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Pasaje Previgliano

Al final no llegué al velatorio. Mi hermano, sí: fue, saludó y rezó. Yo me perdí en el laberinto de un colectivo que había cambiado el recorrido sin avisarme, una cuenta bancaria a la que perdí acceso por errarle a la contraseña, un taxista a quien no pude transferirle nada pero logré hacerle conservar algo de calma mientras lo guiaba hasta un banco de donde extraer efectivo, con cuarenta grados de sensación térmica y a las doce del mediodía. El sepelio de Eugenio Previgliano se había adelantado quince minutos, me contó mi hermano, y yo no hubiera llegado de todos modos; en el camino, pasé con el taxista casi iracundo por la vereda de la funeraria y no vi a ningún deudo conocido. Seguí de largo. Virginia Ducler sí estuvo. Le escribe: “Cuando vi tu cara sin vos, me extrañó que no me sonrieras. Y me di cuenta de que nunca te había visto no sonreír”.

“Lo acompañé al cementerio”, me cuenta Nico Manzi y me los imagino a los dos caminando a visitar la tumba de otro. Tardo en caer. Bajo la luz filtrada del Pasaje Pan, le muestro a Nico la foto que le saqué recién al candado del piano y me dice Nico que el candado siempre estuvo. “Ahora es distinto”, medito. “Él tenía la llave”, afirma Nico. No me imagino lo que tiene que haber sido para Nico, editor universitario, organizar el homenaje de la editorial universitaria a los cien años de Jorge Riestra (apenas una semana) mientras elaboraba la funesta noticia sobre su amigo y vecino reciente en el Pasaje, a donde Nico acababa de mudar su editorial independiente, en la que le editó La chica. Nico me habló del patio compartido; recién me mostró cómo el bizarro altillo de Eugenio daba al mismo espacio de aire y luz que su taller. Me indicó las dos ventanas por donde se veían y se saludaban. “Bajaba a conversar”, recordó. Preferimos, al calor del taller, el fresco del Pasaje, la mesa donde le cuento mi idea de tapa para una futura edición universitaria de La chica, un grabado de un profesor que tuve en Bellas Artes; repetir el grabado en su medida original, que era muy pequeña. “Presitos”, digo, y Nico se ríe. “Presitos”, repite. “Huecos por donde escapan”, sugiero. “O mueren”, completa.

Le contaron que en Coronda lo habían puesto en el pabellón de presos que ya no militaban, que habían perdido el interés por la política. No eran presos comunes; eran ex militantes, desencantados. Les daban pan y estaban obligados a no rechazarlo. Comían lo que podían y con el resto hacían bolitas, cositas en migas de pan. “Tenían tiempo”, comenta Nico y me informa que está por empezar el juicio a aquellos guardiacárceles.

—¿Cuánto estuvo?

—Justo le estaba por preguntar.

La tristeza de Nico se expresa en su mirada: de pronto parece vaciarse, perderse en el infinito. Luego la espanta como a una mosca y sigue haciendo planes. Llegó justo cuando yo salía de la oficina de vidrios esmerilados donde quedan vivos el amigo y el sobrino; fui a darles el pésame pero sobre todo a ver cómo se sigue con el tema de la casa. Juan, sobrino de Eugenio, se le parece mucho: en los gestos, en cierto humor sin chistes ni palabras, en la voz. Un mini Eugenio, le digo a Nico, le dije antes a Juan. “Me fui mimetizando”, reconocía Juan. Nico, ahora lejos de Juan, se ríe: “Un mini Eugenio”, repite. Y me dice que los dos bares Blanco, así en diagonal, son como casilleros blancos en el tablero de ajedrez de la ciudad. Y Eugenio, un alfil negro, cruzándolos. ¡Te regalo esa imagen!, exclama con orgullo. El humor de Nico Manzi es como el de un niño que juega con las cosas. Antes, se puso serio. “Lo acompañé al cementerio, al sector de la Universidad. Me parecía que yo ya conocía ese lugar. Y entonces me acordé. Y di la vuelta. Ahí, al otro lado de la lápida de Eugenio… ¡estaba Jorge Riestra!”. Nico ofreció dibujarme un plano. Me dibujó un plano. Me señaló las lápidas en ambos lados, el de los pies. Cada nicho, un rectángulo, con un lado corto contiguo. “Cabeza con cabeza”.

“Cabeza con cabeza”, repetí, imaginando la frase, los cuerpos, el palíndromo.

¿Quién mató a Eugenio Previgliano?, me pregunto al fin. ¿La dictadura o esta época? ¿O acaso él mismo, al prodigarse a los demás con insensata generosidad, en una ciudad mezquina que no duda en vampirizar a la gente buena hasta la última gota? Me reenvía Pablo un mensaje de nuestro amigo Robert, donde nos explica que muchos de los que fueron torturados terminaron sufriendo de problemas cardíacos crónicos.

Escribió en La chica:

“Pero seré uno y muchos, repartiré mi tiempo en variedad de cosas, los deportes, las lecturas, escribiré cosas de niño adolescente, tocaré canciones, me asomaré a muchas artes, a muchas cosas, inquieto, iré de un lado al otro, cultivaré muchas muchísimas relaciones y sin dudarlo andaré sorprendiéndome a cada paso por las formas que encuentre, todas nuevas; repartiré besos, disgustos, ensayos, emociones; dejaré páginas, soluciones, resultados a mi paso; construiré cosas con mis manos, veré desarrollarse la electrónica, correr en Alemania a los Torinos, veré campeón a Ñuls por vez primera. Andaré deslumbrado, feliz y liviano por la vida”.

Me reconforta releer esto. Pienso que la muerte genocida que no lo mató lo dejó herido, pero también agradecido por esa vida que no le arrebataron, por todos esos años que pudo vivir merced a la buena voluntad de alguien influyente que intervino a tiempo. Como si no mereciera la vida su generación, como si fuese un regalo inesperado vivir, no un derecho. ¿Y todos los otros? Mi algoritmo no para de reencontrarlo en fotos de marchas del 24 de marzo, en muros amigos, vivo.

Eugenio siempre sonríe en las fotos. ¿Del asombro vino su alegre levedad, su entrega a la belleza? Haré ahora el ejercicio de reescribir ese pasaje suyo, como reescribimos en los talleres literarios, cambiando el tiempo futuro por el pasado y la primera persona del singular por la tercera:

Pero fue uno y muchos, repartió su tiempo en variedad de cosas, los deportes, las lecturas, escribió cosas de niño adolescente, tocó canciones, se asomó a muchas artes, a muchas cosas, inquieto, fue de un lado al otro, cultivó muchas muchísimas relaciones y sin dudarlo anduvo sorprendiéndose a cada paso por las formas que iba encontrando, todas nuevas; repartió besos, disgustos, ensayos, emociones; dejó páginas, soluciones, resultados a su paso; construyó cosas con sus manos, vio desarrollarse la electrónica, correr en Alemania a los Torinos, vio campeón a Newell’s Old Boys por vez primera.

Anduvo deslumbrado, feliz y liviano por la vida, Eugenio Previgliano.

Beatriz Vignoli
Por Beatriz Vignoli

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