Declaraciones

Macri y el partido: “Ojalá tengan todos hambre”

El fútbol tiene una verdad de la que carece el arte: no hay falsos prestigios. Pero ese prestigio hay que creérselo, y ayer Argentina se lo creyó. Una manera de pensar y de pensarse, de “ser” que la identifica con ese innegociable respeto por el balón, por esa humilde y sencilla interpretación del fútbol ofensivo.

Llega al Mundial con la ferviente convicción por recrear un fútbol empecinado en persuadir, en hechizar, en cautivar; con la necesidad de juntarse, de hacerse con el balón, encontrar los espacios, los huecos necesarios para que el adversario se obligue a “venir”, a “buscarte”, para que se desdibujen las marcas, se fabriquen los vacíos, los huecos, y nazcan las complicidades. Asociaciones entretejidas entre Mac Allister, De Paul y Messi permitieron la configuración de una Argentina superior, sólida y contundente, ante una Argelia desfigurada, muy pendiente de lo que creaba e imaginaba su rival.

La Selección Argentina ha desplegado en este debut guiños de sabores, de luces y sonidos, más cercanas a la creatividad que a la rigidez. Se mantiene el modelo de identidad futbolística que nos reconoce y que se alimenta de un juego generoso. Un fútbol cálido, luminoso, que se empecina en seguir acariciándote el alma.

“Ojala tengan todos hambre”, declaró Mauricio Macri antes del partido. El equipo la ha tenido. No tanta como el pueblo argentino, pero suficiente para regalarle una sonrisa a esos pobres que han aprendido a oler su hambre y el hambre de los demás.

(*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979

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