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La hostilidad de los mezquinos (III)

Una sombra feroz acecha, se instala y nos confunde, una inundación de banalidad y de cinismo parece ahogarnos en la peor de las miserias y aunque cada actor (cada poeta), intente enunciar su propuesta en una necesaria primera persona, se ve acosado diariamente por una devaluación artera y sistemática de la palabra.

El fascismo busca inscribir en la lengua, proclamas de regeneración y purificación moral, con una paradoja que deberíamos sancionar de alguna manera, mientras se propone como algo nuevo, creando ilusiones de enormes progresos venideros, se referencia en un “pasado glorioso” e insiste en volver a aquello (volver a la grandeza, es el lema de Donald Trump).

Lengua que apaga el habla con simplificaciones aberrantes, de empobrecimiento y degradación. Que cuando encuentra su insuficiencia para argumentar y dar razones apela directamente a la violencia o a través de alegorías de escarmiento y destrucción, alienta a cualquier criminal a “disparar” su locura.

El capitalismo para poder instrumentar su máquina exterminadora debe servirse de una “Falsa ley”, que ordene algún juego sucio tras la aparente legitimidad del hombre de negocios y de su premisa de la mayor rentabilidad posible.

Una ley que se sostiene desde la fuerza (bestial en muchos aspectos) y la coacción, que se ejerce con absoluta arbitrariedad y se impone sobre el mundo ancestral de La Ley (derechos humanos, respeto a las diferencias culturales y a la autodeterminación de los pueblos).

Una “pequeña ley” pergeñada por un grupo mezquino y reducido opera sobre una enorme humanidad.

Las corporaciones financieras se dedican a obtener el máximo beneficio y a controlar los intereses del mercado (por eso la salud, la educación y la cultura no deberían entrar en ese registro mercantil donde el único privilegio es la rentabilidad).

Para tal fin (nada benévolo, por cierto) requieren mantenerse en una situación de franca impunidad. Imponiendo un sistema que les permite saquear y robar, y cuando algo de esto llega a interpelarse, denunciarse o probarse, todo “se arregla”, se tapa o se minimiza, e incluso hasta se puede acceder a pagar alguna multa, que siempre resultará ínfima en relación a las poderosas ganancias que se obtienen.

El fascismo desprecia la vida social y enloquece la vida cultural, desapropiando al sujeto de su historia y de su condición de clase, por eso se transforma en un asalto a la democracia, dado que pretende administrar todas las instancias sociales para imponer una fuerza homogénea, de totalización.

Descentra la cuestión política, para luego colonizarla, produciendo un efecto siniestro de resignación y sometimiento, donde lejos de reconocer la naturaleza y los fundamentos de instituciones y organizaciones, las desacredita y las combate.

Se escudan bajo la idea de la “libertad”, pero lo anuncian de manera violenta: ¡carajo! Mientras se nombran a “sí mismos” bajo el epígrafe de “la libertad avanza”.

Efectivamente es una libertad que arrasa, invade, se lleva por delante derechos y conquistas sociales, mostrando que se trata, de un solo modo de libertad, peligrosa y dañina, pues significa estrictamente: libre mercado e impunidad absoluta para el mundo de las finanzas, sin ningún tipo de regulación, ni de control.

Ya el gobierno de Macri intento dar paso a “la locura” del desenfreno capitalista, por eso, reinaron la especulación y la fuga financiera, con el empobrecimiento de gran parte de la población y el deterioro progresivo del aparato productivo nacional.

Milei recoge ese mandato neoliberal y lo conduce dogmáticamente a ultranza, los términos: “destruir” “exterminar”, “aniquilar”, “erradicar”, “terminar” son moneda corriente; mientras las monedas del capitalismo, llegan, pasan y se van, llevándose toda nuestra riqueza.

El terror no apunta solamente a eliminar al oponente, se dirige fundamentalmente a eliminar modos de vinculación y de asociación colectiva.

El hombre masa, soporte indispensable de cualquier movimiento totalitario, no está solamente caracterizado por su brutalidad o por su indiferencia, sino por su aislamiento, su falta de sensibilidad por el semejante y por la pérdida de la identificación con su condición social.

Argentina “tomada”por una predica intimidante e invasiva conducida por los medios masivos de difusión, resulta vaciada cultural y económicamente.

No puedo pensar como ideología (lo que implica un discurso ordenado), a esto que se propone con un formato cerrado y compacto, que no hace lugar a ningún tipo de intervención, justamente como práctica de lectura y análisis de la realidad.

Cuando ni siquiera permite que se instalen preguntas, todo se reduce a titulares espectaculares, ya que opera bajo la premisa de “no hay nada que interrogar”, armado bajo el feroz esquema del sistema publicitario “no piense compre ya”, “no piense, usted ya está pensado, solamente tiene que repetir”.

Marginalidad, exclusión, segregación, estigmatización mediante, son los peores males del mundo hoy, mundo que no parece “moderno” para nada, tanto más, en medida en que resulta imposible ubicar marcas de algún progreso en la humanidad.

Esta nueva fuerza de usurpación que conduce a una catástrofe inexorable, necesita desmantelar nuestra idea de nación y de patria, destruyendo nuestra soberanía cultural, llamo a esto: una historia común contada y cantada desde una veracidad necesaria, un modo de sostener nuestros lazos de amistad y de compañerismo, nuestro modo de tratar las palabras (el chiste popular) y el hacernos nuestra propia lengua (engalanada por nuestra poderosa y prestigiosa literatura).

El arte siempre resultará contestatario y político, en tanto provoca y estimula el estallido de la percepción ante la imposición fascista de unificarla y de ordenarla.

Entiendo que el terror solo puede generalizarse y dejarnos indiferentes, a partir de una tremenda anestesia (nada de estesia, nada de estética, depresión “sin ética”).

Mientras tanto, nos queda la poesía y la narración, piezas vitales de un porvenir que seguiremos desafiando día a día.

El dogma medieval del feudalismo financiero nos quiere callados y sumisos. Pero nada de eso queremos, nada de eso adoramos…

Por Sabatino Cacho Palma

Dramaturgo y psicoanalista

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