La antipolítica hegemónica en nuestro país hace que Cristina pueda ser proscripta a la mañana y desproscripta durante la noche. Según la conveniencia de sus enemigos, ella es una figura inhábil, marginada del juego político, impedida de ejercer cargos y ser candidata. Peor que un cero a la izquierda en la matemática de las grandes decisiones del país. En otras ocasiones, sin embargo, desde su maléfico búnker en San José 1111, mientras revuelve el caldero humeante de una pócima pestilente, se le atribuye limar candidatos apresurados, desestabilizar el riesgo país, acomplejar dirigentes y digitar la selección de jueces y fiscales a su antojo.
A la mañana, Cristina es una política presa en la etapa crepuscular de su carrera. Por la tarde, se convierte en la inescrupulosa jefa en operaciones de la mafia judicial que avala procedimientos que la tienen como principal víctima. No importa que la contradicción sea evidente. La confusión general aporta a la deriva de las cosas que el sistema de poder vigente necesita para seguir poniendo a la Patria de rodillas, desmoralizada y desmotivada, frente a sus devoradores.
En un caso o en el otro, y esto es necesario remarcar, el plan de sus carceleros es que Cristina sea abandonada a su suerte por los que hace una década atrás la vivaron en Plaza de Mayo, en un hecho sin precedentes: nunca antes una presidenta fue despedido por una multitud agradecida. Escena impactante, muchos estuvimos allí. La escuchamos y nos dijo que iba a pasar lo que está pasando. Nos parecía demasiado, se quedó corta.
Desligar la prosperidad y el bienestar popular, aunque haya que utilizar métodos ortopédicos violentos, de la figura que encarnó un proyecto político emancipador que las hizo posibles contrayendo a cambio un destino doloroso es una operación estratégica de las clases dominantes, que el cinismo predominante, incluso dentro en las propias filas del campo popular, más o menos conscientemente, abona y galvaniza, cada vez que le suelta la mano.
Aislar a Cristina de las expectativas sociales, estrategia de sus muchos enemigos en el país y en el extranjero, requiere de una dosis cotidiana de envenenamiento mediante la profusión de situaciones artificiosas en las que ella ocupa siempre el lugar reprochable. Desde lo político, a veces; y desde lo moral, en otro casos. Hay para elegir: conductora en extinción o jefa de los jueces del lawfare. Todos argumentos, en definitiva, para dejarla sola o abandonada a su suerte, cuando más necesita de los que antes nos refugiamos en ella, cuando este país, el nuestro, merecía ser vivido y la alegría no estaba prohibida.
Desde su intento de asesinato, lleva un año presa y proscripta. Pero el debate ardiente en las redes, agitado por los “cerimedos” libertarios y algunos de los “compas” también, es sobre cuánto habría defeccionado Cristina, ahora que parece que los senadores peronistas votan jueces de Lago Escondido, sin mensurar los efectos materiales, concretos, crueles de la proscripción que nadie se anima a romper por la disciplina del miedo.
El coraje de Cristina no puede ser puesto a prueba, a cada hora, en cada circunstancia. Su audacia, su atrevimiento ya aprobó las materias de una estadista, dos veces elegida por el voto popular. Ahora presa, injustamente, siendo víctima del “fallo que sí salió”, criticarla agriamente, rozando el lenguaje de odio, cuando se cumplen cuatro años de su intento de magnicidio, no puede ser la manera ingrata que otras y otros dirigentes tienen a mano, como un paquete de “carilinas” en la guantera del auto, para zafar de sus responsabilidades históricas.
Como dice el doctor en psicología Sebastián Plut en el capítulo del libro “1S. El día que se rompió el pacto democrático en Argentina” -compilado por Cynthia Ottaviano, prologado por Baltasar Garzón, UNDAV ediciones-, de reciente aparición: “El lenguaje de odio siempre es la antesala del pasaje al acto y por ello nuestra tarea es insistir en la palabra amorosa y genuina”.
Cristina no puede ser el comodín que tape o disimule las cobardías de una tropilla de dirigentes que cabrestean al primer llamado con campanita de las corporaciones. Merecemos que el esfuerzo como pueblo sea retribuido por los que quieran representarnos con alguna dosis de osadía y creatividad, por ahora ausente, según los registros.
Porque así, con su disimulo y su amor por la propia supervivencia, todo, siempre, es culpa de Cristina. Es lo más fácil, es lo que la mediocridad de nuestra política nacional y popular tiene a mano para sacarse de encima la responsabilidad de hacer y acertar o equivocarse en defensa de los derechos populares. Así como están las cosas, si el salario cae, es culpa de Cristina. Si el peronismo está desordenado, es culpa de ella. Si el FMI decide la política económica, es culpa de ella. Si Gana Boca, pierde River, llueve mucho, hay un temblor en Maldivas, sube el rating de los canales de noticias, baja la Bolsa, estornuda Mirtha Legrand, se hunde el asfalto en la avenida Juan B. Justo, la tía Pepa estiró la pata, todo –siempre- es culpa de Cristina.
La pregunta que nos convoca, a los que de alguna manera, más o menos política, más o menos sentimental, nos sentimos en deuda con aquellos años donde le dijimos a nuestros hijos e hijas que la Argentina valía la pena para vivir, es de qué manera, con qué tipo de procedimientos, damos la pelea para que los días felices sean más que los infelices.
Naturalizar la violencia, material y simbólica, contra Cristina es mutilar la mejor de nuestras versiones como sociedad. El punto más alto de acumulación de la experiencia política de nuestro pueblo.
Lo sabemos, hay que hacerse cargo.
