Santa Fe Ciudad

Nadie para contárselo

La noche del 10 de agosto de 1976 a Marta Bertolino y Oscar Manzur les cambió la vida para siempre. Eran las dos de la madrugada cuando los golpes sacudieron la puerta.

–¡Está el Ejército!

Sonó la voz de Delfina Olivera, mamá de los Girolami, compañeros de militancia de Marta y Oscar. Los habían alojado en su casa porque hacía un tiempo la Triple A los estaba buscando.

–Los Girolami estaban marcados y nosotros les caímos de regalo- cuenta Marta. A Oscar ya lo habían ido a buscar a su trabajo el 24 de marzo y justo estaba de franco.

Esa noche estaban juntos. No había tiempo. No queda claro si ya habían planeado la fuga pero un cruce de miradas fue suficiente. Se tiraron al vacío y cayeron en una cochera. El intento fue inútil. La fractura de tres metatarsianos de uno de los pies de Marta dejó el resto de su cuerpo inmovilizado sin posibilidad de escapar. El pie lastimado no era lo único que le pesaba. Tenía 23 años y ocho meses de embarazo cuando la secuestraron.

***

Me llamó el 9 de marzo, en plena marcha feminista. Atendí el teléfono mientras el cielo se teñía de colores verdes y violetas. El ruido se imponía sobre su voz. Incliné la cabeza y me tapé un oído. En el intento de escucharla oí que me esperaba al día siguiente en su consultorio en el barrio Abasto.

Vivía en una cuadra prolija, uniforme, con fachadas de ladrillos. Su casa rompía ese orden rodeada de un paisaje selvático con el frente cubierto de jazmines. Una voz bajita en el portero eléctrico me indicó subir por las escaleras. Se sentía como trepar entre los árboles. El sol de media tarde atravesaba la palmera y dejaba al descubierto detalles ocultos para quien mira desde abajo, como un racimo de frutos anaranjados y brillantes que colgaban de la copa. Como un rayo me vino un recuerdo de mi infancia: mi hermana y yo a escondidas comiendo quinotos de la planta de mi abuela. Salivé pensando en el sabor agridulce.

Cuando entré, lo primero que vi fue el diván. Marta no llegaba a los 60 kilos, la fragilidad de su cuerpo contrastaba con sus ojos encendidos. Se sentó en un sillón, hablamos de cosas mínimas para aflojar el aire y empezó. De repente su perra, una doberman alta y musculosa entró a la habitación y, en un exceso de confianza, comenzó a lamerme las piernas. Ella se levantó, la sacó con suavidad y la dejó detrás de la puerta para poder retomar lo que había sido interrumpido. Me dejé arrastrar por su relato, por momentos inverosímil.

***

Después del secuestro en la cochera los subieron a un auto y los llevaron encapuchados al Servicio de Informaciones en San Lorenzo y Dorrego. Desde afuera parecía una oficina cualquiera en pleno centro, por dentro convivían celdas sin ventanas y camas de tortura.

El Pozo funcionó como el centro clandestino de detención más grande de la provincia de Santa Fe, casi 2000 personas estuvieron detenidas allí y alrededor de 300 permanecen desaparecidas. Para ese entonces había rumores, se escuchaban gritos pero no se conocía la magnitud de lo que ocurría.

En los sesenta, mientras Marta dejaba atrás la infancia, el país vivía épocas de profunda inestabilidad política. Apenas era una adolescente y ya militaba. Tenía 15 años cuando en 1969 salió a la calle durante el Rosariazo. A Oscar lo conoció al final de la secundaria, cuando militaba en los barrios, organizaba charlas, colectas y hasta ollas populares. Para ellos la lucha no era sólo convicción, sino una manera de habitar el mundo.

Durante los setenta condujo la Juventud Universitaria Peronista (JUP) mientras cursaba Letras y Psicología. Oscar estudiaba Medicina y era delegado gremial, había armado una lista opositora a la oficial.

En 1974 la facultad ya no era la misma. Con la asunción de Oscar Ivanissevich en el Ministerio de Educación, la Universidad dejó de ser un territorio en disputa para convertirse en uno militarizado. Se hablaba en voz baja, había listas y nombres que circulaban.

Los encuentros sumaban riesgo. La vida de Marta y Oscar se achicó. Vivían en una situación de extrema precariedad. Se movían distinto; no repetían recorridos, ni tenían lugar fijo. Dormían en casas prestadas por compañeros.

