Opinión

Peronistas son todos

A mediados de la década del 60, un periodista español entrevista a Perón durante su exilio en Madrid. El líder violentamente depuesto conservaba llamativa relevancia política, y su movimiento incluso luego de ya largos años de proscripción y represión continuaba exhibiendo una rotunda centralidad simbólica y social.

En un determinado momento de esa conversación, el cronista interroga a Perón acerca de la composición de las identidades políticas argentinas en aquel tiempo. El expresidente medita y contesta: “Pues yo creo que debe haber un 30% de radicales, un 30% de conservadores, un 20 % de liberales y un 20% de socialistas”. Su interlocutor, intrigado, vuelve a la carga. “Pero General, y los peronistas?” “Bueno, mi amigo, peronistas son todos”.

Ese punzante sarcasmo analítico cumplía una doble función. Por una parte, corroía con elegancia la precariedad del circunstancial acompañante, y por la otra utilizaba un arsenal picaresco para revelar verdades sustanciales. Esa sutil sinopsis hermenéutica de Perón corresponde ser certeramente justipreciada, pues encierra puntos de vista doctrinarios de palpables repercusiones en nuestro presente.

La hospitalidad ideológica que emanaba de esa entrevista no deja de exponer un costado sorprendente, proviniendo de quien había sido brutalmente expulsado de su país y tildado con el lapidario rótulo de “tirano prófugo”. Es más, conviene aquí recordar que la formación militar de Perón es clave para descifrar la arquitectura de su pensamiento político, pues inspirado en la filosofía prusiana de la guerra de Carl Von Clausewitz sostiene que tanto en los campos de batalla como en el cotejo entre voluntades sociales prevalece primariamente el conflicto y no el acuerdo.

Contraposición drástica de orientaciones que agotada la negociación o la palabra daba paso al aniquilamiento o a la resolución de las controversias en el ámbito más calmo pero no menos enfático de la compulsa electoral. En la política rige un antagonismo constitutivo, insoslayable, en torno al cual se vertebran las grandes pujas que libran heroicamente los pueblos. Ahora bien, mientras Clausewitz se entusiasma con la Revolución Francesa y los ejércitos napoleónicos, Perón aplica esa gramática belicista a la arena de la lucha antimperialista, que tras la segunda posguerra se estructura mediante dos imperios que aunque se reclaman partidarios de filosofías antagónicas, someten por igual a los pueblos insurrectos del Tercer Mundo.

Para muestra bien vale un botón, pues la consigna principal que lleva al Conductor a la Presidencia resulta ser justamente “Braden o Perón”, contraste irreconciliable entre una aspiración soberana que ha encontrado un genuino representante y un personero del neocolonialismo que procura truncar la revolución social que ya se había puesto en marcha.

El propio 17 de octubre, jornada célebremente natalicia del movimiento de masas, si bien mantuvo un carácter entre carnavalesco y pacífico, toma la enconada forma de un desafío contra el régimen oligárquico que había encarcelado al entonces Coronel. Y la iconografía canónica de las patas plebeyas en la fuente era la señal de un cambio drástico en la simbología social que había controlado históricamente a la nación.

Sin embargo, es importante mencionar aquí que esa dimensión conflictivista del peronismo convive en estado de tensión constante con un rostro declaradamente comunitarista. El libro que constituye su nutriente filosófica se llama justamente La Comunidad Organizada, y Perón lo presenta ante un conjunto de prestigiosos intelectuales en el Congreso de Filosofía de Mendoza en 1949.

Ese comunitarismo no es por cierto ni organicista ni premoderno, pues incorpora tanto la noción de individuo como la colisión entre intereses, y funciona como utopía en construcción hacia una armonía por-venir. Tanto Hegel como Aristóteles le sirven a Perón para postular un concepto no liberal de individuo, que deje atrás el egoísmo y se integre como destino colectivo en un estado concebido como herramienta ética hacia la justicia social.

Esa cimiente doctrinaria se traslada además hacia el terreno más candente de la articulación política, pues Perón no solo convoca a su recién surgido movimiento a figuras provenientes de un arco amplio que va del nacionalismo católico al marxismo-leninismo, sino que llega al punto de colocar como compañero de fórmula a un dirigente proveniente de las filas alvearistas del que por ese entonces era el partido nítidamente mayoritario (el radical Hortensio Jazmín Quijano).

¿Cómo conciliar entonces ambas perspectivas? Pues de la siguiente manera: reduciendo el conflicto a su mínima expresión, no en cuanto a intensidad sino en cuanto al grosor de cada contendiente. Dicho de otra manera, una enorme voluntad popular frente una pequeña (aunque influyente) minoría oligárquica cómplice por rapacidad o miopía del poder imperialista. Las clásicas tres banderas del peronismo no eran la proclama de una facción gobernante, sino una generosa cobija de valores irrenunciables que podía concitar el asentimiento de casi todas las personas bien nacidas de este país.

