad sin fraternidad y sin solidaridad?
¿Por qué la insistencia en recortar subsidios, desmantelar la salud y la educación pública, atacar la seguridad social y tratar de anular las leyes de trabajo?
Tengo una respuesta (difícil de aceptar y de entender en un mundo que se pretende civilizado). Este nuevo fascismo no solamente necesita un pueblo disciplinado y alienado, tiene que sostener todo el tiempo la idea de un individualismo egocéntrico a ultranza (el modelo imperante, es el modelo del “me cago en el otro”).
La premisa fascista es barrer con el estatuto del semejante y despreciar al prójimo, solo hay que preocuparse del “uno mismo” (por eso resultan peligrosas y nocivas las prédicas del bienestar individual fomentadas por las corrientes “New Age” o los intentos terapéuticos de la “auto ayuda”).
Para dejarnos al servicio de los poderosos (de los que tienen casi todo), desprotegiendo a los más necesitados y urgidos por múltiples carencias (los que tiene casi nada).
En este punto, resulta extremadamente paradigmática la arenga “anti vacunas”. Mientras el neoliberalismo pregona “hay que achicar el gasto social del estado”, se montan espectáculos lamentables donde se promueve una falsa libertad individual.
Cuando nuestra ciencia médica sabe perfectamente que no hay modo de prevenir si se reducen las políticas sanitarias a decisiones individuales.
El contagio es social y afecta casi siempre a la población más vulnerable (el COVID 19 lo demostró claramente), quién sostiene que es un ser robóticamente sano o que sus hijos lo son (hecho de por sí, cuestionable científicamente), no contempla que puede contagiar a otros, que lo más temido en cualquier epidemia es la propagación y que esto es lo que hay que tratar de limitar con campañas masivas, no hacerlo en nombre de una patética “libre elección” lo convierte en un perfecto irresponsable, que hace valer su indiferente actitud por sobre el hecho social.
Entiendo que hay reconocer el esfuerzo de tantas compañeras/os que siguen sosteniendo una práctica comprometida y rigurosa, que se las ingenian para construir una mínima sociedad vivible, haciendo lugar a la creación y sosteniendo un pequeño mundo comunitario.
Cada intento logrado o no, renueva nuestras esperanzas y de alguna manera nos orienta en el camino hacia un mundo mejor. Pero, si bien considero meritoria y valiente cualquier tipo de resistencia individual al sistema, me parece que no es suficiente con una acción singular y aislada (ya que uno de los males infligidos es la atomización de seres y de voluntades), que debemos seguir intentando por todos los medios hacer pasar estos conflictos por lo colectivo y lo social (Cooperación, autogestión, participación activa y compromiso, siguen siendo ineludibles).
Y si bien, nuestro estado puede estar momentáneamente usurpado, el estado somos nosotros, y eso habrá que recuperarlo como primera instancia de operación política.
La democracia es fallida, eso es innegable y además no es suficiente. Pero este montaje neoliberal se sirve de claras fallas estructurales para coaccionar y silenciar a los distintos modos de la representación democrática, las derechas cada vez más radicalizadas (con sus guiños neofascistas), hacen valer una especie de “suficiencia” de clase o de raza para barrer definitivamente con todas las cuestiones necesarias para el bien común.
En algunos países, haciendo valer su crecimiento electoral, se postulan como representantes de la sociedad: “lo que la gente quiere”, “lo que la gente votó”. Es importante en este punto sostener que esto solamente resultará viable si no se hace ningún lugar a las subjetividades, se anula el discurso y se rompe el lazo social.
El problema es que ante el desencadenamiento del terror provocado y manipulado desde los medios que controlan el poder, cualquier reclamo, protesta, movilización se pueden tornar impotentes, tan impotentes como resultan las instituciones aparentemente democráticas u organizaciones transnacionales.
Todo parece demasiado frágil y es fácilmente arrasado por hechos y discursos de un odio criminal.
Una especie de irradiación externa, que se alza desde el borde de la política y desde allí se extiende sobre el conjunto de la vida social y la descalabra. En tanto, no se contenta con instrumentar el desprecio y la persecución de los declarados enemigos, tiene que generar un “juego” obsceno y feroz para demoler las organizaciones que sostienen ciertos lugares para la emancipación y que pueden articular la pregonada “libertad” con justicia, verdad, memoria, para ubicarla como parte de una construcción política.
La consolidación de este poder demencial se propone destituir a las organizaciones y movimientos que mantienen una llama de liberación, o al menos, de autonomía política.
La velocidad asombrosa e inusitada con la cual las redes sociales invaden nuestro pensar cotidiano y anulan la posibilidad de preguntar- preguntarnos, se sostienen prescindiendo notablemente de cualquier relación con quien lo dice o desde donde lo dice y absolutamente despreocupadas por su relación con la verdad.
La carencia expresiva de las redes no gira en torno de un concepto, no convoca a ningún tipo de reflexión, mucho menos en sostener un argumento que ordene un discurso.
Basta con accionar un ícono o activar un “like”, para que se multiplique la insuficiencia y la inutilidad de cualquier razonamiento lógico.
Términos estructurantes de la ética humana, como la amistad y el compañerismo, refugios claves como la intimidad y cierto grado de reserva subjetiva, son reducidos a la irreverente categoría de contactos, relaciones y mostraciones obscenas.
Las categorías de lo público y de lo privado, emergen de manera confusa y distorsionada. Se produce una detención pavorosa de cualquier intento discursivo y todo puede quedar circunscripto al “sentir” o al “padecer”, escindido de todo logos (discurso, palabra, argumento).
Resulta entonces crucial advertir que este capitalismo no solamente acrecienta y multiplica la pobreza económica y de recursos, también empobrece nuestros discursos y afecta directamente a la toma de la palabra y a la apropiación de cada momento histórico, las cosas pasan por que pasan, suceden porque suceden.
En el borde de la fatalidad y de la resignación, cuando no del espanto, se anula toda experiencia posible y la epidemia de olvido inunda nuevamente a nuestro “Macondo” latinoamericano.
Por Sabatino Cacho Palma*
*Dramaturgo- Psicoanalista