***

La tortura arrancó apenas pusieron un pie en el Servicio de Informaciones. A Marta la amenazaron con hacerle un aborto eléctrico. Los tiraron sobre una cama, uno a la par del otro. En diez días los torturaron tanto hasta quitarles la noción del tiempo: otra vez, una más, otra más. En el descanso, los cuerpos yacían desnudos en el piso atados de pies y manos. Ella buscaba su propia panza con las manos, como una forma de comprobar que la vida seguía ahí. En el silencio sólo se oían los alaridos de Oscar.

–¡Nena me muero!

Después de unos días Marta dejó de escucharlo. No sabe si murió o lo trasladaron.

***

Su forma de hablar es de corrido y sin levantar demasiado la voz, con una calma que no coincide con lo que cuenta. Las palabras no alcanzan a transmitir la tragedia que vivió. Me contengo para no interrumpir el hilo de su memoria.

Sobre su escritorio hay una pila de ejemplares de “Lo roto todo”, una compilación de poemas que escribió desde la cárcel y que logró publicar en 2023, tras 20 años de haber escrito el último. En el libro cuenta que las sesiones de tortura eran dirigidas por un médico para evitar que los detenidos murieran antes de la confesión.

El médico de la tortura dice: -¡Paren!

-El nivel que resta no podrá soportarlo.

-¡Paren que se muere!

–Los médicos decían que yo me estaba muriendo. Y me parece que de verdad lo estaba. Le dijeron al comandante que frene la tortura para que yo pudiera parir. Él estaba enojado, decía que yo sobreactuaba para que dejen de golpearme.

El ayuno era extremo, un mes sin probar bocado, todo lo que quedaba en su cuerpo se lo llevaba el bebé. El pie fracturado y retorcido por la tortura se le fue poniendo tenso, con la piel brillante y la carne a punto de explotarCuando los milicos se dieron cuenta decidieron trasladarla a la asistencia pública para que le pusieran un yeso, en el edificio que hoy es la Maternidad Martin. La llevaron de manera clandestina a tan sólo 200 metros de donde estaba secuestrada.

Estando allí y en medio del maltrato, algo cedía: un médico le pasó de contrabando unos óvulos para tratar una infección vaginal. Marta luego se enteró que, de no haber tratado la infección, su hija podría haber nacido ciega.

Cuando rompió bolsa estaba con las manos atadas y sus compañeras armaron un jarreo para que la llevaran a parir. Lo peor se avecinaba. Los milicos le advirtieron que le vaciarían el vientre y seguirían con la tortura. La bebé iría a una casa cuna.

–Con ese saludo victorioso me llevaron a parir– ironiza.

***

El 4 de septiembre de 1976 entró a la sala de partos rodeada de hombres armados. Habían tapiado la ventana, estaba todo oscuro. Marta gritaba, no sólo del dolor y del hambre sino de la desesperación.

–La peor de todas las torturas era dar a luz a una criatura que iba a quedar desaparecida, hundiéndose en el abismo.

El médico los miró y en un acto de valentía, dijo:

–Acá no.

–¡Están desacatando la autoridad! -empujaban ellos la puerta.

–En el hospital la autoridad es el médico– contestó y Marta pensó que había una ética profesional en juego.

Les cerró la puerta en la cara y la trabó con el cerrojo. Le pusieron un suero que la ayudó a dilatar para parir. Marta pasó del terror a estar con gente que no la estaba atacando. Lo sintió raro. Avanzó el parto.

–¡Sobre nuestro cadáver se van a llevar al bebé! –gritó la matrona.

—¿Querés un morochito o una morochita?– se le escuchó decir al médico.

Marta rompió en llanto. Sólo deseaba que su hija estuviera viva.

Fueron apenas tres pujos, con su cuerpo encadenado sobre la camilla.

Alejandra Manzur nació el 4 de septiembre a las cuatro de la tarde.

Mientras el médico cosía el desgarro, ella le suplicaba que dijeran que estaban secuestrados. Entre una puntada y otra pedía que alguien avisara, que su familia tenía que saber, que Oscar estaba desaparecido. Él levantaba la vista y le decía que no entendía por qué habían elegido la lucha armada. Ella le respondía que no era tan simple, que estaban siendo perseguidos.

Marta y Oscar habían decidido llamar a su hija Alejandra, como la protagonista de Sobre héroes y tumbas, la novela de Sábato que muchos jóvenes de su generación leían en aquellos años. La coincidencia parecía inevitable, Alejandra era una figura intensa, rebelde y trágica. Un personaje atravesado por la historia de nuestro país.

La volvieron a esposar y acomodaron el moisés del otro lado de la habitación. Nadie se ocupó del bebé. Apenas pudo verla, no podía tocarla, alzarla, ni darle la teta. Las enfermeras le insistían que no tenía leche. No hay nada más brutal que apartar a una madre de su hija al nacer.