Como sabemos, eso lamentablemente no fue lo que ocurrió. Una de las paradojas más inquietantes y enigmáticas de la política argentina es que un líder que imaginó como tendencia una mancomunión sustancial de la voluntad colectiva desató una fractura social y simbólica que aún hoy incide en los dispositivos de la oferta política.

Es oportuno recordar que Perón con el paso del tiempo fue plenamente consciente de la inviabilidad de ese furibundo binarismo, y si bien su exilio y la Resistencia obligaron a tácticas rotundas de enfrentamiento con el régimen cívico-militar que lo persiguió, nunca dejó de estar en su mira una recuperación actualizada de aquel concepto de proyecto nacional que lo inspiró desde sus inicios. Su reconciliación con Balbín y la convocatoria a la Hora del Pueblo no fueron la consecuencia de un giro socialdemócrata o del abandono de las aguerridas enseñanzas de Clausewitz, sino de la decisión de construir consensos mayoritarios que permitiesen enfrentar con solidez las supérstites acechanzas oligárquico-imperialistas y avanzar hacia una nación soberana y socialmente justa.

Esa es la idea que debería recuperar fructíferamente el peronismo, y no únicamente para batir en las urnas a la Libertad Avanza, sino para recrear una esperanza integradora que favorezca rehuir la alternancia ideológica absoluta que ha caracterizado hace ya largos años a la política argentina. Eso implica revisar nuestras propias inconsistencias, incorporar las voces atendibles del adversario y trabajar con un espíritu de equilibrio programático. Nos atrevemos a sugerir aquí ocho pactos en torno a los cuales plasmar esos durables senderos.

1 Un pacto geopolítico, que recupere en algún sentido los principios de la tercera posición. Si en el mundo se enfrentan por un lado un capitalismo desregulado con democracia política (EE.UU), y por el otro un capitalismo regulado sin democracia política (China), el peronismo debe proponer un capitalismo con presencia estatal orientadora, con una vigencia irrestricta de los derechos humanos y un sistema político donde rija el pluralismo competitivo.

2 Un pacto macroeconómico. Si bien la inflación no tiene un origen monetario y la mayor parte de las economías del mundo conviven con déficit fiscal, la Argentina no puede permitirse hoy esa actitud, pues tiene limitado su acceso al endeudamiento, debe financiar el déficit con emisión y en su lógica bimonetaria ese excedente va al dólar y desata presiones inflacionarias. El orden en las cuentas públicas no debe alcanzarse sin embargo con un ajuste recesivo reduciendo egresos, sino eliminando subsidios innecesarios al gran capital y con una reforma tributaria donde más pague el que más tiene.

3 Un pacto productivo. La Argentina debe aprovechar que el mundo hoy reclama recursos naturales que se pueden potenciar (litio, cobre, petróleo, gas), pero hay que evitar una nueva fase de primarización dependiente generando cadenas de valor vinculadas a proveedores locales, como así también el cuidado de nuestro entramado industrial, sin caer ni el proteccionismo bobo de sectores ineficientes ni el aperturismo indiscriminado sin estrategia de desarrollo. Por lo demás, ni extractivismo salvaje ni fundamentalismo ecologista.

4 Un pacto social. La teoría del derrame prohijada por el neoliberalismo es claro que no se verifica. Hace falta un Estado activo promoviendo una justa distribución del ingreso, con paritarias libres al alza, generación de salario social indirecto (infraestructura de calidad con eje en la vivienda, inversión sostenida en la salud y la educación pública). En el marco de una concordancia capital-trabajo, la prioridad ética debe estar puesta en la dignidad del factor trabajo.

5 Un pacto federal. Un rasgo inquietante de la política actual es que se ha “federalizado” en el peor sentido. Con una suerte de corporativismo territorial donde cada mandatario mira lo propio sin justipreciar los intereses del conjunto. En gran medida, por la ausencia de un proyecto nacional, que sin desconocer los requerimientos singulares de cada provincia ponga como eje el conjunto de principios que aquí venimos mencionando.

6 Un pacto institucional. Lo que supone un uso racional y eficiente de los recursos públicos. Hace falta un Estado fuerte, pero que elimine burocracias innecesarias y regulaciones prebendarias, con control social de la gestión y cirugía fina para terminar con el clientelismo estatal.

7 Un pacto ético. Austeridad, honestidad y transparencia en todos los funcionarios, y una lucha firme contra la corrupción, que en la Argentina quiere decir básicamente terminar con el financiamiento espurio de las campañas electorales. Campañas más cortas, militantes y con control estatal de los gastos.

8 Un pacto para el desendeudamiento. La Argentina debe honrar sus compromisos en dólares y en pesos, pero con tiempos y características que garanticen el resguardo de las pautas hasta aquí expresadas. Eso debe entender el FMI y los inversores de Wall Street.

Son puntos para un debate que debe incluir a la enorme mayoría de los actores políticos y sociales, con firmeza pero sin empecinamiento. Pensando incluso en los votantes de Javier Milei, que en buena parte no lo acompañaron por simpatías anarcocapitalistas sino por la ausencia manifiesta de una oferta mejor que pudiese entusiasmarlos.

Por Juan Giani

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