El 31 de marzo se cumplen dos años de la vigencia de la ordenanza que prohibió la tracción a sangre, luego de una fuerte presión de los grupos proteccionistas de animales. Desde entonces, ya no se ven caballos en las calles, a excepción de algunos barrios. Pero los cartoneros afirman que hoy les cuesta muchísimo sobrevivir con las formas alternativas de cargar el material que debieron implementar.
Desde 2015, y con el objetivo de ofrecer una alternativa que reemplace esa forma de trabajo, la Municipalidad había puesto en marcha el programa Andando, que consistía en que los carreros entreguen los animales a cambio de dinero, más ayuda y asesoramiento en la generación de un emprendimiento productivo o cooperativa y la capacitación en oficios. En esos dos años se relevaron 1.400 inscriptos, según datos del propio municipio, lo que significó sacar la misma cantidad de caballos de las calles.
La evaluación que hacen los cartoneros organizados de este proceso no es positiva, porque consideran que no hubo respuestas efectivas para reemplazar la tracción a sangre. Afirman que mucha gente al perder el caballo tuvo que dejar de cartonear, otra debió empezar a salir con bicicleta o moto, y en todos los casos disminuyó la capacidad de carga, lo que se tradujo en menores ingresos. Incluso -cuentan- hay recolectores que tuvieron que empezar a caminar grandes distancias por día para poder seguir trabajando.
Para graficarlo, basta un relato en primera persona. Rosa (30), vive en Empalme Graneros y hace 22 años que sale a cartonear, desde que era una niña, cuando salía con un carrito de mano. Ya adulta, cuando estableció pareja, compraron un carro tirado por un caballo, con el que salían a recolectar.
Pero cuando se prohibió la tracción a sangre, le sacaron el animal. «Nos cortaron las manos y las piernas, porque era nuestra herramienta de trabajo. Yo me compré una moto chiquita que tengo que dejar atada en el centro y recorrer caminando, porque no nos dejan usarla». El cambio los perjudicó económicamente, afirma, porque con el caballo juntaban en una jornada 300 kilos de cartón en el carro, que significaban «entre 300 y 400 pesos»,y ahora sacan «entre 100 y 150 pesos». A veces, cuenta, tienen que dormir en el centro para poder seguir trabajando al otro día temprano y lograr juntar el dinero necesario para volver con comida.
Las jornadas, comenta Rosa, son agotadoras: salen a las 4 de la mañana y vuelven a las 6 de la tarde. Los días de lluvia sale solo su marido, porque tienen dos hijos pequeños que aún no están escolarizados y no los pueden exponer al mal clima. «Los otros días las tengo que llevar con nosotros, porque cuando sale uno solo es imposible rebuscársela», señala.
Sin embargo, ahora que ya no usan caballos y llevan el carro a pie, denuncia que sufren el acoso de agentes de la Guardia Urbana Municipal (GUM) y la policía. «Nos están haciendo la vida imposible. Hay compañeros a los que les sacan los carros cuando van a pie, o en bicicleta. No nos dejan trabajar, y lo único que queremos es llevar un pan a casa para nuestros hijos», se queja la mujer.
Rosa dice que en la zona del centro «se ve mucha más gente que antes» recolectando residuos para vender, y que muchos son «padres y madres con chicos», o «personas muy mayores que ya no tendrían que estar haciendo esto». También afirma que se observa presencia de niños «de no más de 12 años, solos, tirando una carreta».