Poca cosa había en el cuarto.

Apenas una cama, vos dormida

y yo mirándote en silencio.

A manera de discreto coro

bisbiseaban las sábanas.

Con estudiado tino

un rayo de sol burló el cerrojo.

Afuera

el viento se entretenía con los despojos.

Yo asombrada mirándote:

esa vaga sensación ineluctable.

Nadie ahí para contarle que existías.

Fragmento de “Lo roto todo”, de Marta Bertolino.

Los gritos enloquecedores de Marta generaron líos en la maternidad. El director se había comprometido con la familia a que no desapareciera. Finalmente fue trasladada a la Unidad 5 donde la pusieron más “legal” y luego la encerraron en la cárcel de Villa Devoto. Alejandra estuvo con ella hasta que, al cumplir 6 meses, su abuelo Pocho, su abuela Rina y su tío Guillermo se la llevaron. El amor y la contención de su familia le permitieron sobrevivir.

El reencuentro con su hija llegó cinco años más tarde. Desde la cárcel de Villa Devoto sostuvieron el contacto con cartas, fotos y dibujos. Pocas veces pudo verla. La maternidad allí era un gesto suspendido: una mano apoyada en un vidrio esperando que algún día no haya nada entre las dos.

***

Desde la salida de la cárcel en 1981, Marta buscó incansablemente a Oscar. Las primeras marchas por la memoria eran escuálidas, iban ex-presos y familiares de desaparecidos. El 24 de marzo se consolidó como una fecha central recién en los años ‘90.

Para ella, el eje principal de las marchas debe ser el Nunca Más. El rechazo al régimen represivo. Invitar a los jóvenes a pensar, a participar, a rastrear lo que pasó. Las historias importan y pueden usarse para facultar y humanizar.

La lucha de Marta es inagotable, durante los 2000 fue supervisora clínica del Programa de Protección a Testigos de la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe; en 2010 fue querellante de la causa Diaz Bessone que se desarrolló ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 2 de Rosario y en donde se condenó a Ramón Genaro Diaz Bessone a prisión perpetua por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la última dictadura cívico-militar, entre ellos el de Oscar Manzur.

A lo largo de los años, Marta mudó la lucha política a otro territorio, el del arte. Escribió poemas. Ejerció la docencia. En su cátedra forma psicólogos que sepan escuchar y además que sepan preguntarse en qué tramas se inscribe el sufrimiento psíquico, que desconfíen de la institución como escena y la piensen como construcción política.

–La banalización de la dictadura deteriora todo lo que trabajamos para que fuera difundido. Hay un abismo entre el gobierno actual y el militar. A mi no me gusta Milei, pero esto no tiene nada que ver con vivir en dictadura. Con los milicos no tenés ley, no podés expresarte, te torturan.

Sus hijas, Alejandra y Tamara, crecieron escuchando una historia que no siempre se decía con palabras. Alejandra eligió la música, Tamara la danza. Ahora están los nietos: Manu y Camila que tocan el piano y cantan. En esta familia el arte es una manera de mantener viva la memoria.

Suena el timbre y la conversación se corta.

–¡Uy! Estuvimos más de dos horas! Llegó un paciente y tengo que atenderlo.

Al terminar la entrevista tomó un ejemplar de su libro, escribió unas palabras en la primera página y me lo entregó. Nos abrazamos fuerte. Al salir bajé la misma escalera por la que había subido y noté que el jardín ya no estaba, el atardecer le había borrado el color.

–Te veo pronto– grité desde lejos.

El 24 de Marzo no la encontré en la marcha. Después de unos días se comunicó por Whatsapp y me envió un video de su nieto tocando el tema “Los Dinosaurios” de Charly en el piano, “Los amigos del barrio pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer……”.

*Este texto fue escrito luego de una entrevista a Marta Bertolino en el taller de crónica de Arlen Buchara: “Taller de crónica para zambullirse en historias reales”.

*Mañana, viernes 24 de abril, Marta Bertolino presentará su libro de poemas “Lo roto todo”, a las 18:30, en el Espacio de Memoria ex Comisaría 4ta, en Tucumán y Zavalla, en la ciudad de Santa Fe. La acompañarán en la presentación los escritores Oscar Agú y André Cettour. Y en la lectura de poemas, Miguel Angel Rico, Patricia Traba, Silvia Arrúa, Nechi Assenza y Patricia Ceuninck. Organiza El Colectivo de la Memoria.

 

Por Julia Boccoli

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